sábado, 19 de marzo de 2016

La promotora.


                       Maldito café. Nunca debí aceptar probarlo. ¿Pero cómo decirle que no a esos ojos, a esa sonrisa, a esa mano tan sugerente que me ofrecía aquel vasito de plástico con la bebida humeante? Era imposible. Claro que lo probé. Por supuesto que lo compré, desgraciado de mí. Caí en sus redes como Blancanieves cayó con la manzana envenenada que le dio la bruja. Solo que yo seguí envenenándome día a día, café a café durante semanas y mi bruja fue esa maldita promotora de mirada deslumbrante y falda minúscula que me ofreció ese primer café como Eva ofreció a Adán la manzana del pecado, con una sonrisa. ¿Cómo me iba a resistir yo? ¿Cómo no iba a caer en la tentación de probarlo? ¿Cómo no iba a hacer todo lo posible -y hasta lo imposible, imbecilidades incluidas- para quedar con ella? Por eso compré todas las existencias que había del puñetero café que había en el supermercado, para que tuviera la tarde libre y pudiera salir conmigo. A pesar de que el médico me hubiera dicho días atrás que el café, ni olerlo, salvo que quisiera que mi úlcera de escritor rabioso se ocupara de mí a partir de entonces.  ¿Probarlo? Litros me he bebido ya. Tacita a tacita. Y sí, es verdad, mi úlcera se está encargando de mí. ¡Vaya si lo está haciendo! Pero y qué. Al menos habré pasado mis últimos días despertando la envidia de mis vecinos cuando me ven pasear de la mano de esa maldita bruja de cuerpo indecente y habré disfrutado, taza a taza, de mi propia muerte. Bueno, ya está bien de explicaciones. Mi bruja encantadora está a punto de llegar. Me voy a preparar una buena taza de café, una bien cargada. Tal vez esta sea mi última cita y mi último café pero, qué diablos, quiero que sean memorables.

1 comentario:

bigdog master dijo...

El buen veneno siempre sera delicioso, maxime cuando vienen con mirada sutil y encantadora. No os culpo, hermano; sos vos una victima mas del no se que dominante...