miércoles, 11 de mayo de 2016

El sepulturero.



                  Nadie entiende que haya dejado mi trabajo como abogado criminalista de éxito para ser el enterrador de este pequeño pueblo en la sierra. La verdad es que tampoco es tan diferente. La mayor diferencia es que allí nunca dejaba reposar a los muertos: que si fotos, que si contra autopsias, que si peritajes, que esto, que si lo otro... Aquí, en cambio, les doy un buen descanso, los trato con mimo, los cuido después de enterrados, e incluso con los que no fueron clientes míos sino del anterior sepulturero, me siento un rato a explicarles lo bonita que está la tarde o a leerles algún poema de Gil de Biedma o de Celaya. Menos a doña Engracia. A ella siempre le leo algo de Whitman o Yeats. Su hijo, en vez de flores, le trae de vez en cuando un libro de esos poetas, me pide que le lea alguno y brinde con ella por un amor que siempre mantuvo oculto y que, intuyo, no fue su padre. ¿Entienden por qué me vine a trabajar a este pueblo de sepulturero? Estas historias, esta paz, esto, que me hace sentir tan humano, jamás lo hubiera vivido en una gran ciudad trabajando en el bufete criminalista de moda y cobrando una cantidad indecente por hora. Y ahora, me van a perdonar, pero me toca sentarme junto al nicho de don Alberto. A él le gustaba Pedro Lezcano. Le voy a leer "morir en paz". Es el más adecuado para este sitio, ¿no creen?

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