jueves, 21 de julio de 2016

La dosis prescrita


                                              Me aparté el pelo de la frente. Lo tenía empapado de sudor, como todo mi cuerpo, como la cama entera. Las sábanas se me enrollaban como un mal sudario. No lograba apartarlas con las pataditas que lanzaba de vez en cuando. Siempre perdía el combate. Sábanas: 6 yo 0. Volví a apartarme el pelo de la frente mientras trataba de fijar la mirada en el cuadro de la pared del fondo de mi habitación mientras intentaba contener las arcadas que iban y venían, cada vez más frecuentes, cada vez más fuertes. Era un cuadro horroroso. Supongo que cuando lo compré no debió parecérmelo; al menos, no tanto. Pretendía reflejar un muelle con el agua sucia, en algún suburbio desvaído entre nieblas. O algo así. El dolor y las fatigas me nublan una vez más la vista. Ya no resisto más. Al menos hoy no. Alargo la mano y alcanzo el botecito de las pastillas mágicas, esas que me suben a un falso nirvana, esas que el médico se resistió tanto a recetarme, esas que siempre me advierte seriamente que jamás he de superar la dosis prescrita, esas que yo rehúyo siempre que puedo, esas que hoy serán, sin duda, mis mejores amigas. Tomaré dos. No, mejor tres¡Y que le den mucho a la dosis prescrita! Cierro los ojos y poco a poco noto como el dolor se va diluyendo y con él las náuseas, y con ellos, yo mismo. Pero ya no me importa. Ya no me importa nada. Hasta el cuadro de mi habitación ha dejado de parecerme tan horroroso y las sábanas han dejado de ser ese sudario incómodo para convertirse, de repente, en un fabuloso vestido de gala. Realmente la vida es maravillosa.