jueves, 9 de junio de 2016

Las lavanderas.



                          Cada semana recorría los puestos del rastro en busca de fotos antiguas. No buscaba las típicas fotos de edificios, calles o paisajes; solo compraba aquellas en las que aparecían personas. Eran perfectos desconocidos para ella. Gente seria en pose seria, alguna en la que un grupo de mujeres lavaban o cosían juntas y miraban a la cámara con la sensación de que, solo por eso, serían inmortales; trabajadores del campo en la hora del descanso, algunas de bodas, donde los novios parecían ir más bien de funeral, y decenas de niños y niñas en actitud de santidad forzada el día de su primera comunión. Tenía decenas de cajas repletas de esas fotos. Buscaba en ella el recuerdo impostado de una familia que jamás tuvo y que, a fuerza de fotos ajenas, se creaba para rellenar los huecos vacíos de su propia historia.

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