lunes, 11 de abril de 2016

El buen alemán.



                         Al final va a resultar que es verdad aquello de que el cabrón es el último en enterarse. Y no será que no habría cuchicheos en los urinarios, o por los comentarios en la sala del café, que se cortaban cuando entraba yo, o  por las miradas huidizas a mi paso, ¿pero qué quieres? Ya sé que no soy un tipo especialmente listo. Los jefes me contrataron porque obedezco las órdenes sin cuestionarlas, no por mi perfil intelectual. El buen alemán, me llaman. Lo hacen a mi espalda, claro. Este hato de cobardes jamás se ha atrevido a decirlo en mi cara. Pero tienen razón, yo nunca discuto lo que se me ordena, me guste o no. Nunca dejo que mi cara exprese ninguna emoción. A veces, hasta yo mismo llego a dudar que de verdad las sienta. Simplemente hago lo que se me dice. Es para lo que me entrenaron y para lo que me pagan. Pero hasta un tipo como yo sabe que llega un momento en el que ya dejas de serles útil y te has de buscar la vida para no acabar siendo uno de esos despojos que pululan en las alcantarillas, alcoholizados, desesperados, tratando de buscar una razón para no volarse los sesos o tirarse debajo de un camión. Pero yo no me merecía esto. Siempre he cumplido fielmente todas las órdenes, y eso que algunas, puedes creerme, eran tan discutibles que ni siquiera ellos se atrevieron a dármelas cara a cara. Nunca protesté, nunca me quejé, nunca les fallé. ¿Y ahora esto? Se han olvidado de que es malo patear un avispero si no estás protegido, y ellos no lo están. Jamás debieron mandarte a ti a hacer su trabajo sucio, compañero. Y tú jamás debiste aceptar. Tú no estás acostumbrado como yo  a nadar entre mierda ajena, y eso te delató. Comprenderás que estamos ante un dilema, y aunque yo sea un buen alemán, -¡cómo me jode esa frasecita!- no soy un alemán imbécil. Al menos no del todo, compañero. Y entre que caigas tú, por inepto, o me quemen a mí, por... ¿por cierto, por qué quieren deshacerse de mí exactamente? No, claro, no te lo han dicho a ti tampoco. En fin, lo siento. Hoy te toca a ti perder. Me gustará ver qué cara se les queda mañana cuando en vez de a ti me vean aparecer a mí, con mi cara de siempre, con mi mirada bovina, con mi cuerpo de boxeador retirado, el buen alemán, por la sala del café.

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