lunes, 13 de junio de 2016

La agenda.



                              Tenía su vida totalmente ordenada y milimetrada. Contaba los pasos que había desde su casa a cualquier lado porque, al menos, debía caminar dos kilómetros diarios, comía según el menú que planificaba cada semana, colocaba las cosas en su despensa por orden alfabético y en el ropero jamás mezclaba los colores de las camisas ni las de manga corta con las de manga larga. No había espacios vacíos ni tiempos muertos en su vida, ni lugar para otra cosa que no fuera cumplir con la agenda de ese día.  Nunca se atrevió a enamorarse porque el amor es la puerta por la que entra el desorden y en el orden está el secreto de una vida sana y feliz, se decía cada día al levantarse en una casa que cada vez se parecía más a un hotel con pretensiones. Pero alguna noche, a solas en su cuarto, cuando escuchaba a sus vecinos hablar, reírse, discutir, llorar o incluso gemir cuando hacían el amor, le daban ganas de probar cómo sería eso de ser menos ordenado y feliz, y tener alguien con quien hablar, pero la simple idea de que otra persona desordenara sus cosas le aterraba tanto que, casi de inmediato, desechaba esa idea y se ponía a repasar mentalmente la agenda del día siguiente: mañana es martes de la tercera semana del mes; toca arroz blanco, tortilla de jamón y dos tomates, he de ir al banco y al mercado y acabar con la novela que estoy leyendo. Ningún momento reservado para veleidades estúpidas que solo traían el desorden y el caos.

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