miércoles, 30 de marzo de 2016

Primavera tardía.



                  Este año la primavera se resiste a llegar, amor. ¡Justo este año, cuando sé que tú te estás yendo poco a poco también! Como este invierno, que se va, pero no. Que sabemos que se irá, pero que no acabamos de saber cuándo. Sé que una mañana vendré a casa, caminando como siempre, después de una de estas guardias interminables, agotadoras, desquiciantes, con el olor a cansancio y a muerte tan metido en la piel que a veces me hace dudar si no seré yo uno de mis muertos. Uno que de pronto se ha puesto a andar, como un Lázaro cualquiera, al oír tu voz que de lejos le llama. Iré hacia casa y veré las primeras flores brotar en los jardines del barrio. No necesitaré entrar para saber que ni tú ni tus cosas estarán ya allí, ocupando la casa, llenándola de vida. Haznos un favor a ambos: no te despidas con una nota llena de frases vacías, tristes, patéticas, una de esas fabricadas para gente que, en realidad, ya no siente nada pero quiere quedar bien. Simplemente déjame un iris azul como los que siempre te regalaba cuando llegaba la primavera. Al menos que el recuerdo de la despedida sea grato para uno de los dos.

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