lunes, 23 de mayo de 2016

Noventa euros.



                       Hablaban como solo se hace a los diecisiete o dieciocho años, como si nada les fuera a pasar jamás, como si ellos fueran a vivir siempre jóvenes, fuertes y en medio de ese derroche de todo lo que la vida les regalaba. El más joven de los dos, tal vez queriendo aparentar ser más duro de lo que sería nunca, se había tatuado un enorme buda tailandés que le cogía toda la pierna izquierda hasta el nacimiento del muslo. El otro, quizá algo mayor, tal vez un poco más tripón, con un acento y un tono de piel que hacía sospechar un origen caribeño, quería hacer creer a todos los que escuchábamos que él era el boss, el que llevaba la voz cantante, el macho alfa de aquel patético dúo. Ambos hablaban más alto de lo necesario. Presumiendo de su insultante juventud y fuerza y cayendo, sin saberlo, en la estupidez habitual de quien solo tiene eso: juventud y fuerza. El mayor presumía de la próxima pelea que tendría. Hay pedassso de bolsa, ¿oíste? Vete a animarme. Tienes que ir con un amigo. Los dos entran por diez euros y el que gane se lleva noventa euros de bolsa, ¿oíste? ¡Noventa! O tal vez cien. Con eso nos vamos después al Guincho a beber cervezas hasta que nos echen. Y miraba de reojo al resto del pasaje de la guagua hinchando más aún el pecho, si es que esto era posible. Noventa euros. ¿Te imaginas, brother? Yo lo tengo chupao.

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