jueves, 22 de diciembre de 2016

La empaquetadora.



                    Fue un 24 de diciembre. Había ido a comprar un regalo y la tienda se ofreció a empaquetárselo. Iba con prisas pero cuando la vio, aceptó al instante. Llevaba tiempo cruzándose con ella en el portal de su edificio, sabía que se llamaba Yolanda y que vivía tan sola como él, aunque jamás habían cruzado más que los saludos protocolarios cuando compartían ascensor. Le hizo el mejor paquete de navidad de su vida. Sus manos iban y venían sobre el papel doblándolo, plagándolo, haciendo que el paquete, una caja de madera con tres botellas de vino, bailara al ritmo de sus manos como si fuera una pluma en el aire. Ella evitaba mirarle a la cara. Él, sin embargo, no podía quitar los ojos de la suya. Esa noche la esperó sentado en el portal, agarrado al paquete que le había hecho como un náufrago se agarra a un flotador en medio del mar. Cuando subieron en el ascensor hablaron del tiempo, de lo llenas que estaban las calles, de lo bonito que habían decorado el portal, con ese árbol tan grande e iluminado. Él llegó a su piso y lo pasó de largo. Ella se apartó de la puerta de su casa para dejarlo pasar. A nadie le gusta estar solo en nochebuena.

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