lunes, 21 de marzo de 2016

El evento.

    
                  Yo era invisible. Tardé tiempo en darme cuenta, pero cuando lo descubrí, fue toda una revelación. Fue un momento entre la decepción y la liberación, como en aquella película de Bruce Willis, sí mujer, aquella en la que se pasa todo el tiempo hablando con un niño que tiene visiones para ayudarle a aceptar la realidad y resulta que es el niño quien al final le ayuda a entender que la realidad es que él, Bruce, es quien está muerto. Pues así me siento yo aquí. Una muerta entre vivos. Un fantasma que deambula entre personas que han aprendido a evitar y obviar mi presencia. Una presencia que les ofende y sorprende al mismo tiempo. Las primeras veces incluso llegaron a confundirme con alguien de la organización del evento pidiéndome esto o aquello. ¡Dios, cómo lloré ese día encerrada en uno de los cuartitos de baño! Lloré en silencio, claro. No les iba a dar la satisfacción de escuchar cómo me habían hecho daño. Después entendí que esto era una guerra. Una guerra sin prisioneros. Una guerra desigual, sí, pero una guerra de desgaste. Y yo, de desgaste entiendo más que ellas, que jamás han desgastado nada en sus vidas perfectas, brillantes y bronceadas salvo el saldo de las tarjetas de sus mariditos. Así que me las he ido arreglando para enterarme, año a año, de cuándo y dónde se celebraba la puñetera fiesta de antiguas alumnas del colegio Nuestra Señora del Buen Suceso, aunque para mí aquella época fuera el peor suceso de mi vida, y no he dejado de asistir a ninguna en los últimos quince años. Y ahí estoy yo, jodiéndoles la foto, justo en medio, donde me toca por apellido. Rodeada de la élite de la sociedad: las ex de algunos políticos famosos, las amantes de esos mismos políticos, las futuras ex de los empresarios más cotizados, las amantes de esos mismos empresarios... y yo en medio, la chica que ha limpiado la mierda en la casa de muchas de ellas, con un trajito de Zara. Sí, el mismo que llevo en las fotos del 31  este año pasado. La única que, a pesar de ser invisible para esta manada, sonríe  con todas sus ganas pensando que esta -y solo esta- es la única ocasión en la que me hago visible y jodo a mis antiguas compañeras de clase.

1 comentario:

A. Quintana dijo...

Si uno pudiera en la vida raeal mezclar lo visible con lo invisible, qué divertido sería en ocasiones y qué decepcionante en otras