miércoles, 9 de noviembre de 2016

El ramo.



                   La verdad es que entonces yo de eso no sabía nada y hoy casi lo he olvidado todo. Y gracias. A veces creo que esta muerte de la memoria es lo que me permite mantenerme cuerdo. O al menos, vivo. Pero cuando la vi supe que todo lo que había deseado hasta entonces no era nada comparado con el vértigo que me producía mirarla. Claro que a los diceiséis años, ese vértigo se siente al menos tres veces diferentes, pero por entonces, ya lo he dicho, yo de eso no sabía nada. Hoy hace un año que una mañana desperté y ella seguía allí, a mi lado, como cada día, pero fría. No lloré. No entonces. Me senté en la cama y volví a sentir un gran vértigo al mirarla. Solo que entonces sí que sabía que de este vértigo ya no me desprendería jamás. He pasado por el cementerio. Su lápida estaba limpia y con flores frescas. Eran más hermosas que las que yo llevaba. No sé de quién pueden ser. De repente me sentí mal. ¿Me habría engañado? ¿Realmente tuvo un amante? Esas flores, hermosas y caras, manchaban su memoria y mi honor, y las destrocé allí mismo pateándolas contra el suelo. Luego, amorosamente, coloqué las mías. Nadie me vio. No me siento orgulloso, es cierto. Igual que no lo estuve el día en el que amaneció fría y con los labios muy apretados. Es cierto que tengo el sueño pesado y que tomo pastillas para dormir, pero solo yo sé que aquella noche la escuché gemir de dolor y tratar de despertarme para que la auxiliara. Ella apretaba los ojos y yo me tapé los oídos con la almohada. Como si a ambos nos uniera el mismo dolor. Luego, cuando se calló, me di la vuelta y dormí. Ya sabía que nunca me lo perdonaría, que ese vértigo, tan diferente a aquel otro cuando la conocí cuando ambos teníamos dieciseís años, ya no me abandonaría, pero prefería eso a la sospecha de que ella me pudiera estar engañando con otro. ¡Malditas flores en su tumba!

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