lunes, 9 de mayo de 2016

El desayuno.



                          Estaba segura de que ese señor que la llamaba cariño y le daba dos besos cada mañana cuando le servía el café con el zumo y las tostadas no era su marido. Desde luego, no era su estilo de hombre. Este era calvito, gordinflón, más bien bajo y moreno, y a ella siempre le gustaron altos, rubillos, con melena y tirando a atléticos, como su Juanillo. Ese sí que era el hombre de su vida. ¿Qué habrá sido de él? Llevaba años preguntándose lo mismo cada mañana mientras le preparaba el café, el zumo y las tostadas a ese señor tan serio que la llamaba cariño, casi entre dientes, y le daba esos dos besos porque era ella la que le acercaba la cara, pero que lo hacía de manera distraída, apenas sin levantar la mirada del periódico, para después tragarse todo sin saborearlo, como si fuera un autómata. Si hoy al menos la hubiera mirado al darle las gracias o al darle esos dos besos; o si se hubiera parado a saborear el café o hubiera paladeado algo el zumo de naranja en vez de bebérselo de un trago, como siempre, sin dejar de leer ese maldito periódico, no tendría esa muerte tan dolorosa en medio de la reunión de la diez o antes de la de las once. Es lo que tiene el veneno, que te mata si no lo vomitas. Y ese señor que dice que es su marido jamás vomita.  ¡Ay, qué habrá sido de su Juanillo! ¿Se habrá casado? Seguro que sí, con lo guapo y alegre que era...

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