jueves, 11 de agosto de 2016

El viejo capitán.

                       

                            Recorría las terrazas buscando esas galletitas que ponen con el café y que los clientes dejaban sin consumir. Las cogía con el mayor disimulo, como si se hubiera levantado de esa misma mesa momentos antes y hubiera olvidado algo en ella. Los camareros hace tiempo que saben que muchos días se alimenta solo de ellas y cuando lo ven por la zona, al ir a recoger la cuenta del cliente, dejan alguna galleta de más en el plato. Le llaman el viejo capitán porque de joven heredó dos colts del 45, una hacienda en un país de centroamérica y media docena de perros de presa. A veces, cuando las tardes flojean de clientes, lo invitan a un café con leche con la excusa de que les cuente historias sobre revoluciones de las que nadie oyó nunca hablar y donde él, con sus dos colt al cinto, rodeado de sus perros, capitaneaba a un grupo de rebeldes. El viejo capitán presumía, con la mirada perdida en el humo de su pipa, de haberse unido siempre a las causas perdidas.

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