jueves, 6 de octubre de 2016

Olor a mar.


                            
                         Eran las últimas tardes de verano, cuando el aire y tu piel aún olían a mar y nada hacía prever el caos en que se convertiría nuestras vidas en apenas unas semanas. Todavía nos levantábamos cada mañana mirando al sol con esa sonrisa embobada que solo pueden poner los tontos y los enamorados. O los viejos. Ellos también; claro que ellos están tan cerca de la muerte que agradecen cada nuevo día como un niño un regalo de Navidad. Todavía la palabra amor era como nuestro apellido y no ese concepto extraño y doloroso en el que se convirtió. ¿Qué nos pasó? Llevo años pensando en ello. Los mismos que llevo odiándote. Los mismos que, seguramente, llevarás tú odiándome a mí. Antes nos reíamos cuando discutíamos entre carantoñas y caricias sobre quién amaba más a quién. Ahora estoy seguro sin necesidad de discutirlo de que tú me odias más a mí. Y no será porque no te deteste yo con todas mis fuerzas. Las mismas con las que te amé. ¡Que no lo sé, que no sé qué nos pasó, te lo juro! Una mañana ya no te hacían gracias mis bromas y a mí había dejado de parecerme encantadores tus ojos. Tú dejaste de divertirte con mis anécdotas y a mí me aburrían tus historietas del trabajo. Así de simple. De repente éramos dos desconocidos mal avenidos y lo que antes ocupaba el amor ahora empezaba a ocuparlo un rencor sordo y sin sentido. Y una noche tus ronquidos me desquiciaron tanto que me fui a dormir a un hotel y ya no volví sino a recoger mis cosas. Sí, es verdad. Debimos haber hablado. Pero es que me dio tanta pereza, tanta... Además, hablar, ¿para qué? A esa altura de nuestra relación ya te odiaba. Sin embargo, te confieso que en días como hoy, cuando el verano está muriendo y el aire trae olor a mar y veo pasar a las parejas abrazadas, riendo y besándose, no te negaré que el corazón se me encoge recordando aquellos días del último verano que nos amamos como si nunca fuéramos a dejar de hacerlo.

No hay comentarios: