martes, 18 de octubre de 2016

El gran fraude.



                   Miró de nuevo hacía donde estaba su padre. Bueno, hacia donde estaba el cuerpo de su padre. Se sintió rara una vez más, vacía, como si toda su vida hubiera estado de alguna manera esperando inconscientemente este instante y ahora nada estuviera ocurriendo como se lo había imaginado. La vida era un puñetero fraude. Ya se lo había dicho su padre, pero ella nunca le creyó. Se acercó al ataúd. La verdad es que parecía dormido. Como cuando lo visitaba, algún sábado que otro, cada vez más espaciados, es cierto, y después de comer no podía evitar que se le cerraran los ojos. Por un momento hasta creyó que se iba a despertar exaltado, como siempre, preocupado por haberse quedado dormido estando ella de visita, dándole mil excusas a cuál más peregrina y absurda. Sí, aquel -¿o ya debería decir aquello?- era su padre. En el fondo, un desconocido que trató de tejer puentes sobre ríos que eran cada vez más anchos, cada vez más profundos, cada vez más tortuosos. Puentes que a veces se sostenían con una sola liana, pero que él afirmaba que eso bastaba, que con una liana Tarzán cruzaba la selva de lado a lado. ¡Pobre hombre! En el fondo lleguó a quererlo aunque nunca lo entend del todo ni creo que él jamás la conoció a a ella. No, en realidad, él quiso hasta el final a una imagen que se creó de su niñita, de aquella niña que le quitaron cuando tenía cuatro añitos y que ya no recuperó hasta que no hizo la comunión, y aún así, algún fin de semana que otro. Y ahora están aquí. Un cuerpo sin vida y una vida sin alma. Porque se sentía así: una persona sin alma. ¿Cómo podía no estar destrozada por dentro? ¿Cómo podía no estar ahogándose en su propio llanto? Tenías razón papa: la vida es un puñetero fraude.

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