viernes, 15 de abril de 2016

Enamorarse fuera de plazo.



                        Todos quieren que vayamos a un consejero matrimonial. Eso es como si a un cadáver de seis días lo llevas al médico para que le recete algo para la halitosis. No, esa peste ya no se cura. Tú y yo dejamos de querernos prácticamente al minuto siguiente de darnos el sí quiero, si es que no fue mucho antes. Pero había tanto que perder si nos echábamos atrás, tantas presiones, tu familia, la mía, los negocios, el dinero, la hipoteca del chalet, el apartamento que nos regaló tu tío... que era más lógico seguir con aquello, fuera lo que fuera y saliera como saliera. Además, a ambos nos educaron bien y guardar las formas era lo primero. Todo estaba previsto. Todo, menos que tú te enamoraras. Yo cumplí mi parte del trato. ¿Tanto te costaba a ti cumplir la tuya? No pretendía que te mantuvieras casto, por dios.  Yo tampoco lo fui. Pero la discreción es básica en las personas de nuestra posición. ¡Enamorarte! ¡Qué disparate!  ¡Como si tú o yo no supiéramos que eso del amor no es más que una bobería, una borrachera momentánea, por favor, Ramón! Que parece mentira, con lo listo que eres. Dime, a qué consejero matrimonial vas a ir a explicarle que ahora, a esta altura de nuestra relación, diez años después de nuestro acuerdo comercial de no agresión, bueno, vaaaale, de nuestro matrimonio,  vas y te enamoras como un chiquillaje. ¡Y de otro hombre! ¡Ramón, por tu padre! Que esto nos cuesta todo, que una cosa es que tengamos aventurillas y otra que te pases de acera. Que tu tío, el que nos regaló el apartamento y que nos afloja esos cheques tan generosos, con tanta clase y discreción, cada vez que viene de visita, es supernumerario del Opus. ¿A qué consejero vas a ir para resolver esto, hombre?

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