lunes, 29 de febrero de 2016

Hilos rojos



                     Cada noche le escribe una carta con esa letra suya de aspecto cuidado, tan ordenada. Y entre la información más doméstica -qué tal ha ido el día, lo cabrón que es su jefe, cómo han subido las cosas en el supermercado, amor, que ya no se puede ni comer, o si pudo arreglar la gotera de la habitación del fondo- le cuenta que cada día la casa se enfría  un poco más sin ella dentro, cómo la echa de menos o cómo echa de menos sus abrazos, y esos silencios suyos que tanto lo acompañaban cuando no tenían otra cosa más importante que hacer que mirarse. En realidad nunca manda las cartas. No sabe a qué dirección hacerlo. Pero él siente que escribiéndole una carta al día es como si siguiera pudiendo hablar con ella cada noche al volver a casa, que así sigue habiendo un hilo invisible que los mantiene unidos. Aunque sea sutilmente. Aunque este hilo no fuera, como el de la leyenda china, de color rojo.

jueves, 25 de febrero de 2016

Alegro ma non troppo.



             Cada vez que nos sentamos juntos me pregunto cómo será su vida, cómo habrá sido en realidad hasta el día en que, con esa vocecilla de niña atrapada en un cuerpo de mujer, me dijo que se llamaba María -¿solo María?, sí, solo María,- cuando nos presentamos. Yo le dije que era músico en horas bajas y ella me dijo que trabajaba de telefonista para unos ingenieros. En realidad, poco o nada más sé de ella. Aquí, en terapia, cuando no callamos, mentimos. A los cincuenta aprendes a hacer las dos cosas como autoprotección. Y más si eres una mujer en un ambiente casi hostil de hombres  como es en el que ella se mueve. No sé por qué, me dijo que no tuvo hijos en sus dos matrimonios. Tal vez no los tuvo por voluntad propia, por suerte o por desgracia. Esas cosas, en este ambiente, jamás se preguntan. Una vez contó, con esa voz que siempre me sorprende,  que ambos maridos dijeron quererla pero que lo que  en realidad querían era una señora que tuviera la casa limpia y la nevera bien surtida de jamón y cervezas. Del primero le costó bastante separarse. Del segundo, simplemente se fue una buena mañana de mayo. De su cuerpo, breve, educado para no destacar, para moverse con discreción, siempre me viene a la mente sus ojos, siempre sonrientes a pesar de todo. Claro que, un buen amante de la música como yo, aunque en horas bajas, también diría que alegres sí, ma non troppo.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Hormonas.

               

                 Bajaba a hacer la compra al supermercado cuando estaba segura de que iba a coincidir con sus vecinas de toda la vida, las mismas que escuchaba por el patio de luces hablar entre sí y quejarse de los desarreglos de la menopausia, que si sudores, que si calores, que si osteoporosis, que si dolores de cabeza, que si estar siempre de uñas... Ella escuchaba en silencio y sufría al reconocer que jamás los padecería y que la menstruación, la misma que llevaba años fingiendo tener, era solo una ficción más en su vida llena de artificios. Pero no podía aceptarlo. Igual que no podía aceptarse como Manolo y a la vuelta de un viaje a Tailandia vino como Anabel. Sería como reconocer que ya había dejado de ser esa mujer que los hombres miraban de reojo con un deseo que no se atrevían a confesar.  Cuestión de hormonas, le dijo una vez una amiga que no sabía que sus hormonas y la de ellos eran las mismas. O tal vez no.  Tus hormonas llaman poderosamente a las de ellos y, de alguna manera, los vuelves locos. Por eso, cuando coincide con sus vecinas, echa siempre un par de paquetes de compresas en el carrito de la compra de manera que se vean bien y, como de pasada, deja caer lo mal que le vino el periodo este mes, cómo la dejó dobladita de las molestias. Puede que sus maridos no la deseen ya como antes, pero la envidia que ve en los ojos de ellas haciéndolas sentir que aún mantiene la esencia de una juventud que ellas perdieron, le proporciona un sucedáneo de placer, aunque sea un placer un tanto mezquino.

domingo, 21 de febrero de 2016

Vintage.



                   Nadie le explicó que para llegar a ser vintage antes tenía que pasar por el momento de la simple y cutre vejez, con sus achaques y manías. Y ahora se siente estafado por la vida, solo que la vida no tiene hojas de reclamación ni encargado a quien quejarse. Mientras, va por ahí, por los bares de moda, las terrazas más visitadas, los restaurantes más recomendados, vestido con la ropa que llevaría un joven que quisiera parecerse a alguien de los años 60, solo que a él, que ya no es joven y aún no llega a ser vintage, todos lo miran como un viejo rácano que sigue vistiendo con la misma ropa que compró cuando en su momento estuvo de moda, treinta años atrás. Los años de pubertad se le hicieron larguísimos, pero esto de pasar de viejo a vintague se le está haciendo eterno, pensó mientras pedía un Cinzano a un camarero que lo atendía con toda la burla del mundo en la mirada.

viernes, 19 de febrero de 2016

Tres vueltas a la llave.


                       Hoy te toca ir cerrando de nuevo puertas y ventanas, corazón. No sé si sabrás hacerlo, amigo, de manera educada, sin dar portazos. Los portazos no son lo tuyo. Siempre has latido acompasadamente, hasta en los momentos de mayor locura, o al menos siempre has presumido de eso, ahora te toca demostralo. Permíteme un consejo, colega de fracasos, empieza por algo sencillo. No te empeñes en cerrar de buena mañana la puerta por la que cada día palpitas o te encontarás perdido y entonces sí que ya no podrás respiras más y dime, amigo de silencios, ¿de qué te valdrá entonces tanto esfuerzo? No, cierra primero aquel ventanillo de atrás, el que dicen que es para ventilar el trastero, pero que nunca hizo más que acumular polvo y tamizar un latido apenas perceptible, ese que siempre notabas a deshora, latido traidor, eco de dolores pasados. Luego yo seguiría por la ventana alta del pasillo, la de la zona de invitados. Dime, ¿cuándo fue la última vez que tuviste invitados, corazón? ¿Cuándo fue la última vez que alguien aguantó el irespirable aire que había allí y que no se quejase de un incómodo frío? A partir de ahí, sigue tú tu propio crietrio. Al fin y al cabo, quién soy yo para mangonear en tu desgracia. Poco a poco habrá menos luz, menos latidos, menos de todo, y cuando, por fin ya no puedas más, cierra la última puerta dando tres vueltas a la llave. Los corazones abandonados no deben ser visitados nunca más a riesgo de quedar atrapados en una telaraña de recuerdos tan pegajosa que  atrapa y axfisia hasta la muerte. Créeme, sé lo que te digo, amigo. ¿O es que piensas que estoy aquí, rodeado de estas redes por mi propio gusto?

miércoles, 17 de febrero de 2016

Higiene dental.

               

                       Te lavas los dientes varias veces, con fuerza, casi con furia, pero ni aún así logras acabar con aquel mal sabor de boca que te acompaña siempre, estuvieras dormido o despierto, comieras o ayunaras, bebieras agua o te sumieras en un sopor alcohólico y nunca placentero. te lavas los dientes hasta que la espuma que sale por tu boca deja de ser blanca para ser de un rojo brillante, mezcla del dentrífico y de tu propia sangre. Pero aquella pestilencia seguía allí. Porque el sabor del fracaso, el hedor que deja haber decepcionado a tantos, a ti el primero,  no sale de la boca, amigo, sale del alma, que la tienes podrida. Pero cepilla, cepilla un poco más, tal vez así disimules un poco esa peste asquerosa. Y deja de llorar de una vez, carajo. Compórtate, al menos hoy, como un hombre.

martes, 16 de febrero de 2016

Un hombre de palabra.


              Melo siempre fue un tipo callado. Tanto que, durante los últimos años de su vida la gente no escuchó nunca su voz. Los que le conocían dicen que, cuando aún hablaba, era un tipo normal, divertido y sociable. Un día cualquiera, después de una gran borrachera, se levantó de dormir la mona de la mesa del bar donde solía ir, harto ya de que todos le vinieran a contar sus cuitas y secretos convencidos de que, discreto como era, no diría nada a nadie. Fue entonces, en medio de los vapores del alcohol, de la vergüenza que sentía hacía sí mismo y del asco que le producía todo lo que guardaba en secreto, cuando decidió que a partir de ese momento callaría para siempre pero de forma notoria. Melo, desde luego, era un hombre de palabra. Aunque éstas, por último,  las usara poco.

lunes, 15 de febrero de 2016

Canciones.



                    Caminaba con la cabeza gacha, las manos en la espalda y la mirada fija en el suelo, como si todas las preocupaciones del universo descansaran sobre sus hombros. Lo hacía evitando a la gente, parándose aquí o allí, agachándose para recoger del suelo algo que inmediatamente guardaba en cualquiera de los bolsillos de su chaqueta o del pantalón vaquero, algo sobado. Esas eran los únicas veces que parecía sonreír y murmuraba algo entre dientes. Solo si estabas cerca podías ver que cuando se agachaba lo que hacía era recoger cada clavo, tornillo, tuerca o muelle tirado que era capaz de encontrar y que, entonces y solo entonces, canturreaba muy bajito una vieja canción infantil que su madre le repetía cada noche mientras lo mecía para que se durmiera. Era el único recuerdo que le quedaba de una niñez que ya se le iba borrando poco a poco. Ese, y el de recoger todo clavo, tornillo y tuerca que se encontrara para guardarlo en su casa en montones inútiles. Aunque ya no recordaba para qué lo hacía. Por eso seguía cantando aquello de :
Por un clavo se perdió una herradura
Por una herradura se perdió un caballo.
Por un caballo se perdió una batalla.
Por una batalla se perdió un reino.
Y todo se perdió por el clavo de una herradura.


jueves, 4 de febrero de 2016

Premuras.

Autor:Jorge Oliva López

                             Nunca vivía más de seis meses en la misma casa ni  estaba más de ese tiempo en el mismo trabajo. Y a menos de que la ciudad en la que estuviera en esos momentos fuera bastante grande, también  se iba de ella. Estaba convencido de que, si en ese tiempo no había logrado encontrar la felicidad, es que ese no era el sitio donde lo iba a hacer. Incluso se cambiaba de aspecto y renovaba todo el vestuario. Decía que al amor había que echarle una manita porque el tiempo corría demasiado rápido a partir de los cuarenta años y no podía quedarse sentado esperando por él, porque lo más fácil es que al ritmo que pasaba la vida, con quien se tropezase cualquier mañana al doblar una esquina, en vez de con el amor, sería con la muerte.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Cardiff y Triana.


                        Apareció en Triana vestido solo con un pijama y zapatillas de andar por casa. Parecía desorientado, abrazado a una máquina de escribir portátil Remington modelo 5, como si necesitara protegerse con ella de todo lo que le rodeaba. Afirmaba que estábamos en 1938, que abrió la puerta de su frigorífico para hacerse un sandwich de queso y que, cuando la cerró, en vez de en su cocina de Cardiff, se vio de repente en la mitad de una calle desconocida rodeado de un montón de gente extraña. Todos nos reímos creyendo que era una broma de carnaval algo adelantada. Yo también. Nadie se dio cuenta del miedo que reflejaba su cara o de cómo se aferraba al asa de la caja de su máquina de escribir, como un náufrago a una tabla en medio del mar.

lunes, 1 de febrero de 2016

No cariño, solo es la leche.


                       Tocas en la puerta del baño, preocupado porque llevo tiempo dentro y me ves rara. Me ves rara. No Cariño, es la leche, que últimamente me sienta mal. ¿Qué quieres que te diga, que cada vez que te beso me siento sucia? No te mereces esto, no eres un mal tipo, nunca te has portado mal conmigo, nunca me has faltado al respeto, nunca -al menos que yo sepa- me has engañado, entonces ¿por qué no puedo decirte que los lunes, miércoles y viernes por las tardes, en vez de hacer horas extra en el trabajo, me veo con con otro hombre? Simplemente no puedo. No quiero hacerte daño. No te lo mereces. Pero tampoco te mereces que cuando te beso sienta que te traiciono doblemente. Que cuando intentas hacerme el amor, siempre ocurra algo que lo evite, una jaqueca oportuna -qué poco original, lo sé-; la regla, cariño, que este mes me vino muy fuerte y me duele; la espalda que me tira, sí, seguro que es ciática; la cena, qué mal me ha sentado, seguro que fue la carne en salsa. O cuando ya se acaban las excusas, ese acto mecánico y frío, casi violento, que cada vez dura menos y cada vez es, al menos para mí, más desagradable y que tú siempre acabas con la inevitable pregunta: ¿estás bien?, claro amor. Otra mentira más. Una nueva traición. Una traición a tres bandas. A ti, que nada sabes. Al él, que sabe y se impacienta porque la imaginación le tortura cuando, en su casa, a solas, nos imagina a los dos abrazados en un mismo sillón, tapados bajo una misma manta, viendo una misma película hasta que el sueño nos vence. Y traición también a mí misma, a lo que siento y debo callar. A lo que callo y quiero decir, gritar, hacer público... pero callo. Por eso ahora, cuando te doy un beso de buenas noches, siento asco de mí misma por mi cobarde traición. Sí cariño. Ya estoy mejor. No te preocupes. Ya salgo. Ve tú yendo a la cama que ya voy yo.