miércoles, 15 de junio de 2016

Luis Miguel.


                                           En el fondo, nada de todo esto era algo original. Muchas lo habían vivido y sentido antes que ella. Al menos eso decía, como para que le sirviera de consuelo, mientras se desmaquillaba cuidadosamente ante el espejo de su habitación. Un bolero en la radio, el ruido sordo de la lluvia en la calle y una casa vacía de esos otros sonidos que la convertían en un hogar: eso es lo que la rodeaba cada noche durante los últimos meses. Eso, y una cara que la miraba tensa y con ojos llenos de angustia desde el espejo cada vez que se desmaquillaba. Al principio solía dejar la radio puesta toda la noche, con el sonido muy bajito para no sentirse tan sola. Y eso que la puñetera canción que sonaba, tan triste, tan llena de melancolía, la lluvia que empapaba las calles sucias y desangeladas, y ese frío, que, más que los huesos, calaba su propia alma, no paraban de invitarla a llorar, a que dejara escapar con ese llanto todo el miedo y la frustración. Pero no lloraba; no podía. Tal vez es que ya que no te quedan ni más lágrimas ni más sonrisas, murmuraba para sí al ver su rostro, libre ya de maquillaje, mirándola inexpresivo y gris a través del espejo mientras que Luis Miguel le decía desde la radio, en voz muy baja, casi en susurros, que nada le consolaba si no estaba ella también. Nada hiere tanto como una mentira de amor cuando te la canta Luis Miguel.

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