sábado, 10 de diciembre de 2016

Ana.


                       Mientras se dirige a su dormitorio va lanzando a un lado y a otro su ropa: los zapatos de tacón de Jimmy Choo en el recibidor, el bolso de Prada en el salón, el vestido de Balenciaga en el pasillo, el reloj de Bvlgari junto a su cama. Ya lo recogerá mañana la chica del servicio. Le gustaba hacer eso. Demostraba que, a pesar de vestir una fortuna, la trataba con el desprecio de quien lleva ropa de mercadillo. La hacía sentirse más rica y poderosa aún. Allí, en su habitación, desnuda frente al espejo -eso de llevar ropa interior está demodé- observa su cuerpo. Para ser una mujer de cincuenta años estoy perfecta, piensa. Mis tetas aún están en su sitio y conservo ese aire aniñado que tanto excita a los hombres cuando me ven desnuda por primera vez. Eso nunca me falla. Sé lo que digo. Saca de ellos su lado más perverso, los deseos que nunca confiensan y los vuelve locos. Con una mano se acaricia el vientre plano y con la otra las nalgas, duras y redondas, con ese toque de tersura que solo una genética privilegiada o un buen gimnasio y unas cremas carísimas consiguen mantener a su edad. Soy feliz, se dijo sonriendo al espejo sin mirarse a los ojos. Sabía que la Ana que estaba al otro lado, perfecta y aniñada, sonreía también pero que sus ojos le llevarían la contraria. La Ana de este lado del espejo aprendió a mentir muy pronto; la otra no lo consiguió jamás.

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