jueves, 31 de marzo de 2016

De princesas y putas.



                           Otra vez aquí, de plantón, en una esquina, como si fuera una puta. Pero qué digo. ¿Qué otra cosa soy, joder? Ya te encargas tú de recordármelo a cada rato. Eres mi putita, no lo olvides. Sí, ya, luego me guiñas un ojo, me das una palmadita suave en las nalgas y me besas en el cuello mientras yo trato de huir entre enfurruñada y mimosa. ¡Pero qué estúpida soy! Y encima con el frío que hace esta tarde, que se me está helando hasta la mala leche que tengo. ¿Pero qué placer morboso sacarás en hacerme esperar cada vez que quedas conmigo? No lo entiendo, es que no lo entiendo. Y encima ese gordo baboso, que es la tercera vez que pasa y que me ha desnudado ya cuatro con la mirada, el muy cerdo, como si supiera que hoy no llevo bragas. Que esa es otra. No sé qué manía te ha dado por último en que no me las ponga. Con el frío de hoy, seguro que cojo algo ahí abajo. 
             Una hora casi de retraso. Cuando llegues te cantaré las cuarenta. Me da igual si el gordo asqueroso este está por aquí o si la vieja que se acaba de pedir su cuarto copazo sigue en la terraza del bingo. Hoy exploto, coño, que ayer hice cuentas y me he pasado un tercio de mi vida así, de plantón, en una o en otra esquina, en un coche o sentada en un bar, pero esperando a que aparecieras de no sé dónde. ¡Un tercio de mi vida, cabrón! Que si me descontaran ese tiempo perdido, mañana, en vez de los cuarenta y seis, cumpliría treinta años de nuevo. ¡Treinta años! ¿Recuerdas? Yo sí. Fue cuando nos conocimos. Habías quedado con no sé quién pero pegaste la hebra conmigo y jamás apareciste por donde fuera. ¡Jamás olvidaré esa noche! Bueno, esa noche y las que siguieron. Entonces no me llamabas "tu putita". Entonces era tu princesa. Claro que no era ni una cosa ni la otra; simplemente era una ingenua que te deseaba. ¿Pero dónde coño estarás, joder? No espero más. Este frío me va a matar, y hora y media de retraso es insultante hasta para mí. Tú y tu manía de no tener móvil... Un tercio de mi vida tirado a la basura. No, no te equivocabas. No me pagabas, pero sin duda era tu putita. Me pregunto si esta noche estarás llamando princesa a alguna otra o, simplemente, te has muerto por fin. Sea lo que sea, creo que lo voy a celebrar.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Primavera tardía.



                  Este año la primavera se resiste a llegar, amor. ¡Justo este año, cuando sé que tú te estás yendo poco a poco también! Como este invierno, que se va, pero no. Que sabemos que se irá, pero que no acabamos de saber cuándo. Sé que una mañana vendré a casa, caminando como siempre, después de una de estas guardias interminables, agotadoras, desquiciantes, con el olor a cansancio y a muerte tan metido en la piel que a veces me hace dudar si no seré yo uno de mis muertos. Uno que de pronto se ha puesto a andar, como un Lázaro cualquiera, al oír tu voz que de lejos le llama. Iré hacia casa y veré las primeras flores brotar en los jardines del barrio. No necesitaré entrar para saber que ni tú ni tus cosas estarán ya allí, ocupando la casa, llenándola de vida. Haznos un favor a ambos: no te despidas con una nota llena de frases vacías, tristes, patéticas, una de esas fabricadas para gente que, en realidad, ya no siente nada pero quiere quedar bien. Simplemente déjame un iris azul como los que siempre te regalaba cuando llegaba la primavera. Al menos que el recuerdo de la despedida sea grato para uno de los dos.

lunes, 28 de marzo de 2016

El empleado nº U41579



                          Cada mañana iba a su trabajo por un camino diferente, parándose en las esquinas y comprobando en los escaparates que no lo siguieran. Estaba convencido  de ser un agente secreto y esperaba la orden que lo activara. Por eso, cada vez que oía sonar el teléfono en su casa por la noche,  el corazón se le aceleraba aunque fuera su compañía telefónica para ofrecerle cambiar de tarifa o una señorita muy pesada empeñada en venderle un colchón fantástico con el que dormiría como Dios. ¡Qué estupidez! Como si no supiéramos todos que Dios jamás duerme. Intentaba descubrir entre el palabrerío de las teleoperadoras, el mensaje en clave que lo activara, la palabra en cuestión, algo que lo sacara del asco de vida que tenía, que lo salvara de ser el empleado nº U41579, el encargado de introducir en el ordenador central los datos estadísticos que recogían cada día miles de encuestadores anónimos en internet, así durante ocho horas cada día, seís días cada semana, en los últimos diez años de su vida, con la única esperanza de que, cuando el teléfono suene la próxima vez, en vez de Jazztel, sea una voz metálica que pronuncie esa sucesión de palabras que solo su cerebro reconozca y lo salve del infierno de tanta monotonía, devolviéndole su auténtica vida de agente secreto.

martes, 22 de marzo de 2016

El final es cosa de la suegra.


               Si sigo respirando así, la policía va a encontrar dos muertos en el piso en vez de uno, pienso mientras que las gotas de sudor que no es capaz de empapar la camisa que llevo caen sobre la cortina de ducha que envuelve el cuerpo que arrastro por los pies mientras me da esa risa entre nerviosa y floja que me sale siempre que estoy histérico y a punto de entrar en una crisis  total. ¡Joder, pero tú me has visto! Si parezco el personaje de una mala historia de cine negro mil veces repetida. No puedo más, tengo que descansar. ¡A la mierda con todo! En el suelo, sentado junto a los pies del muerto, trato de que el corazón vuelva a latir de una manera normal. Imposible. Entre el olor que empieza a salir del colega y el pasillo este que no para de dar vueltas y más vueltas... ¡Un cigarrillo! Con un par de caladas seguro que todo se va colocando en su sitio y hasta el estómago dejaría de darme por culo. ¡Mierda! Dejé de fumar hace dos días. ¡Tú y tus promesas chorras, joder! Estoy a punto de echarme a llorar. ¿Quién diablos me mandaría a mí a aceptar estos trabajos? ¡Puta crisis! ¿Y el colega? A este seguro que no lo mató el tabaco. Tal vez él... Haciendo de tripas corazón meto el brazo dentro de la cortina de baño para rebuscar en el bolsillo de su camisa. ¡Bingo! Ahí está. No puedo evitar mirar con cierto reparo el paquete. ¿Esto se podrá fumar? Pero al final puede más la ansiedad que el escrúpulo y enciendo el primer cigarrillo después de dos días. ¡Ohhh, qué gloria! ¡Cómo lo necesitaba! Ahora ya puedo empezar a pensar con más claridad, joder. Miro a mi alrededor y lo que veo no me gusta nada. Yo, sudoroso, sentado en el pasillo de una casa extraña; a mi lado, un muerto al que no conozco de nada pero al que envolví en una cortina de ducha de baño, y aún me pregunto el por qué; el resto de la casa está como si hubiera pasado un terremoto o una banda de albano-kosovares, y el móvil que me dieron cuando me encargaron adecentar este piso para poder ponerlo a la venta, está allí, en la mesita de la entrada, con la luz azul parpadeante, avisándome de las nueve llamadas que no he cogido antes. ¿Y ahora qué?
               Ahora cierra el ordenador que tenemos que salir, que hemos quedado con mi madre. Caramba, es que siempre eres igual. ¡Haces cualquier cosa para no ir a tomar café con tu suegra! Ya matarás a ese tipo gordo luego. Ah, ¿que no es gordo? No sé, me lo pareció por como sudaba y jadeaba. Bueno, vale ya. Nos vamos.

lunes, 21 de marzo de 2016

El evento.

    
                  Yo era invisible. Tardé tiempo en darme cuenta, pero cuando lo descubrí, fue toda una revelación. Fue un momento entre la decepción y la liberación, como en aquella película de Bruce Willis, sí mujer, aquella en la que se pasa todo el tiempo hablando con un niño que tiene visiones para ayudarle a aceptar la realidad y resulta que es el niño quien al final le ayuda a entender que la realidad es que él, Bruce, es quien está muerto. Pues así me siento yo aquí. Una muerta entre vivos. Un fantasma que deambula entre personas que han aprendido a evitar y obviar mi presencia. Una presencia que les ofende y sorprende al mismo tiempo. Las primeras veces incluso llegaron a confundirme con alguien de la organización del evento pidiéndome esto o aquello. ¡Dios, cómo lloré ese día encerrada en uno de los cuartitos de baño! Lloré en silencio, claro. No les iba a dar la satisfacción de escuchar cómo me habían hecho daño. Después entendí que esto era una guerra. Una guerra sin prisioneros. Una guerra desigual, sí, pero una guerra de desgaste. Y yo, de desgaste entiendo más que ellas, que jamás han desgastado nada en sus vidas perfectas, brillantes y bronceadas salvo el saldo de las tarjetas de sus mariditos. Así que me las he ido arreglando para enterarme, año a año, de cuándo y dónde se celebraba la puñetera fiesta de antiguas alumnas del colegio Nuestra Señora del Buen Suceso, aunque para mí aquella época fuera el peor suceso de mi vida, y no he dejado de asistir a ninguna en los últimos quince años. Y ahí estoy yo, jodiéndoles la foto, justo en medio, donde me toca por apellido. Rodeada de la élite de la sociedad: las ex de algunos políticos famosos, las amantes de esos mismos políticos, las futuras ex de los empresarios más cotizados, las amantes de esos mismos empresarios... y yo en medio, la chica que ha limpiado la mierda en la casa de muchas de ellas, con un trajito de Zara. Sí, el mismo que llevo en las fotos del 31  este año pasado. La única que, a pesar de ser invisible para esta manada, sonríe  con todas sus ganas pensando que esta -y solo esta- es la única ocasión en la que me hago visible y jodo a mis antiguas compañeras de clase.

sábado, 19 de marzo de 2016

La promotora.


                       Maldito café. Nunca debí aceptar probarlo. ¿Pero cómo decirle que no a esos ojos, a esa sonrisa, a esa mano tan sugerente que me ofrecía aquel vasito de plástico con la bebida humeante? Era imposible. Claro que lo probé. Por supuesto que lo compré, desgraciado de mí. Caí en sus redes como Blancanieves cayó con la manzana envenenada que le dio la bruja. Solo que yo seguí envenenándome día a día, café a café durante semanas y mi bruja fue esa maldita promotora de mirada deslumbrante y falda minúscula que me ofreció ese primer café como Eva ofreció a Adán la manzana del pecado, con una sonrisa. ¿Cómo me iba a resistir yo? ¿Cómo no iba a caer en la tentación de probarlo? ¿Cómo no iba a hacer todo lo posible -y hasta lo imposible, imbecilidades incluidas- para quedar con ella? Por eso compré todas las existencias que había del puñetero café que había en el supermercado, para que tuviera la tarde libre y pudiera salir conmigo. A pesar de que el médico me hubiera dicho días atrás que el café, ni olerlo, salvo que quisiera que mi úlcera de escritor rabioso se ocupara de mí a partir de entonces.  ¿Probarlo? Litros me he bebido ya. Tacita a tacita. Y sí, es verdad, mi úlcera se está encargando de mí. ¡Vaya si lo está haciendo! Pero y qué. Al menos habré pasado mis últimos días despertando la envidia de mis vecinos cuando me ven pasear de la mano de esa maldita bruja de cuerpo indecente y habré disfrutado, taza a taza, de mi propia muerte. Bueno, ya está bien de explicaciones. Mi bruja encantadora está a punto de llegar. Me voy a preparar una buena taza de café, una bien cargada. Tal vez esta sea mi última cita y mi último café pero, qué diablos, quiero que sean memorables.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Anuncio por palabras.



             Buscamos joven, entre dieciocho y veintidos años, complexión atlética, buen fondo, poca cultura, que sepa trabajar en equipo. Imprescindible dotes de actor para fingir caídas y lesiones. Buen salario, mejores incentivos. Razón: Perlachica F.C. Preguntar por el Manager deportivo.

lunes, 14 de marzo de 2016

Amor de 5 a 7



                         Lleva cinco años en paro y desde hace tres se levanta a las cinco de la mañana para ver las noticias. En realidad no le interesa lo que pasa en el mundo. Por él, como si estalla en mil pedazos y se lo lleva por delante, favor que le haría. Pero se ha enamorado de las dos presentadoras. Son las únicas relaciones en su vida que han durado tanto tiempo y se ha acostumbrado a desayunar con ellas, pegadito al televisor, como si estuvieran también sentadas junto a la mesita del salón, tomando el café y las tostadas con él. Al menos mientras duraba el noticiario no sentía que su vida fuera ese bucle de soledad. Ya hace tiempo que no llama a sus amigos de antes para tomar algo. En el fondo los aprecia y no quiere ponerlos en un aprieto obligándoles a buscar excusas que ni ellos mismos se creen. Cuando alguien se cae del carro, los demás no miran para atrás. Es ley de vida, se dice para consolarse apretando las mandíbulas hasta el dolor mientras mira el modelito que viste hoy la rubia, sin duda su preferida. Además, ellas, sus presentadoras, están siempre ahí, puntuales, de lunes a viernes, arregladas, elegantes, con esa sonrisa hipnótica en los labios y esos ojos que el cámara enfocaba para él invitándole a mirarlos hasta que nada importara demasiado. ¿Qué más le va a pedir a una vida que ya le ha dicho hasta por señas que no cuenta con él?

domingo, 13 de marzo de 2016

El desodorante.



                               Sabía que era una estupidez pero necesitaba dejar en casa por un par de horas el traje de persona sensata, calmada, fría, casi insensible, y ponerse su vieja ropa de ser humano normal para salir en busca de su yo perdido. Ya lo dije. Era una completa estupidez. Pero lo hizo. Cualquier excusa le valdría. Tampoco era una tarea titánica. Él, el maestro del disimulo, que era capaz de hablar con Dios al tiempo que firmaba un acuerdo con el mismo demonio y que ambos se sientieran satisfechos y contentos, ¿no iba a poder encontrar una razón para salir unas horas sin tener que dar más explicaciones que las precisas? No recordaba aquella ropa. Se sintió algo incómodo con ella. Era como ir desnudo en una fiesta de gala. Pero era lo que había. Necesitaba tragar hasta el final esa copa de hiel que antes estuvo llena de miel  y recorrer aquellas calles, jardines, parques, terrazas y avenidas mirándolas con los ojos de su nuevo yo, dejando atrás la pasión del traje y de la memoria. Sabiendo que a los muertos o se los entierra o a los pocos días apestan. Y él estaba notando cómo a su alrededor empezaba a desprenderse un olor que, aunque tenue, ya era algo desagradable. Nunca fue estúpido, pero tardó en darse cuenta de que, en este funeral, el muerto era él. Empezó a apurar el paso. La hiel estaba empezando a ser demasida hiel o demasiado amarga y a pesar del frío notó como el sudor recorría su espalda. Acabó sentado en una acera con las manos en la cabeza y vomitando como un pobre borracho. Por esto -se dijo- por esto dejé de ponerme esta maldita ropa. Porque me vuelvo un tipo normal, con capacidad de sentir, vulnerable. Es como si me duchara con esencia de criptonita. Ya en casa, se duchó, se afeitó y con su traje de persona sensata, calmada, fría, casi insensible, se sentó a leer un rato la prensa. Todo iba bien de nuevo. Además, ya no percibía ese olor a cadáver a su alrededor. No hay desodorante mejor que enterrar los recuerdos en el fondo de un armario junto a la ropa que sabes que no te vas a poner nunca más.

viernes, 11 de marzo de 2016

Doña Adela y la Lola.


                 
               ¡Ay mijito! ¿no ve que ya, a mi edad, no me queda más aliciente que ver pasar la vida, la poca que me queda, asomada a la ventana de mi casa, apoyada en este cojín, sin más distracción que acariciar a la Lola, mi gata, y ver pasar a la gente por la calle? ¡Ay mijito, a mi edad no llegues, querío...! Ya, ya sé que dicen que trabajé de puta y que de ahí mi afición a estar siempre en una ventana. No te creas todo lo que oígas en este barrio. ¿Pero tú me has visto bien, mijito? Yo nací cuando el hambre y crecí mal,  demasiado fea y contrahecha, como para que alguien pagase por acostarse conmigo. No, ni siquiera de noche y borracho. , ya sé que dicen que en tiempo de guerra cualquier agujero es una trichera. Pero vaya, que hubiera tenido que ser la guerra mundial para considerarme a mi una trichera. Y como que no. ¡No te rías, mardito, que se me mueve la dentadura! De bruja echa cartas sí que trabajé. A escondidas, claro. En tiempos del Caudillo se podía putear pero no adivinar el futuro. Salvo que al futuro lo vistiéramos de azul y cantara el cara al sol y yo era más bien de los de la cáscara amarga, como nos decían, que más de una vez me cortaron el pelo al cero porque mi padre estuvo preso en el lazareto de Gando. Historias de antes, mijito, que ustedes ni saben ni quieren saber. ¿Rencor? No. Yo ya soy vieja para esos sentimientos. Será que con la edad llega la artritis, el reuma, se te caen los dientes, duermes poco y se te olvida casi todo, lo bueno y lo malo. Y la verdad, no sé si eso es un castigo o una bendición.  ¡Ay mijito, a mi edad no llegues, querío...!

jueves, 10 de marzo de 2016

50 céntimos.



                   Yo solo quería cincuenta céntimos, se lo juro, pero a veces se asustan de mí, sobre todo cuando no me ven llegar y ese tipo no me iba a ver llegar, claro, concentrado como estaba en las tetas de la rubia que tenía en la mesa de enfrente. ¡Como para fijarse en otra cosa! El brinco que pegó cuando me acerqué para pedirle nos asustó a todos. Hasta la rubia se sobresaltó. De verdad, yo solo quería una moneda. Me hubiera conformado con veinte céntimos. Incluso una de diez me hubiera venido de perilla, cualquier cosa sumaba. Lo que no quería era un lío. Y menos con el gorila de aquella terraza, un turco enorme, calvo, feo como el hambre que me mordía las tripas, ancho de espalda como para colgar en ella las penas de toda la humanidad. Bruto, muy bruto, y créanme, en la calle se conoce a mucha gente bruta, pero como ese turco, poca. Yo solo extendí los brazos para calmar a aquel tipo cagón pero no sé qué demonios pensó la rubia que le iba a hacer porque empezó a gritar como una loca. Supongo que se asustó. Todos nos asustamos. Ella, el tipejo cagón miratetas y yo mismo, que retrocedí mirando hacia todos los lados temiendo ver aparecer al turco con su calva y su cara de mala leche. Bueno, no, a todos lados no miré. No vi que detrás de mi había un murito tan bajo que tropecé con él y mientras caía de espaldas las cinco plantas del Centro Comercial pensé lo estúpido que era morir por cincuenta céntimos. O peor aún, por veinte. Incluso con diez me hubiera conformado. ¡Vaya mala suerte, carajo! Luego, nada. Solo sentí un fuerte dolor en la cabeza durante unos instantes y después... después ya no recuerdo nada.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Ibiza.



                 Y encima se pone a llover. Como si no fuera suficiente putada tener que levantarse para ir a un trabajo de mierda mal pagado cuando muchos llegan de fiesta a sus casas para dormirla o tratar de arrancar un coche que se cae a cachos, el pobre, para que además se ponga a llover como si a un Dios vengativo y cruel, o bromista y cruel -en cualquier caso, cruel- le apeteciera hacer un remake del diluvio bíblico. ¡Arranca, joder! Nada, que no hay forma. Hoy va a ser uno de esos días, lo presiento, me digo con las manos en el volante y la cabeza apoyada en ellas, mirando cómo el agua que cae a chorros por el parabrisas embellece una ciudad fea y sucia, distorsionando las luces y la realidad. Supongo que esto es lo que hacen los poetas, verlo todo como a través de un manto de lluvia que envuelva la realidad en una especie de nostalgia extraña y que hace que las cosas parezcan más bonitas. O al menos, menos feas que de costumbre. Porque mira que mi barrio es feo y apesta. Pero hoy no. Ahora no. Ahora huele a tierra mojada, a las mañanas de otoño en la granja de tía Ana, en el pueblo. Nada que ver con esta mierda de barrio, sucio triste y gris en el que vivo ahora. ¡Nada, que no quiere arrancar este puñetero coche! Claro, tiene tantos años, tantos achaques... y encima esta lluvia espantosa. 
                 Hace tiempo que debí jubilarlo, lo sé. Pero siempre que me acercaba al concesionario me daba un no sé qué. Sí, los otros eran preciosos, nuevos, muy chulos. Tenían de todo, hacían de todo, hasta encendían las luces y ponían los limpia parabrisas auntomáticamente. Pero les faltaba algo que a este pobre le sobraba, alma. Este fue mi primer coche. En él aprendí a conducir, hice algo que simuló ser amor con mi primera novia y que fue, en la distancia lo supe, más patético que otra cosa pero que cumplió con la urgencia de la carne que en aquellos años no era tan exquisita en cuanto a los escenarios como lo fue después, con el paso del tiempo. Lo usé para conseguir mi primer trabajo y en él llevé a mi mujer, perdón, a mi ex, a dar a luz a mi hijo, Lucas. Que casi sirv también de paritorio, porque Lucas, tan parecido a mí en tantas cosas, nunca tuvo mucha espera, la verdad. Excursiones, juergas, duelos, alguna noche, mala, es cierto, que tuve que pasar en él, tantas cosas, tantos secretos, tanta vida. Vale, sí, los otros serían uuuuuuna pasada, pero este, este era mi coche. Sí, un desatre, como yo, como mi propia vida, pero era mi coche. Vamos, cariño, arranca, por favor. ¡Sí, guapo! ¿Ves? Si solo hay que darte cariño, como a mí, para que hagas las cosas. ¡Si al menos dejara de llover!

martes, 8 de marzo de 2016

Santorini en primavera.



                  Ya sé como acaba esta historia: a mí me matan, ella cobra el seguro y se marcha a Santorini, a disfrutrar de la vida y de los doce millones que le pagarán por mi fatídico accidente de moto. ¡Y pensar que si no es por mí nunca hubiera sabido que existía Santorini! ¡Y pensar que fui yo quien insistió en hacernos los seguros de vida para que si me ocurría algo a ella jamás le faltara de nada! ¡Y pensar que fue idea mía el que asistiera a ese taller sobre novela negra y criminal para que no se aburriera tanto por las tardes! ¡Imbécil de mi! Sé que me matará. Sé cómo lo hará, Hasta sé cuándo y lo que hará después, con el dinero del seguro. ¿Que por qué estoy tan seguro de todo esto? Porque lo tiene todo anotado en un block, de su puño y letra, perfectamente planificado. Y aunque insiste, jura y perjura que se trata solo de una ficción, de un ejercicio del taller, ese brillo en sus pupilas y el tenue temblor en sus labios cuando me lo dice, la delata. ¿Y quién sabe? Tal vez sea ella la que tenga un accidente ahora mismo, en la ducha, antes de salir para esa última sesión de taller donde dice que tiene que exponer ese trabajo donde muero yo. Según recuerdo, el seguro de vida era recíproco y Santorini tiene que estar precioso en esta época. Sobre todo con doce millones para disfrutar de la vida.

viernes, 4 de marzo de 2016

Soleares.

                    

                     Cada vez que necesitaba romper con el recuerdo de un amor, con uno de verdad, de esos que se te mete en el alma y cuando se acaba no sabes hacer otra cosa que añorar cada instante vivido junto a él, se sentaba a diario en la orilla de la playa a esa hora en la que no hay nadie, justo cuando el sol aún no ha salido, y se hinchaba a llorar. Toda muerte requiere un duelo. Se llevaba un libro de poesía. No tenía el cuerpo para otra cosa. Tenía que ser poesía que ya conociera. Versos que su mente recordara y asociara a otras épocas, tal vez a otros amores, puede que incluso a otras ilusiones, quizá a otros dolores. Eran libros pequeñitos, que cabían en un bolsillo, de hojas amarillentas y manoseadas: Bukowsky o Baudelaire, Kavafis o Pessoa, Whitman o Lezama. Pero siempre, como parte del  ritual, cuando presentía que el duelo ya estaba cercano a su final, llevaba uno de Manuel Machado para recitar bajito, pero con voz firme, un verso de Cante Jondo, siempre el mismo,  mientras sus lágrimas se iban secando.

 No tengo amigo ninguno.
       Penas son las que yo tengo. 
   Con mis penitas me junto

  La veredita es la misma...
        Pero el queré es cuesta abajo
    y el olvidar, cuesta arriba.

 Me va faltando el sentío.
     Cuando estoy alegre, lloro,
        cuando estoy triste, me río. 

   ¡Quién lo había de pensar,
que por aquel caminito
 se llegaba a este lugar! 

Solear de las morenas
 que tiene cositas malas
 y tiene cositas buenas. 

          Tengo un querer y una pena.
   La pena quiere que viva;
          el querer quiere que muera. 

 Considera, compañero,
                       que en el mundo hay bueno y malo.
         Pero más malo que bueno. 

La alegría...
 consiste en tener salú
y la mollera vacía.

 ¿De qué me sirve dejarte 
 si dondequiera que miro
 te me pones por delante?

         Entienda usté a las mujeres...
   Si lo quieren, no lo dicen;
 si lo dicen, no lo quieren.

 Tu calle ya no es tu calle, 
    que es una calle cualquiera,
                          camino de cualquier de cualquier parte.




 

 






















jueves, 3 de marzo de 2016

Cicerón y los malos tiempos.


                    Últimamente caían muchos libros en sus manos pero la mayoría de ellos acababan en el cubo de reciclado de papel sin lograr que pasara de la página quince. Y aún eso, siendo generoso. Lo que le que pedía a un libro es que lo entretuviera, lo emocionara o lo intrigara, pero lo único que lograban era que se indignara o aburriera con tanta obra burda, insulsa y plana, y aunque siempre se confesó un bulímico de la lectura, al paso que iba, acabaría convirtiéndose en un anoréxico de la misma.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Summertime.



          No podría decir cómo pasó, pero pasó. Hoy de tí solo me quedan aquellos tés afrutados, la luz de aquella lámpara de esquina, que apenas iluminaba el salón, y que a mi me daba un poco de sueño, la música de fondo, siempre jazz o soul -¿quién te la grabaría?- que parecía hecha a nuestra medida y el destello de tus sonrisas, inesperadas, impactantes, que me golpeaban en medio del pecho hasta dejarme sin aire, que me enamoraron como a un adolescente tontorrón, aunque ese adjetivo jamás quise usarlo para mi delante de ti, lo sé. ¿Que cómo pasó? No te sabría decír. Fue sencillo supongo. Una cosa llevó a la otra, y de tus manos cálidas en mi espalda, rozando apenas mi piel, pasamos a los besos robados -¿robados?- que te di bajo el voladizo medio en sombra de algún edificio, con la piel erizada, respirando uno el aire que el otro exhalaba, justo el necesario para mantenernos vivos, mientras las manos se hacían exploradoras de cuerpos que querían ser explorados. ¿Y luego, qué? Eso, ¿luego qué? No sabría decirlo, la verdad. Supongo que lo de siempre: el agua moja, el fuego quema, la nieve es fría y el sexo, cuando es bueno, es sucio e inacabable. O no es sucio. Simplemente es deshinibido. Pero el nuestro se acabó. ¿Que por qué? Por miedo. Sí, estoy seguro de que fue por  miedo. A mi me pudo el miedo a no poder sentirme otra vez así, feliz, sin nada más en mi mente que serlo, sin otro objetivo que hacerte a ti feliz. Sin que, en ese mismo instante, existiera ni el tiempo ni el espacio, ni el antes o el después. Solo estábamos tú y yo, yo y tú. Esa cama que se hacía enorme o pequeña por momentos, el aroma frutal que salía de las tazas de té y  Sam Cooke, que muy bajito cantaba con esa voz inconfundible su Summertime.

martes, 1 de marzo de 2016

Payaso.



               Decidió que trabajaría de payaso justo a los ocho años. Claro que entonces nadie lo tomó en serio y menos aún su padre, sargento primero de artillería. Lo decidió cuando el circo Ruso vino a Las Palmas por Navidades y la ciudad se llenó de carteles con dibujos coloristas de payasos, equilibritas, domadores, elefantes y leones. No paró hasta que su padre lo llevó a ver la matinal y de allí salió enamorado del personaje del payaso con la cara pintada con una enorme sonrisa, algo tonto, de enorme zapatones, que arrastraba una maleta atada con una cuerda y que, con su sola, presencia hacía que todo el público se arrancara a reir a carcajadas, No hacía falta que hiciera nada, solo aparecía con esa cara que sonreía a la fuerza y todos se morían de la risa. Incluso su padre, el serío sargento primero de artillería, terror de los reclutas y de su propia madre, que siempre se escondía en la cocina hasta saber de qué temple venía a casa ese día y al que nunca hasta ese entonces había visto reír. Eso le convenció de que no podía haber ofício más hermoso en la vida. Cuando le preguntó a su padre dónde se estudiaba para payaso, éste se tuvo que agarrar la barriga para reirse a gusto. No cabía dudas. aquel era su oficio.