viernes, 25 de noviembre de 2016

Paaaaaapi.


                                                 Siempre se había burlado de aquellos amigos que llegado a los cincuenta empezaban a salir con una morenaza de infarto que les llamaban paaaapi y que podrían ser, en efecto, sus hijas. Los encontraba  patéticos. Hasta que apareció Lizbeth. Ella no le llamaba paaaapi, pero sí que le hacía sentir como un viejo degenerado que presumía de novia mulata y cañón, levantando envidias ajenas y pasiones propias. Y aquello le gustaba. Por eso, cuando Lizbeth decidió cambiar de amorcito, él se sintió como un mago de pacotilla al que ya no le salía ni el truco del conejo en la chistera. Eso se soluciona con un buen bailoteo, una botella de ron añejo, una cartera bien gorda y otra morenaza, le dijeron y él siguió el consejo. Desde entonces, es Anette la que le ilumina los ojos diciéndole: ay, paaaaapi, cada vez que él dice alguna tontería. Sabe que todo es mentira; que en el fondo él no es más que otro cincuentón con barriga que trata de huir de la soledad y del miedo comprando la ficción de una juventud perdida con regalos y una visa oro. Pero se consuela pensando que con un poco de suerte, el ron, el cochino frito, el bailoteo y los meneos que le mete Anette en la cama gracias a esa pastillita azul milagrosa, el buen Dios sea misericordioso con él y le mande un buen infarto -uno de los gordos- antes de que ella se marche y ya no tenga que buscarse a otro amorsito que le diga paaaaapi. 

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