viernes, 4 de marzo de 2016

Soleares.

                    

                     Cada vez que necesitaba romper con el recuerdo de un amor, con uno de verdad, de esos que se te mete en el alma y cuando se acaba no sabes hacer otra cosa que añorar cada instante vivido junto a él, se sentaba a diario en la orilla de la playa a esa hora en la que no hay nadie, justo cuando el sol aún no ha salido, y se hinchaba a llorar. Toda muerte requiere un duelo. Se llevaba un libro de poesía. No tenía el cuerpo para otra cosa. Tenía que ser poesía que ya conociera. Versos que su mente recordara y asociara a otras épocas, tal vez a otros amores, puede que incluso a otras ilusiones, quizá a otros dolores. Eran libros pequeñitos, que cabían en un bolsillo, de hojas amarillentas y manoseadas: Bukowsky o Baudelaire, Kavafis o Pessoa, Whitman o Lezama. Pero siempre, como parte del  ritual, cuando presentía que el duelo ya estaba cercano a su final, llevaba uno de Manuel Machado para recitar bajito, pero con voz firme, un verso de Cante Jondo, siempre el mismo,  mientras sus lágrimas se iban secando.

 No tengo amigo ninguno.
       Penas son las que yo tengo. 
   Con mis penitas me junto

  La veredita es la misma...
        Pero el queré es cuesta abajo
    y el olvidar, cuesta arriba.

 Me va faltando el sentío.
     Cuando estoy alegre, lloro,
        cuando estoy triste, me río. 

   ¡Quién lo había de pensar,
que por aquel caminito
 se llegaba a este lugar! 

Solear de las morenas
 que tiene cositas malas
 y tiene cositas buenas. 

          Tengo un querer y una pena.
   La pena quiere que viva;
          el querer quiere que muera. 

 Considera, compañero,
                       que en el mundo hay bueno y malo.
         Pero más malo que bueno. 

La alegría...
 consiste en tener salú
y la mollera vacía.

 ¿De qué me sirve dejarte 
 si dondequiera que miro
 te me pones por delante?

         Entienda usté a las mujeres...
   Si lo quieren, no lo dicen;
 si lo dicen, no lo quieren.

 Tu calle ya no es tu calle, 
    que es una calle cualquiera,
                          camino de cualquier de cualquier parte.




 

 






















1 comentario:

Pedro Luis Rodriguez dijo...

El ritual de desangrarse lentamente, esos hara kiris que nos llevan de la vida a la muerte, y luego, de la muerte a la vida.