viernes, 18 de noviembre de 2016

Los sin nombre.


                           Pide en los semáforos de Mesa y López. Llama la atención su aspecto aseado, la forma en la que se aferra un macuto donde debe llevar toda su vida, y la serenidad con la que pide: siempre con una sonrisa, le den o no. A veces se acerca a pedirme un cigarrillo y hoy le  pregunté si me aceptaba un café. ¡Cómo no, jefe! Y hasta un bocadillo, que llevo aquí desde las siete y aún no he comido nada. Es la crisis, sabe usted: la gente ya no echa sino cinco céntimos, a veces diez... y eso el que da algo. ¿Puedo pedirme un donuts, jefe? Sí, creo que me queda algo de familia. Seguramente en Porriño, en Galicia. Yo era un buen marino, pero ya ve, la droga, una mujer... Lo típico de los tópicos que a veces se hacen carne y hueso y que en mi caso se hicieron carne para que yo pinchara en hueso. Y aquí me quedé, varado como esos barcos llenos de orín que están abandonados y casi hundidos en los pantalanes del muelle grande. Y eso que yo, para pagarme mi vicio y el de ella he trabajado de todo, que los gallegos seremos cualquier cosa menos gandules. Oh, pues mire, he sido peón de obra, temporero, taxista sin licencia, matón de los que cobran deudas, y hasta de portero de una casa de niñas llegué a trabajar. Claro que eso fue lo peor. Ahí me hundí más en la mierda. ¿Ahora? No, dejé todo eso atrás. Ella me dejó por un viajante catalán con más posibles y yo dejé la droga porque no tenía ya con qué conseguirla. Bueno, en realidad la dejé porque ya no me era divertido y casi me mata una noche de reyes. ¿Puedo pedir otro café con leche? ¡Gracias maestro! Calentito, por favor. No, no quiero saber de mi familia ni creo que ellos quieran saber de mí. Somos malos recuerdos uno para los otros. Mejor no menear las aguas negras, que apestan. En fin, jefe, gracias por el desayuno, pero he de volver a mi trabajo, que si no se me coloca otro y ese semáforo, aunque no sea una maravilla, no es malo y céntimo a céntimo me da para ir escapando. Gracias, de verdad. No, no. Por el desayuno no; que también, sino por pararse a hablar conmigo. Sé que cuando pasa me mira y eso, aunque no lo crea, me devuelve la dignidad. La gente, jefe, nos da o no nos da, pero nunca nos mira a la cara o a los ojos. Yo creo que en el fondo temen verse reflejados en nosotros y eso les aterra, ¿sabe jefe?, es entonces cuando de verdad me siento un asco como ser humano y no cuando alargo la mano para pedir.