miércoles, 2 de marzo de 2016

Summertime.



          No podría decir cómo pasó, pero pasó. Hoy de tí solo me quedan aquellos tés afrutados, la luz de aquella lámpara de esquina, que apenas iluminaba el salón, y que a mi me daba un poco de sueño, la música de fondo, siempre jazz o soul -¿quién te la grabaría?- que parecía hecha a nuestra medida y el destello de tus sonrisas, inesperadas, impactantes, que me golpeaban en medio del pecho hasta dejarme sin aire, que me enamoraron como a un adolescente tontorrón, aunque ese adjetivo jamás quise usarlo para mi delante de ti, lo sé. ¿Que cómo pasó? No te sabría decír. Fue sencillo supongo. Una cosa llevó a la otra, y de tus manos cálidas en mi espalda, rozando apenas mi piel, pasamos a los besos robados -¿robados?- que te di bajo el voladizo medio en sombra de algún edificio, con la piel erizada, respirando uno el aire que el otro exhalaba, justo el necesario para mantenernos vivos, mientras las manos se hacían exploradoras de cuerpos que querían ser explorados. ¿Y luego, qué? Eso, ¿luego qué? No sabría decirlo, la verdad. Supongo que lo de siempre: el agua moja, el fuego quema, la nieve es fría y el sexo, cuando es bueno, es sucio e inacabable. O no es sucio. Simplemente es deshinibido. Pero el nuestro se acabó. ¿Que por qué? Por miedo. Sí, estoy seguro de que fue por  miedo. A mi me pudo el miedo a no poder sentirme otra vez así, feliz, sin nada más en mi mente que serlo, sin otro objetivo que hacerte a ti feliz. Sin que, en ese mismo instante, existiera ni el tiempo ni el espacio, ni el antes o el después. Solo estábamos tú y yo, yo y tú. Esa cama que se hacía enorme o pequeña por momentos, el aroma frutal que salía de las tazas de té y  Sam Cooke, que muy bajito cantaba con esa voz inconfundible su Summertime.

2 comentarios:

Rosy Robayna dijo...

Me encanta!!!

Ada Robayna Campos dijo...

Guauuuu me encanta. Felicidades.