martes, 1 de marzo de 2016

Payaso.



               Decidió que trabajaría de payaso justo a los ocho años. Claro que entonces nadie lo tomó en serio y menos aún su padre, sargento primero de artillería. Lo decidió cuando el circo Ruso vino a Las Palmas por Navidades y la ciudad se llenó de carteles con dibujos coloristas de payasos, equilibritas, domadores, elefantes y leones. No paró hasta que su padre lo llevó a ver la matinal y de allí salió enamorado del personaje del payaso con la cara pintada con una enorme sonrisa, algo tonto, de enorme zapatones, que arrastraba una maleta atada con una cuerda y que, con su sola, presencia hacía que todo el público se arrancara a reir a carcajadas, No hacía falta que hiciera nada, solo aparecía con esa cara que sonreía a la fuerza y todos se morían de la risa. Incluso su padre, el serío sargento primero de artillería, terror de los reclutas y de su propia madre, que siempre se escondía en la cocina hasta saber de qué temple venía a casa ese día y al que nunca hasta ese entonces había visto reír. Eso le convenció de que no podía haber ofício más hermoso en la vida. Cuando le preguntó a su padre dónde se estudiaba para payaso, éste se tuvo que agarrar la barriga para reirse a gusto. No cabía dudas. aquel era su oficio.

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