viernes, 11 de marzo de 2016

Doña Adela y la Lola.


                 
               ¡Ay mijito! ¿no ve que ya, a mi edad, no me queda más aliciente que ver pasar la vida, la poca que me queda, asomada a la ventana de mi casa, apoyada en este cojín, sin más distracción que acariciar a la Lola, mi gata, y ver pasar a la gente por la calle? ¡Ay mijito, a mi edad no llegues, querío...! Ya, ya sé que dicen que trabajé de puta y que de ahí mi afición a estar siempre en una ventana. No te creas todo lo que oígas en este barrio. ¿Pero tú me has visto bien, mijito? Yo nací cuando el hambre y crecí mal,  demasiado fea y contrahecha, como para que alguien pagase por acostarse conmigo. No, ni siquiera de noche y borracho. , ya sé que dicen que en tiempo de guerra cualquier agujero es una trichera. Pero vaya, que hubiera tenido que ser la guerra mundial para considerarme a mi una trichera. Y como que no. ¡No te rías, mardito, que se me mueve la dentadura! De bruja echa cartas sí que trabajé. A escondidas, claro. En tiempos del Caudillo se podía putear pero no adivinar el futuro. Salvo que al futuro lo vistiéramos de azul y cantara el cara al sol y yo era más bien de los de la cáscara amarga, como nos decían, que más de una vez me cortaron el pelo al cero porque mi padre estuvo preso en el lazareto de Gando. Historias de antes, mijito, que ustedes ni saben ni quieren saber. ¿Rencor? No. Yo ya soy vieja para esos sentimientos. Será que con la edad llega la artritis, el reuma, se te caen los dientes, duermes poco y se te olvida casi todo, lo bueno y lo malo. Y la verdad, no sé si eso es un castigo o una bendición.  ¡Ay mijito, a mi edad no llegues, querío...!

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