lunes, 18 de julio de 2016

El calendario.



                  Ya sé que me echas de menos, hijo. Y yo a ti; te lo juro. Pero cada vez me cuesta más sentarme a hablar de cosas que antes me parecían interesantes y que ahora, y no sabría decirte la razón, me parecen aburridas o estúpidas. Tal vez se deba a que la mayoría con los que antes pasaba las horas hablando están ahora en la otra frontera y no en esta. Y para hablar con ellos no necesito hablar. Ya, hijo, ya; ya sé que eso es una contradicción en sí misma, pero así es cómo me siento. Cada hoja que cae del calendario se lleva con ella a un amigo querido, a una antigua amante, a un hermano, a una hermana... Es la guadaña inexorable que siega sin importarle si es primavera o invierno. Simplemente arrasa con su cosecha. Y a mí me deja cada vez más solo, cada vez más triste, cada vez más mudo. Porque hablar, ¿para qué?, dime, ¿con quién? Perdona hijo, sí, claro que estás tú. Pero tú has de vivir tu vida y no la vida de los muertos. No, no te engañes, querido: yo ya estoy muerto; solo que aún no nos hemos dado cuenta de ello. Mira, hoy es 26, tal vez cuando caiga la hoja de este mes para dejar paso a otro sea mi turno y me toque irme con ella. Igual entonces, en el otro lado, cuando me reencuentre con mis amigos, mis amantes, mis hermanos, tus abuelos, vuelva de nuevo a hablar.

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