viernes, 9 de diciembre de 2016

La foto.



                       Cuando mi padre compró la casa la foto de la entrada ya estaba allí. Mi padre la compró amueblada y esa fue la única foto de todas las que había que quiso conservar. Yo crecí viendo esa foto cada vez que entraba o salía de casa; primero al colegio, luego a la universidad y por último, al trabajo. De tanto verla ya ni la mirábamos. Era la fotografía de una playa en invierno. Junto a una barca acostada en la arena, una pareja miraba abrazados y abrigados hacia el objetivo de la cámara. Era una foto sencilla, en blanco y negro, nada especial; pero a mi padre le debió gustar tanto que, a pesar de no ser de nadie de mi familia, la mantuvo siempre allí. Hace una semana enterramos a mi padre. Primero murió mi madre, pero el viejo aguantó casi diez años más que ella. Hoy, al abrir su testamento, y después de hablarlo con los otros herederos, decidimos poner en venta la casa. Sin duda cuando mi padre la compró fue una casa moderna en un barrio agradable, pero cincuenta años después, la casa y el barrio habían sufrido cruelmente el paso del tiempo. Además, todos teníamos nuestras propias viviendas. Por esa razón fui allí, a poner el cartelito de "SE VENDE" y a revisar que todo estuviera en orden. Tal vez por eso, después de tantos años de pasar a su lado sin mirarla, hoy he visto de nuevo la foto de la entrada. Fue un flechazo. No pude evitarlo y me la llevé. Y aquí estamos ahora ella y yo, mirándonos en silencio. A mis hijos les he dicho que era la foto de unos tíos míos que murieron mientras estaban de viaje de novios en la Rivera Maya. Es mentira, lo sé. Pero después de tantos años en casa pensé que se merecían algo más que un simple "no sé" ante las preguntas sobre su identidad. Mi mujer está loca con ella. Dice que ahora entiende que nunca me hubiera encontrado parecido con mis padres y es que, a su juicio, soy clavadito a mi tío el de la foto. Hasta yo le encuentro parecido a mi hijo Alberto con él. Dicen que, después de convivir muchos años, los perros y sus amos se acaban pareciendo. Estoy seguro de que las fotos y los habitantes de las casa donde estén, también. ¿No es verdad, tío Alfredo?

No hay comentarios: