miércoles, 4 de mayo de 2016

Silencio acompañado.



                  Te veo acostada en esa cama de la que ya no sales casi nunca, mirando hacia el trozo de pared que queda entre la ventana, siempre cerrada, y la mesita de noche, llena de cajitas de pastillas, botes de jarabes y unos libros que hace tiempo que no lees. Te dejo la bandeja con el café del desayuno junto a la cama. Sé que me lo llevaré sin que lo hayas tocado. Llevas días que no quieres comer. Te has declarado en huelga de hambre, dices medio irónica. Yo creo que, en realidad, te has declarado en huelga de vida. No quieres vivir, no quieres hablar, no quieres hacer otra cosa que mirar ese trozo de pared algo sucio que queda entre la ventana de tu dormitorio y tu mesita de noche.  Y yo sigo trayéndote, día a día, bandejas con comida que sé que no comerás, zumos de frutas que sé que no beberás, libros de todo tipo que sé que ni siquiera abrirás, y sentándome a tu lado, a mirar ese trozo de pared, como si estuviera viendo por primera vez El Jardín de las Delicias, del Bosco.

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