lunes, 28 de marzo de 2016

El empleado nº U41579



                          Cada mañana iba a su trabajo por un camino diferente, parándose en las esquinas y comprobando en los escaparates que no lo siguieran. Estaba convencido  de ser un agente secreto y esperaba la orden que lo activara. Por eso, cada vez que oía sonar el teléfono en su casa por la noche,  el corazón se le aceleraba aunque fuera su compañía telefónica para ofrecerle cambiar de tarifa o una señorita muy pesada empeñada en venderle un colchón fantástico con el que dormiría como Dios. ¡Qué estupidez! Como si no supiéramos todos que Dios jamás duerme. Intentaba descubrir entre el palabrerío de las teleoperadoras, el mensaje en clave que lo activara, la palabra en cuestión, algo que lo sacara del asco de vida que tenía, que lo salvara de ser el empleado nº U41579, el encargado de introducir en el ordenador central los datos estadísticos que recogían cada día miles de encuestadores anónimos en internet, así durante ocho horas cada día, seís días cada semana, en los últimos diez años de su vida, con la única esperanza de que, cuando el teléfono suene la próxima vez, en vez de Jazztel, sea una voz metálica que pronuncie esa sucesión de palabras que solo su cerebro reconozca y lo salve del infierno de tanta monotonía, devolviéndole su auténtica vida de agente secreto.

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