viernes, 8 de abril de 2016

Churros al amanecer.

                   

                    No te diré que alguna noche no eche de menos un buen whisky, una buena película, una conversación agradable con una cena decente, la compañía de una desconocida en un bar o ver amanecer en Las Canteras comiendo churros de una bolsa grasienta y bebiendo chocolate en unos de esos vasos de corcho blanco. Te mentiría. Sobre todo en noches como esta, sin luna, cuando el frío es tanto que no logro que los dientes dejen de castañetear y la lluvia helada no para de caer desde hace tanto que podría jurar que nunca va a parar de hacerlo. Pero después recuerdo por qué no tengo nada de eso y esta realidad, fea, fría y deprimente reaparece de golpe ante mí con el recuerdo de una mañana de marzo en la que me harté de recibir órdenes grises, de papeles grises, de reuniones grises con gente de piel gris. Me harté de mirarme al espejo y ver una difusa sombra gris allí donde una vez hubo un ser humano. Me harté de tanto sí don Alberto, claro don Alberto, por supuesto don Alberto... hasta que mandé al mismo don Alberto a tomar por culo mientras lo vi salir por la ventana del sexto piso. Dicen que lo empujé yo. Puede ser. Solo espero que quien encuentre mi cuerpo colgando aquí, en esta maldita celda tan fría, lo trate con más respeto que el que me dieron cuando aún estaba vivo.

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