martes, 3 de mayo de 2016

El banco del barrio.


                       Cada mañana se sentaba para ver amanecer en el único banco público que había en su barrio. Hacía años que no dormía como dios mandaba. Demasiados perros locos que se pasaban la noche aullando a la luna; o quizá fuera su nevera, que crujía y chasqueaba sola, quejándose de lo poco que le metía dentro últimamente. Elvira solía decirle que era que estaba vieja, que veinte años son muchos para una nevera, pero no. Él sabía que la pobre sufría la crisis tanto como ellos y protestaba a su manera. O puede que fuera el viento helado que siempre parecía soplar entre las planchas que cerraban el patio y que no paraba de hacer mil ruidos extraños en ellas. Ya no sabía qué era. O sí. O tal vez fuera, simplemente, que desde que a Elvira se la llevó una mala noche una mala enfermedad a él ya no le apetecía dormir. Además, ver amanecer desde este único banco público de su barrio era un espectáculo tan hermoso, que era de tontos perdérselo.

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