jueves, 16 de junio de 2016

El patio de luces.



                       Una mañana se levantó triste. No había ninguna razón para ello. No estaba enferma, no estaba desempleada, no estaba arruinada, no estaba sola en la vida; solo estaba triste y nada de lo que hacía o le decían hacía que esta tristeza se disipara. Estaba triste, simple y llanamente. Era esta una tristeza tan grande que no dejaba hueco a ningún otro sentimiento,  una tristeza tan fría que nunca más volvió a sentir calor en su vida. Solo quería sentarse en un rincón, frente a la ventana que daba a su patio de luces, y escuchar como esa tristeza crecía en su interior cada día que pasaba. Nunca antes se había fijado en ese rincón de su casa; de hecho, no recordaba haber colocado ese sillón allí, junto a una mesa camilla, frente al patio de luces, o haber limpiado jamás esa ventana. Pero desde el día en que se levantó tan triste, aquel era su rincón favorito. En realidad, aquel era el único rincón de la casa para ella. Era como si el resto de la casa y el resto de su vida hubieran desaparecido en medio de una extraña niebla que las hacía invisibles e irreales. Y allí, sentada en la penumbra, envuelta en esa capa de tristeza, viendo un trozo de pared sucio y ajado, escuchando voces ajenas, empezó a sentirse ella misma por primera vez en su vida, y a pesar de tanta tristeza como sentía, no pudo evitar sonreír.

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