viernes, 29 de enero de 2016

Experto 3.0


                      Claro que sabes lo que tienes que hacer y por supuesto que sabes lo que esperan que hagas. Y sabes también que estarán observando tus acciones y tus reacciones. ¿Qué hay de nuevo en ello? Sí, sabes lo que se espera de ti. Siempre has sido un tipo correcto, te has lavado la cara. Que no se note que has llorado. ¡Tío, los hombres no lloran! ¿Lo has olvidado? Ahora, un rato practicando esa sonrisa de medio lado antes de salir que te hace parecer un poco canalla y que esconde tan bien las ganas de morderte los labios. Sobre todo, que nadie note nada. Fuiste entrenado para ser el gentleman casi perfecto, porque el getleman perfecto, como te enseñó tu maestra, solo existe en la utopía. Y un gentleman jamás muestra dolor y solo demuestra amor en la intimidad. Compruebas si la cota de malla se ajusta bien a tu pecho. Aunque ya es algo tarde y notas como la sangre, espesa y cálida, empapa el algodón de tu camisa. Pero tú no mueves un solo músculo de la cara y aprietas bien fuerte las cinchas de la cota. Así, que duela. Dicen que solo se puede sentir un dolor cada vez, el más fuerte de todos. Aprietas más y más fuerte. Sí, eso, que duela más. Así no sentirás ningún otro dolor.

jueves, 28 de enero de 2016

Hemorragias.


                          Su madre no soportaba verla agacharse y coger cualquier trozo de papel de la calle para ponerse a escribir frenéticamente. A saber quién diablos lo había pisoteado, decía gruñendo cada vez que la veía hacerlo. Vete a saber la de infecciones que puedes pillar con eso, no sé qué necesidad tienes de parecer una indigente, recogiendo cosas de la calle, por dios, qué impropio de una señorita. Ella, por mucho que lo intentó, jamás pudo hacerle comprender a su madre que para ella, no escribir cuando sentía ese impulso irrefrenable de hacerlo, era como intentar parar la hemorragia cuando recibías un balazo en la tripa, algo doloroso e imposible. 

miércoles, 27 de enero de 2016

Tatuajes.


                                Se había ganado a pulso la fama de tipo duro. En el patio de la cárcel, a base de aguantar impasible las palizas de algún funcionario, cabrón y reprimido, con ganas de revancha por la vida de mierda que llevaba fuera de esos muros, cuando no vestía ese horroroso uniforme gris que lo hacía creerse un dios menor aunque solo fuera un desgraciado más, puteado por el banco, hacienda y su suegra. En su barrio se la había ganado por las cabezas que había roto a morradas cuando la cosa lo había exigido así. En su barrio, o eres el primero en dar o ya podías ir buscando un buen dentista para que te pusiera los piños postizos y un cirujano que te arreglara en lo posible el estropicio en el resto de la cara. Y Mateo tenía aún todos sus dientes y seguía siendo tan feo como su madre lo parió en este puñetero mundo. Además, ya sabemos lo que es esto de la fama, si la consigues una vez, ya solo has de cuidarla un poco, sacarle brillo de vez en cuando para que no se enmohezca, vaya. Tal vez por eso, cuando alguien veía la ristra de nombres de hombre tatuados en su pecho tatuado, tatuado como el de la copla de la Piquer, todos pensaron que eran los nombres de sus victimas y a nadie se le ocurrió pensar que eran los de sus amantes. Y él callaba, Quién iba a respetar a un matón de barrio y de patio de prisión que mordía almohadas o soplaba cogotes y que suspiraba por los ojos negros de un morito que se llamaba Ahmed.

domingo, 24 de enero de 2016

La suerte no era una dama. (Bukowski)

Charles Bukowsky
               Hice el esfuerzo de abrir los ojos cuando me enfocaron con la luz de la linterna en la cara mientras que una voz autoritaria me preguntaba mi nombre. Murray, me llamo Murray, contesté con la voz espesa y la lengua pesada por las cervezas que llevaba bebidas. ¿Lo oye usted agente? lleva así dos horas y no logro que se vaya. Volví a entreabrir los ojos y miré al quejica del barman. Que me fuera, pero cómo que me fuera... ¡Nadie echa a Murray! Murray era un líder, un triunfador, me iría cuando quisiera y con quién quisiera... ¡Que soy Murray, joder! Acerté a balbucear una vez más mientras trataba de soltarme de las manos del polizonte. En ese momento entró otro policía justo a tiempo para escuchar mi declaración. ¿Eres Murray? Preguntó, ¿el mismo Murray del viejo Bukowski? Abrí los ojos extrañado. ¡Un madero que leía poesía y además que conocía al viejo borracho de Bukowski! Asentí en silencio. Él me miró como quien mira a un bicho raro. La verdad es que yo no vestía como Murray. No. La verdad es que nunca fui Murray. No. Pero esta noche la desesperación, la soledad y las cervezas me ayudaron a creer que, tal vez por una noche, lo pudiera ser. El poli se sentó a mi lado, pidió dos cervezas y ambos las bebimos en silencio. Y luego pidió otras dos más. Después me dijo  "amigo la suerte no era una dama". Los dos nos miramos y yo comprendí que él tampoco pudo ser nunca Murray. En el sillón de atrás del coche patrulla veía las calles de la ciudad acharoladas por la lluvia y las brumas del alcohol. Pero al menos alguien más sabía que, aunque yo no fuera Murray, tal vez merecía serlo.


sábado, 23 de enero de 2016

El beso.


                           Su primer beso de amor se lo dio media hora antes de que le dijera que lo dejaban. Tenía dieciséis años y estaba enamorado de ella hasta el dolor, como solo se concibe el amor a esa edad, como dicen que no se vuelve a estar enamorado nunca más en la vida. Ese beso marcó todos sus demás besos, marcó todos sus demás amores. Durante años, cada vez que dio o recibió un beso de amor, esperó con la respiración contenida que al poco ella le dijera que lo dejaba. Que lo quería, que era un gran tipo, que no era por nada que hubiera hecho o dejado de hacer, pero que lo dejaba. Así, sin más explicaciones. Durante años no salió con nadie para no tener que besar o ser besado y así no sufrir de amor por un beso. Cómo explicar a nadie que, cada vez que cerraba los ojos y abría los labios para besar, era su boca, la de aquél viejo primer amor, la que quería volver a besar para intentar que, esta vez al menos, no acabara con un lo siento cariño, te quiero, pero esto no va a funcionar. Yo necesito a otro tipo de hombre y tú eres demasiado bueno para mí.

jueves, 21 de enero de 2016

En las sombras.


                        Ya sé que dirá usted que estoy loco. No me importa. No es usted el primero y, desde luego, no será usted el último que de mí diga tal cosa. Pero yo sé lo que sé, y yo sé que allí, escondido en las sombras está él. ¿Cómo que quién es él? ¿Usted también con esa preguntita? Él es él. Y no voy a nombrarlo. No, no quiero hacerlo. Claro que no, hombre. ¿Cómo? ¡Pues claro que no quiero que se aparezca! Me da igual que aquí estemos cinco personas o cincuenta. ¡Cómo se ve que usted no lo conoce! Y a mí qué si solo yo lo he visto. Será que él no ha querido que otros lo vean hasta ahora. ¡No saben los demás la suerte que han tenido si nadie lo ha visto aún, carajo! ¿Horrible? Créame, aún no se ha inventado una palabra que lo describa. Pero si por desgracia lo eligiera a usted para hacerse presente, sepa que no hay forma de evitar obedecerle. Aunque le pida la cosa más terrible del universo. Aunque le pida, como a mi, que mate a martillazos a toda su familia y cuelgue sus despojos por el salón, como si fueran cuadros. Es que él, ¿sabe usted?, es un gran amante del arte. Vale, sí, del arte según él. Pero, si lo miramos con perspectiva, el resultado tampoco estaba tan mal, ¿no?.  Ya, ya sé por qué me mira así. Ya me había advertido él que no debía hablar con ustedes, que al final él tendría razón y no nos entenderían, que nos iban a tomar por locos. ¡Qué pena!

miércoles, 20 de enero de 2016

Nerón.


                               Querido amor: sé que te extrañará recibir esta carta. Es normal, tanto tiempo sin hablarnos, sin transitarnos, sin reírnos. Al menos juntos. Un año ya, y yo voy ahora y te mando una carta. No un e-mail, no. Una carta. Vieja escuela le llaman. Papel, sobre, sello y escrita a pluma. Más clásico -o más antiguo- imposible, ¿no?. Pero hay cosas que, si no se dicen en persona, resultan tan frías. Y esto es lo más parecido a una conversación que nos podemos permitir. Verás, amor, hace dos días, te vi. Yo paseaba a Nerón y tú salías del teatro. ¡Qué bien te sienta mi ausencia! Yo, en cambio, qué quieres que te diga. Digamos que el perro tiene mejor aspecto que yo. Desde luego, ¡liga mucho más que yo! Me gustaría decirte que me alegró verte, que me sentí feliz, que me gustó comprobar que habías reemprendido tu vida, que tu risa volviera a ser esa risa fresca y alegre, pero te mentiría. Y fue la mentira lo que nos separó. Al menos fue eso lo que me echaste en cara cuando me cerraste la puerta en las narices aquel domingo, cuando volvía de mi viaje quincenal a Madrid. Volvía cansado. Volvía con ganas de verte, de dormir en casa. Pero me tuve que ir a una pensión de mierda porque no llevaba efectivo suficiente, la tarjeta se había bloqueado y tú no parabas de gritar detrás de la puerta. Tal vez no te acuerdes, pero yo sí. En fin, amor. Un año ya. Te han ido bien las cosas. Mañana o pasado te irán mejor. Mi abogada me ha dicho que lo del divorcio ya es firme y que la sentencia se notificará a las partes en un par de días. Las partes. Eso es lo que somos ahora, las partes. Tu parte es más que la mía por lo que he podido leer, pero mira, no importa, yo me quedé con Nerón. En el fondo tú nunca lo quisiste, lo sé. Y él ha sido el único que me ha sido fiel en las horas bajas. En fin, amor. ¿O ex amor ya? Esto es un lío para mi. No sé si sabré referirme a ti como ex. Mi abogada me ha recomendado que te olvide, que pase página. Mejor aún, que cambie de libro. ¡Abogados! Para ellos todo se resume en tomos, legajos y asuntos. Las vidas de sus clientes son números de expedientes en carpetas de colores que se abren y se cierran. Solo somos cifras en una cuenta corriente. Ganen o pierdan. Nosotros, amor, perdón, ex-amor, somos los que tendremos que aprender a vivir sin la otra parte. Yo me siento como una ecuación de dos incógnitas a la que le han borrado la X; solo soy un montón de cifras y alguna letra sin sentido en una pizarra. Tú, en cambio, eres como un poema al que alguien ha logrado encontrar el ritmo adecuado. Menos mal que Nerón es de ciencias.

lunes, 18 de enero de 2016

Promesas.



                    Cuando se despidieron se prometieron no echarse de menos, desde luego, no quererse y, sobre todo, no vivir del recuerdo de aquellos besos dulces, robados a medias, frescos como la juventud que ya se les escapaba. Se prometieron, de la manera más solemne, no añorar los abrazos apretados casi hasta doler, abrazos clandestinos que se daban a escondidas en portales sombríos, o los roces, aparentemente casuales, de sus manos en la espalda, casi como cortesía de paso, pero que duraban un segundo más de lo preciso, un segundo que, para ellos, llenaba toda su vida de amor. Ese día, cuando se dijeron adiós con una frialdad más fingida que sentida, se prometieron seguir cada uno con su vida, cada cual por su camino, sin deudas que reclamar, sin resquemores que cobrar, sin heridas que restañar, sin más deber para con el otro que mantener un educado respeto en el caso, poco probable, de un encuentro casual. Claro que hay promesas que se hacen para ser rotas desde el mismo momento en que se formulan. Y ella siempre lo supo.

sábado, 16 de enero de 2016

Mujer de palabra.

                            

                         Cada día se le hacía más pesada la espera a pesar de los cafés, de los paseos pasillo arriba y abajo, del cambio compulsivo de canales en el televisor sin sonido, total para lo que decían los locutores, y del crucigrama del periódico, cada vez más simple, tal vez porque los que inventaba Ocón de Oro sí que eran un reto de verdad y no estos, que eran para principiantes sin mucho cerebro. Diez minutos antes de que llegara el cartero se sentaba detrás de la puerta mordiéndose lo que le quedaba de uñas hasta que oía la tapa de los buzones cerrarse, para luego salir intentando mantener una dignidad que estaba lejos de sentir. A veces se le caían las llaves, otras, simplemente eran los dedos los que se negaban a obedecerle y no lograba hacerla girar, pero cuando lo abría siempre sentía la misma decepción. Cartas del banco, de la compañía del agua o de la luz, alguna oferta publicitaria o alguna factura no pagada a tiempo. Nunca noticias de Elena. Bueno, sería culpa de correos. Una vez leyó la noticia de unas cartas que tardaron cincuenta años en llegar a su destino porque correos las había extraviado o porque la dirección tenía una errata, no lo recordaba bien ahora. Pero ella le había hecho una promesa cuando se fue y siempre fue una mujer de palabra, así que mañana seguro que llegaría esa carta. Esa y las de los seis meses anteriores. De momento, iba a ver si el jeroglífico del periódico de hoy era un poco más difícil que el de ayer. ¡Ay, Ocón, se dijo suspirando, lo tuyo sí que eran pasatiempos!

jueves, 14 de enero de 2016

Montesquieu.


                           Realmente no esperaba que ocurriera nada especial cuando lo invitó a subir a su casa para acompañarla a coger unos zapatos más cómodos. O tal vez sí. Con él nunca se sabía. Tenía la capacidad de llevarla al límite para luego desviar toda esa excitación con una broma o con un comentario mordaz. Lo que desde luego no esperaba es que, cuando estaba explicándole que el baño estaba a la izquierda, el salón a la derecha y la terraza justo en frente, la alzara en peso y la besara con tanta pasión como si el mundo se fuera a acabar en los dos segundos siguientes. Y el mundo no se acabó en los dos segundos siguientes pero, sin saber cómo, su blusa y su sujetador sí que acabaron a dos metros de donde ellos estaban. Intentó recordar 
aquella frase de Montesquieu sobre la ética, la moral y la buena educación que su profesora del instituto le recordaba una y otra vez: una dama cuando dice que no, quiere decir tal vez, cuando dice tal vez, quiere decir sí...y si dice sí, es que no es una dama. Ella no podía respirar. Parecía que le besaban cien bocas, que le acariciaban mil manos, que la tierra giraba más rápido justo bajo sus pies, y solo podía una y otra vez gemir entre susurros y pedirle que, por favor, no parara.
Que le dieran mucho a Montesquieu, a Luis XIV y a toda la Francia en peso.

martes, 12 de enero de 2016

16 de octubre de 1980.


                      Cada noche se iba a la cama con la misma certeza: al día siguiente, cuando se levantara, por algún capricho cósmico, el calendario señalaría la fecha del 16 de octubre de 1980, el día en que tomó su primera gran decisión errónea. El día en el que su vida empezó a tomar el rumbo equivocado que la llevó del fracaso al caos, del caos al fracaso. Así hasta llegar al punto en el que se encontraba ahora y que no sabría definir si era más caos o fracaso. Soñaba con despertase ese día. Jueves, sí, era jueves y hacer lo mismo, pero al revés. Si había desayunado churros, tomaría un bocadillo, si había ido en guagua, iría caminando, si había cogido la calle de la derecha, tiraría para la de la izquierda. Estaba segura de que así lograría cambiar su destino. Pero cada mañana, al levantarse y mirar el calendario, lo único que veía era que en su rostro había una arruga nueva y que la decepción se hacía más patente en su mirada.

lunes, 11 de enero de 2016

La libreta.


                             Llevaba una libretita azul con tapas de hule donde anotaba los sitios prohibidos. Eran calles, cafeterías y terrazas donde antes había amado. Antes, cuando aún amaba. Cuando aún tenía a quién amar. Cuando aún podía amar. Poco a poco la ciudad se le fue quedando pequeña. sin sitios a los que ir, sin cafeterías en las que tomarse un café reposadamente, sin parques en los que descansar las tardes aburridas de cualquier domingo de verano, sin calles que fueran anodinas en las que esperar con fastidio la guagua. Todo le recordaba a ella. Todo tenía el sabor de sus besos. Todo olía a vainilla y canela. Hasta el humo apestoso de los coches.  

sábado, 9 de enero de 2016

Fe caída.



                            De niño acudía asiduamente a misa. Entonces iba por que esa era la tradición en su familia, profundamente católica. De mayor acudía muchas veces por inercia y otras tantas por temor. Tenía miedo a que un castigo celestial se abatiera sobre él si no lo hacía y al mismo tiempo tenía la confianza de que si cumplía con todas las normas, absurdas o no, las cosas le saldrían redondas y estaría bendecido por un halo divino. Cuando su madre murió y dios no hizo nada, aceptó que era su voluntad, lo mejor para ella y rezó por su alma. Cuando su hermana desapareció sin decir nada a nadie y los rosarios y las novenas a Santa Rita no surtieron ningún efecto, empezó a pensar que algo no funcionaba en su sistema. Tal vez el fallo estuviera en él, Tal vez no rezaba con el suficiente fervor, y siguió rezando. Pero cuando una tarde llegó a su casa antes de tiempo con una jaqueca y se encontró a su mujer y a un señor con bigote y barba jugando a los médicos no pudo reaccionar y, aunque se fue a la iglesia a rezar, dios y él estuvieron sordos el uno para el otro. Desde ese día se miran en silencio como dos viejos conocido que nada se deben, que nada necesitan uno del otro y que nada tienen que decirse entre ellos. 

viernes, 8 de enero de 2016

La fiesta se acabó.


                       Lo primero que guardaba en la caja marrón era el árbol de navidad. Cada año decía lo mismo. Este es el último, no creo que aguante uno más. El pobre está tan cascado. Luego colocaba las bolas por colores y tamaños. Odiaba el desorden. No entendía a la gente que, una vez acabadas las fiestas cogía todo y lo metía así, a batiburrillo, manga por hombro, en una caja, o peor, en una bolsa de las de hipermercado y luego estaba todo mezclado y roto. En la mesa, junto a las luces de colores, este año había un paquete pequeño, envuelto en papel dorado y atado con cinta roja. Una nota pegada en el exterior advertía: no abrir, contiene un año de amor. Fue lo último que metió en la caja antes de cerrarla con una de esas cintas adhesivas compradas en los chinos. De reojo miraba en el espejo el reflejo del señor de traje gris, cara gris y ojos apagados que, sudoroso, se peleaba con la caja para llevarla al trastero. Por muchos intentos que hacía no lograba ver en él a aquel niño que siempre correteaba por todos lados, unas veces persiguiendo a su sombra y otras perseguido por ella.

jueves, 7 de enero de 2016

Hoy es un buen día.



                             Hoy es un buen día para morir. Al menos no es mejor ni peor que cualquier otro, señor juez, lo que lo convierta en ideal para mí. Morir tiene que ser como ponerle el capuchón al rotulador con el que escribo esta nota. Pero de una vez y para siempre. Quiero decir que ya nunca se lo podré quitar y jamás podré escribir con él. Da igual si le quedaba tinta o no. Porque la pregunta, señoría, no es si queda tinta en el rotulador o no, sino si quiero seguir llenando de borrones las cuartillas de mi vida, si estas páginas, fruto del potaje mental que es y ha sido siempre mi vida, tienen algún sentido, algún interés, para alguien. Porque para mi no. Y yo ya estoy demasiado cansado, estoy demasiado herido, para seguir con esta batalla. Sobre todo si de antemano sé que la guerra la tengo perdida. Todas las guerras, las gane quien las gane, siempre se pierden. ¿Comprende usted, señor juez, por qué hoy es un buen día para morir? O al menos no peor que cualquier otro para mí.

miércoles, 6 de enero de 2016

El Astrónomo.

          
                         
               Se pasaba la noches en silencio mirando por un telescopio y anotando datos en un ordenador. En sus ratos muertos cerraba los ojos para recordar los suyos. Decía que se enamoró de ella porque cuando la veía reír, sus ojos le recordaban a la luz de la estrellas. 
Era como descubrir el origen de la vida. Sentía tal vértigo cuando la miraba que, a veces, tenía que agarrarse fuerte a los bordes de la mesa para no marearse y caer al suelo. Nunca se lo dijo. Al menos, no con palabras. Hablar no era lo suyo, por eso eligió una profesión que le permitiera estar a solas mucho tiempo. A solas y mirando al cielo. Así podía abstraerse y volver a sentir ese vértigo en la boca del estómago. Se prometió que si descubría alguna estrella nueva le pondría su nombre y se la regalaría. Tal vez así se diera cuenta de que la amaba desde el mismo instante que la vio, aunque ninguno de los dos se diera cuenta entonces. 

martes, 5 de enero de 2016

Nacer para pito.


                   Siempre llegaba a tarde a todo en mi vida. No es que fuera un impuntual, no, de eso nada. Pero cuando se trababa de todo lo demás, especialmente en el amor, siempre llegaba demasiado tarde. Tal vez fuera algo genético. Pero no, vaya tontería, por Dios. Es que le echamos la culpa de todo a la genética. No, lo más seguro es que unos nacen con estrella y otros nacemos estrellados. Y punto. Mejor no darle más vueltas y dejar de perseguir esas quimeras de las películas románticas de las sobremesa de los fines de semana. Ya me lo decía mi madre: Juanillo, el que nace para pito, no llega a corneta. Pero a pesar de que no paraba de repetirme todas estas razones, cada vez que ella me empaquetaba mi barra de pan y mis dos croissants con esa sonrisa y ese brillo en los ojos, me moría por ser el primer corneta de su orquesta.

domingo, 3 de enero de 2016

Giacomo.


                       De lunes a viernes Juan Manuel tenía un trabajo gris en un gris despacho de aduanas, de ocho a cinco, con una hora para comer. Los sábados y domingos se hacía llamar Giacomo, se vestía como un turista, y solo hablaba italiano. Estaba convencido de que tuvo un hermano gemelo, que los separaron al nacer y que este vivía en Italia, que se llamaba Giacomo y que los fines de semana se haría llamar Juan Manuel, como él, y solo hablaría en español.

sábado, 2 de enero de 2016

La jubilación.


                  Su padre murió a los sesenta y cinco años. Se jubiló y dos meses más tarde, se murió. Lo recordaba perfectamente porque ese mes era el que él cobraba su primer sueldo y quería llevarle el sobre cerrado para que fuera su padre quien lo abriera y contara los billetes y monedas que habría dentro: treinta y dos mil doscientas setenta y nueve pesetas, su primer dinero. Pero no pudo ser. Se murió cuatro días antes. El sobre estuvo una semana en la mesa de la cocina sin que nadie lo abriera. Alguien, tal vez su madre, acabó haciéndolo, contando el dinero e ingresando las treinta y dos mil doscientas setenta y nueve pesetas en la libreta de ahorros que tenía abierta en la Caja Insular desde que era niño. Dentro de diez días cumplirá sesenta y cinco años y se tendrá que jubilar. Lleva semanas soñando con su padre, con aquel sobre marrón que llevaba su primer sueldo dentro y con la tristeza profunda que sintió cuando no pudo dárselo para que se sintiera orgulloso al comprobar que ya era un hombre hecho y derecho. Y no sabe cómo decirle a su mujer que ya no quiere jubilarse.

viernes, 1 de enero de 2016

Amor escrito en verde.


                      Ella le escribió que le dedicaría la tercera uva de fin de año para así no poder olvidarle. Él no le contestó, pero estuvo a punto de decirle que jamás podría olvidarla aunque le dedicara la última de las doce uvas o aunque no se tomara ninguna al ritmo de las campanadas. Llevaban tiempo enamorados, pero no lo reconocerían jamás delante de sus compañeros. Se dejaban mensajes de amor sin firmar escondidos por la oficina, así, si alguien los cogía por error, no podría saber de quién era o a quién iban dirigidos. Solo ellos entendían el sentido y el alcance de cada palabra, de cada coma, de cada amor, escrito siempre con el mismo boli de tinta verde.