martes, 22 de marzo de 2016

El final es cosa de la suegra.


               Si sigo respirando así, la policía va a encontrar dos muertos en el piso en vez de uno, pienso mientras que las gotas de sudor que no es capaz de empapar la camisa que llevo caen sobre la cortina de ducha que envuelve el cuerpo que arrastro por los pies mientras me da esa risa entre nerviosa y floja que me sale siempre que estoy histérico y a punto de entrar en una crisis  total. ¡Joder, pero tú me has visto! Si parezco el personaje de una mala historia de cine negro mil veces repetida. No puedo más, tengo que descansar. ¡A la mierda con todo! En el suelo, sentado junto a los pies del muerto, trato de que el corazón vuelva a latir de una manera normal. Imposible. Entre el olor que empieza a salir del colega y el pasillo este que no para de dar vueltas y más vueltas... ¡Un cigarrillo! Con un par de caladas seguro que todo se va colocando en su sitio y hasta el estómago dejaría de darme por culo. ¡Mierda! Dejé de fumar hace dos días. ¡Tú y tus promesas chorras, joder! Estoy a punto de echarme a llorar. ¿Quién diablos me mandaría a mí a aceptar estos trabajos? ¡Puta crisis! ¿Y el colega? A este seguro que no lo mató el tabaco. Tal vez él... Haciendo de tripas corazón meto el brazo dentro de la cortina de baño para rebuscar en el bolsillo de su camisa. ¡Bingo! Ahí está. No puedo evitar mirar con cierto reparo el paquete. ¿Esto se podrá fumar? Pero al final puede más la ansiedad que el escrúpulo y enciendo el primer cigarrillo después de dos días. ¡Ohhh, qué gloria! ¡Cómo lo necesitaba! Ahora ya puedo empezar a pensar con más claridad, joder. Miro a mi alrededor y lo que veo no me gusta nada. Yo, sudoroso, sentado en el pasillo de una casa extraña; a mi lado, un muerto al que no conozco de nada pero al que envolví en una cortina de ducha de baño, y aún me pregunto el por qué; el resto de la casa está como si hubiera pasado un terremoto o una banda de albano-kosovares, y el móvil que me dieron cuando me encargaron adecentar este piso para poder ponerlo a la venta, está allí, en la mesita de la entrada, con la luz azul parpadeante, avisándome de las nueve llamadas que no he cogido antes. ¿Y ahora qué?
               Ahora cierra el ordenador que tenemos que salir, que hemos quedado con mi madre. Caramba, es que siempre eres igual. ¡Haces cualquier cosa para no ir a tomar café con tu suegra! Ya matarás a ese tipo gordo luego. Ah, ¿que no es gordo? No sé, me lo pareció por como sudaba y jadeaba. Bueno, vale ya. Nos vamos.

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