viernes, 3 de junio de 2016

Terapias alternativas.



                        Muchos me preguntan por qué me hice barman de un local de copas donde cada noche acaban, como los restos de un naufragio, los que no tienen otro sitio donde llorar sus miedos o expurgar sus soledades. Yo los miro sonriendo en silencio mientras les sirvo su copa. En realidad no quieren saber qué hago yo allí sino qué hacen ellos, pero eso es algo que aprendí con el tiempo y que ellos tienen que descubrir por sí mismos. Por eso solo les sonrío, les sirvo esa copa, intuyo de qué estado de ánimo vienen, y les voy cambiando sutilmente la canción que suena, casi imperceptiblemente, llenando esos silencios incómodos hasta que se deciden a hablar. De algo me tiene que servir haber terminado la puñetera carrera de psicología. Gracias a que encontré este bar de copas que se traspasaba. Es, sin duda, la mejor consulta. O al menos, la manera más original de hacer terapia de grupo sin que el mismo grupo sepa que está haciendo terapia. ¿Quién dijo que ver al psiquiatra tenía que ser un acto más traumático que el propio trauma que te traía a él? Yo no. John Le Hooker tampoco, mientras cantaba con su voz quebrada, "only Blues music". Mis clientes tampoco, mientras movían los pies, las cabezas o dejaban caer una lágrima con los ojos cerrados al ritmo de la música, al calor de su copa, y en el ambiente tranquilo y relajado de mi bar.

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