miércoles, 14 de diciembre de 2016

Lo correcto y la cortesía.



                       Cuando la miraba daría lo que fuera por poder dar marcha atrás en la vida hasta el preciso instante en que ambos se conocieron y así rectificar tantos errores y atreverse a decirle aquella verdad que siempre murió en sus labios antes de llegar a sus oídos, y sabía que ella lo sabía. Pero en vez de eso, pasaban el tiempo que estaban juntos hablando de si este o aquel amigo había envejecido mal o de la última teoría de los conspiranoicos que había salido en la televisión. En realidad, quisiera poder para el tiempo, quedarse eternamente mirando sus ojos, tan brillantes, tan cambiantes de color según su humor, o su boca, con esos labios carnosos que siempre había soñado besar; pero sabía que la cortesía exigía que desviara la mirada y así lo hacía. Cuando se marchaban, cada uno por su lado, dejando entre ellos un nimbo de tensión erótica jamás resuelta, se prometía que el próximo día reuniría el valor para mandar la cortesía a la mierda y, por una vez en su vida, aunque solo fuera una vez, daría de lado lo correcto y haría lo que se moría por hacer desde que, una tarde de otoño, al conocerla, su vida encontró razón de ser.

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