martes, 20 de diciembre de 2016

Una historia común.



                           La primera no la vi venir. Fue al poco de casarnos; un bofetón, fuerte, a mano abierta, que me dio justo en el oído derecho. No lo esperaba e hizo que cayera redonda en el sofá. Durante un buen rato solo oí un pitido y la cara me ardía. Luego, dejé de oír. El tímpano reventó. Mamá, tu abuela, me dijo que seguramente había sido un accidente, que era un buen hombre y que no le fuera a arruinar la vida por un bofetón mal dado, que seguramente lo habría provocado yo con mis boberías. Después fueron mis estudios. Cada tarde, a la vuelta de clase, me esperaba medio bebido y furioso del todo. Creía que tenía un amante, que si no, no se explicaba eso de querer estudiar. Mis libros de texto, mis cuadernos, el material de estudio y hasta La Dama de las Camelias y Madame Bovary, mis dos libros más queridos, ardieron juntos en la noche de San Juan. Ni mis súplicas ni mis lágrimas lograron extinguir aquel fuego infame. Tu abuela le dio la razón. Me dijo que para qué quería estudiar, que era una pérdida de tiempo y que una mujer decente y casada tenía que dedicar todo su tiempo a su casa y a su familia. Yo empecé a estar cada vez más triste y él a venir cada vez más tarde y más bebido. Al principio le recriminaba su actitud. Luego dejé de hacerlo. A nadie le gusta que le machaquen el cuerpo a puñetazos y patadas. Aunque lo cierto es que no necesitaba excusas para hacerlo. Recuerdo cuando me agarró del pelo y, con los ojos inyectados en sangre por la ira y el alcohol, me dijo muy bajito y al oído -al bueno, al que no me había reventado- que el día menos pensado acabaría conmigo, que si algo sobraba en este mundo eran zorras como yo. Ese fue el día que decidí alejarte de él. Ese fue el día en que "se le fue la mano", como le dijo a tu abuela. Fue ella la que le dijo a la policía que estaba conmigo cuando me "resbalé" y caí por las escaleras. Del palizón que me dio después no dijo nada. Sé que algún día leerás esta carta. Quien la guarda tiene instrucciones de no dártela hasta que seas mayor de edad. Pase lo que pase. Y ahora, hija, sé que me queda muy poco en este mundo. Ellos creen que no oigo, pero desde que estoy aquí, en la UVI, en coma, no me he perdido ninguna conversación, ninguna reprimenda de la abuela, ningún insulto de él. Ahora han decidido desconectarme y sé que mi cerebro, lo único que aún vive en mi cuerpo, no aguantará sin las máquinas que mantienen vivo al resto. No me importa, hija. Será lo mejor que me haya pasado en los últimos años aparte de tu nacimiento. Al fin podré descansar sin el miedo constate a tu padre. Incluso aquí, ahora, en coma, temo despertar y que me siga maltratando. No, lo mejor que me podría pasar es esto. Si es cierto, como leí cuando podía, que todo en este mundo es energía, mi último pensamiento, energía pura, será para ti y tú, ahí donde estás, segura y protegida, lo recibirás aunque no sepas qué es.Un último consejo: nunca te cases con un hombre pensando que tu amor lo hará cambiar. Te lo dice tu madre.

2 comentarios:

Rosy Robayna dijo...

Muy agudo el título a pesar del duro contenido. Ciertamente es común, demasiado común. Me mataste.

A. Quintana dijo...

Si. Desgraciadamente no es un invento novelistico, sino traducción de variadas realidades.