domingo, 20 de noviembre de 2016

La herencia.



                       Un viejo reloj de bolsillo, un bastón con la puntera desgastada y un montón de dudas. Eso es lo que me dejó mi padre al morir. Hacía años que no nos veíamos, ya sabes, las discusiones entre padres e hijos a veces no tienen más solución que la que le ponga la muerte. Cuando entré en su apartamento me vino de golpe un mundo entero de recuerdos y sentí que me ahogaban las emociones. Allí había pasado sus últimos años. Allí, en aquella silla, que fue lo único que supe reconocer de lo poco que había en el apartamento, lo habían encontrado muerto días atrás. La policía me dijo que estaba con la cabeza apoyada en los brazos encima de la mesa. Les dije que ese gesto era muy suyo. También me dijeron que debajo tenía unas viejas cartas dirigidas a mí con la tinta corrida, como si hubiera llorado sobre ellas. ¿Llorar mi padre? Me cuesta creerlo. Quisieron darme las cartas, pero las rechacé. Era la segunda vez que lo hacía. Tampoco quise recogerlas cuando me las traía el cartero años atrás. No sé qué me ponía en ellas. Da igual. Ahora él está muerto y mi herencia es un viejo reloj de bolsillo, un bastón con la puntera desgastada y un montón de dudas que jamás resolveré.

1 comentario:

Rosy Robayna dijo...

Al parecer también dejó en herencia eso que no quiso leer el hijo, o puede que en realidad lo que dejó fuera el rencor. Dura realidad.