viernes, 13 de mayo de 2016

La primera noche.



                 Odio las primeras noches de los nuevos. Estar aquí es una mierda, pero la primera noche es un puto infierno. Y todos pasamos por él. Este debe ser muy joven. Lleva horas llorando y llamando a su madre. Mi viejita, ay, mi viejita, dice. Yo también me acordaba de la mía. De hecho, me sigo acordando de ella muchas noches. Pero ya no lloro ni la llamo. No sirve de nada sino para que los lobos y los buitres que hay aquí dentro se ceben con uno. Ya aprenderá él también. Aquí todos aprendemos de una u otra manera. ¡Qué remedio! O aprendes o revientas a palos. Esto es así. Aquí no está mamá para consolarnos por mucho que la llamemos. La verdad es que a veces ni vienen a vernos por mucho que las llamamos. ¡Vaya mierda de vida, joder! Y este pavo, que no para de gemir y de llamar a su viejita. Menos mal que, al menos las primeras noches, nos colocan solos. Si a cualquiera de nosotros nos endilgan a un memo como ese de compañero de chabolo, esta misma noche lo inflamos a hostias, vaya que sí. Aquí, el papeo, la familia y el descanso son cosas sagradas. Pero ya aprenderá. ¡Vaya si aprenderá! Mi primera noche también fue jodida. Pero aprendí. Y si yo lo hice, el pibe lo hará. Mañana hablaremos con él. Nada serio: solo el comité de información y bienvenida; solo para que conozca las reglas de esta santa casa. No las tonterías que le habrán dicho los funcionarios. Esas como si se las quiere pasar por el culo. No, las reglas de verdad. Y ya se sabe que la letra con sangre entra. Un par de yoyas y poco más, para que si quiere acordarse de su vieja, que lo haga en silencio, coño. A ver si de una vez se puede dormir tranquilo aquí, que una cosa es estar preso y otra no poder descansar, que eso es tortura, carajo.

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