martes, 7 de junio de 2016

Despejando ecuaciones.


                                 Solo tenía claro una cosa: no le apetecía volver a casa. Aún no. Al menos no esta tarde, luminosa, con las calles llenas de gente que, si entrecerraba los ojos, parecían manchas de colores moviéndose aleatoriamente por un lienzo lleno de luz. Por eso, cuando llegó al portal, cuando se vio reflejada en la cristalera de la puerta, en vez de sacar las llaves se dio la vuelta sin pensárselo más y se sentó en la terraza de la cafetería que estaba a pocos metros. Era lo que más le había ponderado la agente inmobiliaria cuando le ofertaba el piso, lo céntrico que estaba; que si cafeterías, que si terrazas, que si supermercados, que si una parada de guagua a diez metros, que si tiendas de moda. Hasta una iglesia a dos esquinas, le dijo. ¿Una iglesia? ¿En serio era ese un argumento de venta para aquella mujer? Recordó como Paco le dijo que él tenía culo terracero, no de meapilas, y que la última vez que había pisado una iglesia fue para el entierro de su padre, que dios y el diablo mantengan bien encerrado en el peor de los infiernos. La pobre mujer no sabía dónde meterse. Quizá por eso, por la boutade de Paco, decidió quedarse con ese piso. El piso no estaba mal. Lo malo es que dentro estaba Paco. 
                              La camarera de la terraza le acercó su segunda caña. Paco. Era curioso, podía recordar detalles nimios de casi cualquier cosa pero no era capaz de recordar qué le atrajo de él. Desde luego que no fue la idea de que se convertiría en lo que ahora era: un tipo cerrado, gordiflón, capaz de ir a comprar al supermercado con un bañador, un polo que le quedaba grande a todas luces, desvarado por el uso, y unas chanclas. Oye, que no hacía falta vestirse de gala, pero ir como un adolescente fumado o como un okupa, tampoco. Que después era ella la que aguantaba las miradas y los comentarios en voz baja mientras esperaban al ascensor de los otros vecinos y que se cortaban apenas se acercaba. O cuando le daba por asistir a las reuniones de vecinos con su camiseta de Star Wars y hablando como Yoda. Paco. Ese era el problema. Porque el piso, coqueto, bien situado, junto a cafeterías, terrazas, tiendas de modas, bien comunicado, e incluso con una iglesia cerquita, estaba muy bien. Lo que desentonaba en él era Paco, precisamente quien más se había empeñado en comprarlo. Paco. Él era la x de esta ecuación; solo había que despejarla y su vida sería perfecta. Lo malo es que ella era de letras puras y nunca, pero jamás, se le dieron bien las ecuaciones. Hizo un gesto y pidió otra cañita. Mientras se la tomaba pensó en que a ella también le estaba saliendo un culo terracero por culpa de Paco. Tendría que hacérselo pagar, pero ahora no. Ahora iba a disfrutar de esta caña y, tal vez luego se pediría otra más. O quizá un par de ellas. ¿De qué valía tener una terracita tan cerca si uno no le sacaba partido? Y la tarde estaba tan hermosa, con la gente, que ya le parecía manchas de colores sin tener que entrecerrar los ojos. Y estas cañitas estaban tan, tan fresquitas.

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