martes, 8 de marzo de 2016

Santorini en primavera.



                  Ya sé como acaba esta historia: a mí me matan, ella cobra el seguro y se marcha a Santorini, a disfrutrar de la vida y de los doce millones que le pagarán por mi fatídico accidente de moto. ¡Y pensar que si no es por mí nunca hubiera sabido que existía Santorini! ¡Y pensar que fui yo quien insistió en hacernos los seguros de vida para que si me ocurría algo a ella jamás le faltara de nada! ¡Y pensar que fue idea mía el que asistiera a ese taller sobre novela negra y criminal para que no se aburriera tanto por las tardes! ¡Imbécil de mi! Sé que me matará. Sé cómo lo hará, Hasta sé cuándo y lo que hará después, con el dinero del seguro. ¿Que por qué estoy tan seguro de todo esto? Porque lo tiene todo anotado en un block, de su puño y letra, perfectamente planificado. Y aunque insiste, jura y perjura que se trata solo de una ficción, de un ejercicio del taller, ese brillo en sus pupilas y el tenue temblor en sus labios cuando me lo dice, la delata. ¿Y quién sabe? Tal vez sea ella la que tenga un accidente ahora mismo, en la ducha, antes de salir para esa última sesión de taller donde dice que tiene que exponer ese trabajo donde muero yo. Según recuerdo, el seguro de vida era recíproco y Santorini tiene que estar precioso en esta época. Sobre todo con doce millones para disfrutar de la vida.

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