martes, 16 de agosto de 2016

El zapato de verano.



                       Un zapato de rejillas de color beig tostado. Esa era la imagen que le venía a la mente cuando cerraba los ojos y la nostalgia le comía el alma: la de un zapato de rejillas en un escaparate donde el sol de la tarde cegaba al reverberar en el cristal. Era absurdo, lo sabía. Él nunca había tenido un zapato así. Y menos de ese color garbanzo cocido. Pero ese zapato, solo un pie, el derecho, lo miraba orgulloso, altivo, alzado sobre su trípode de exposición en un escaparate donde era el protagonista, el centro indiscutible de todas las miradas. Es cierto; él nunca había tenido un zapato así, fresquito, ideal para el verano, cómodo, porque tenía toda la apariencia de serlo. En realidad él nunca había tenído zapatos, ni de verano ni de ningún otro tipo. ¿Para qué necesita zapatos alguien que nació sin piernas? Pero algunas noches, cuando la nostalgia pesaba más que el dolor, más que el cansancio, más incluso que la propia desesperación ante la certeza de haber desperdiciado su vida, cuando cerraba los ojos bien apretados para no ver su fracaso, lo que su mente añoraba por encima de cualquier cosa era aquel zapato de rejillas de color beig tostado tan cómodo y poder saber qué se sentiría al usarlo.

No hay comentarios: