viernes, 29 de abril de 2016

La sonrisa eterna.



                                 Caray, qué bien te queda la sonrisa, pensó al ver su cara a través del cristal de la tapa de su ataúd. Te hace mucho más joven. Debiste haber sonreído más veces mientras estuviste vivo porque ahora es una tontería mantener ese gesto inútil. Y no será porque no te lo haya dicho hasta la saciedad, no. Pero siempre te resististe. Que si eso de sonreir sin motivos era para gente sin nada en la sesera, que si la vida era lo bastante jodida como para estar sonriendo por todo como los tontos, que si esto, que si lo otro... y mírate ahora: te han plantado una sonrisa de lado a lado en la cara y para toda la eternidad. Si es que me dan ganas hasta de sacarte una foto, hombre, para enseñársela a tus amigos, a los que no han venido a tu duelo por expreso deseo tuyo, porque si se lo cuento, sé que no lo creerán. ¿Jaime sonriendo? ¡Imposible! Espera, nos vamos a hacer un selfie. Sé que eras tan aficionado mientras estabas en vida. A ver, sonríe... Ah, no, qué tonta, que la sonrisa ya la llevas puesta. Bueno. Ya. ¿Salimos bien, no? Bueno, sí, es verdad. Tú sales con los ojos cerrados, pero ¿qué quieres? Al fin y al cabo estás muerto, tío, y no te puedes quejar. Tu sonrisa es mucho mejor que la mía.

miércoles, 27 de abril de 2016

Terapia para locos.



                        Había días en los que la tristeza que sentía era tan profunda, que solo podía seguir viva si se inventaba una mentira lo suficientemente grande como para poder esconderse en ella. Porque lo que los demás llamaban pomposamente "la realidad" era para ella una cosa tan fea, tan sin color, tan sin sustancia, que no le merecía la pena vivirla. Su mundo inventado, sin embargo, era algo hermoso y colorido, donde todo encajaba, donde todo empezaba, funcionaba y acababa según la lógica. La suya, es cierto, ¿pero, de quién era la ficción? En esos días oscuros donde la tristeza era tan grande, hasta los propios médicos deseaban que tuviera una de sus crisis de ausencia de la realidad y se encerrara, aunque fuera por poco tiempo, en su mundo imaginario. Al menos en esos días de locura temporal era feliz porque, según le dijo su doctor, en su hora de terapia para recuperarla para la vida real, hoy en día, solo los que están verdaderamente locos pueden ser felices de verdad.

lunes, 25 de abril de 2016

Triunfadores.



                          Sabía que al final triunfarías. Era evidente. Desde pequeño ya apuntabas maneras. Llevo año siguiéndote y de todos los que he visto pasar por aquí durante este tiempo, sin duda tú eras el que tenía todas las posibilidades  para salir en las primeras páginas de la prensa o en los noticiarios. Y yo no suelo equivocarme en esas cosas. Son muchos años de experiencia. He visto a muchos otros como tú salir del barrio, crecer y elegir un camino u otro como para no ser capaz de intuir, no, incluso de adivinar qué va a ser de cada uno de ustedes. Y sobre ti jamás tuve dudas. Si hasta actúas como el profesional que se supone que ya eres y no te mueves para salir bien en las fotos de ficha. Aunque sea de frente y de perfil, y esta no sea tu primera vez. Supongo que un tipo como tú querrá salir en ella lo más elegante posible y no como esos quinquis del tres al cuarto, despeinados y con cara de locos. Sí, en eso, tienes toda la razón: hasta en las cloacas hay nivel y tú eres de primera clase. Desde que te detuve la primera vez por aquel robo en el supermercado cuando apenas tenías doce años, lo supe.

viernes, 22 de abril de 2016

Música del alma.



                    Al principio le costó adaptarse a aquel aparato infernal. Le parecía casi imposible que en un cacharro tan minúsculo cupieran tantas canciones. Todas las del mundo, le dijo su nieto. ¿Quién quiere oír todas las canciones del mundo? Ella no. Ella solo quería recordar las canciones que su Antonio le cantaba bajito en la cama antes de dormirse, para que sueñes conmigo, le decía. ¡Qué tonto! Con quién iba a soñar si él fue siempre el hombre de su vida. Si vas por Triana la puedes ver sentada en un banco, con los auriculares de su i-pod puestos y los ojos cerrados, cantado bajito las mismas canciones que le cantaba su Antonio.

jueves, 21 de abril de 2016

Sueños e insomnios.


                 Él vivía en Canadá. Todas las noches veía a la misma mujer en sus sueños. No la conocía de nada, pero llegó a obsesionarse con ella hasta el extremo de romper con su pareja. Estaba seguro de que esa mujer extraña, que solo se le aparecía en sueños, existía y algún día la encontraría. Ella vivía en Madrid. Le costaba dormir. Sufría insomnio desde que su marido la abandonó por una jovencita que se creyó sus palabras de amor eterno. Se encontraron en un crucero por el Egeo, ella tiró por la borda sus somníferos y él ya no necesitó soñar con esa extraña mujer para poder tenerla en su cama.

lunes, 18 de abril de 2016

Non bis in idem.



                         Le agradezco que haya sido puntual, Ian. Bueno, vale, te agradezco la puntualidad. Comprenderás que, a mi edad, me cuesta tutear a la gente y más si ha sido mi abogado, pero si te hace sentir más cómodo, por mí vale. Te debía esta cena, y te agradezco que hayas aceptado venir a casa. Como comprenderás, después de tanta publicidad, no me apetece aparecer en un restaurante para seguir siendo el centro de la atención de la gente. Sí, ya, sé que tienes razón. Gracias. Has hecho tu trabajo impecablemente. De hecho, hasta yo dudaba que alguien como tú, joven, sin mucha experiencia, lograra una sentencia absolutoria para alguien como yo, acusado de ser un asesino en serie. Pero vaya, qué demonios, lo hiciste, y brindo por ello. Por cierto, amigo, ¿cómo se llama eso de que no me puede juzgar otra vez por lo de los asesinatos en serie? ¡Eso! Non bis in idem. ¡Qué jodío! Si hasta suena bien cuando lo dices en latín. ¡Qué pena que no se siga estudiando latín! ¿No crees? ¿Otra copa? Claro, hombre, es un rioja excelente. Hoy tiro la casa por la ventana. La ocasión lo merece. Por cierto, como ya no me pueden juzgar por eso, te diré que sí, que los maté yo. ¡Pero hombre, no escupas el vino, joder, que es de los caros, no el vinazo barato que sueles beber! ¿A dónde vas? No hombre, siéntate. ¿No me dijiste que son los culpables los que precisan de la mejor defensa y que tú no querías saber si era inocente o no, sino cómo ganar el juicio? Entonces, no sé de qué te escandalizas. Anda, sírvete otra copa. Y esta, por favor, no la desperdicies, joder.
                     A propósito, ¿a que no sabes por qué te elegí a ti como abogado? Pues por tu nombre: Ian. Me recordó inmediatamente al poeta y cantante inglés Ian Curtis. ¿Cómo que no sabes quién es? Solo por eso te merecerías estar en mi lista de la compra. Yo los llamaba así. El fiscal se empañaba en llamarlos víctimas. La verdad es que nunca me cayó bien ese fiscal. Te diré que Ian Curtis tiene un poema genial. Se llama "En un paraje solitario" Búscalo. Dice algo así como: "Acariciando el mármol y la piedra, y ese amor tan especial. El sudor y la fiebre, míos. Cómo me gustaría que estuvieras aquí. Un cuerpo se retuerce y muere. Como un  perro, buscando el calor de tus pies" Bueno, el poema sigue, y además, te lo estoy recitando de memoria. Curioso tipo este Ian. Acabó suicidándose a los 23 años. ¡Qué me dice! Qué casualidad que acabes de cumplir esa edad. Brindemos por ello. Por cierto, nunca aparecieron los cuerpos de los muertos por una simple razón, Ian. No, qué va. ¿Ácido? ¡Qué vulgar! No, siempre has de ser más original y en mi caso, más expeditivo. Ya, ya sé que tienes sueño. En realidad, estás muerto, pero aún no te has dado cuenta. Sí, el vino. Es un truco viejo pero la gente sigue cayendo en él. Nadie se resiste a un vino tan caro.  Pero antes de que estés muerto del todo te contaré ese último secreto: me los comía. Y con los huesos hacía una sopa de lo más rica y nutritiva. Además, Ian, ¿quién diablos va a pensar que yo, el recién exculpado, iba a matar a mi buen amigo el abogado que logró el milagro de sacarme libre. No, claro, nadie. Es lo que tiene ser un asesino en serie con un cociente intelectual de 169. Bueno, el horno ya tiene la temperatura adecuada. Supongo que no serás tan descortés como para no acabar de morirte a tiempo, ¿verdad? Eso, así me gusta. Sería una pena que por tu cabezonería de resistirte a lo inevitable me saliera mal el asado de abogado.

viernes, 15 de abril de 2016

Enamorarse fuera de plazo.



                        Todos quieren que vayamos a un consejero matrimonial. Eso es como si a un cadáver de seis días lo llevas al médico para que le recete algo para la halitosis. No, esa peste ya no se cura. Tú y yo dejamos de querernos prácticamente al minuto siguiente de darnos el sí quiero, si es que no fue mucho antes. Pero había tanto que perder si nos echábamos atrás, tantas presiones, tu familia, la mía, los negocios, el dinero, la hipoteca del chalet, el apartamento que nos regaló tu tío... que era más lógico seguir con aquello, fuera lo que fuera y saliera como saliera. Además, a ambos nos educaron bien y guardar las formas era lo primero. Todo estaba previsto. Todo, menos que tú te enamoraras. Yo cumplí mi parte del trato. ¿Tanto te costaba a ti cumplir la tuya? No pretendía que te mantuvieras casto, por dios.  Yo tampoco lo fui. Pero la discreción es básica en las personas de nuestra posición. ¡Enamorarte! ¡Qué disparate!  ¡Como si tú o yo no supiéramos que eso del amor no es más que una bobería, una borrachera momentánea, por favor, Ramón! Que parece mentira, con lo listo que eres. Dime, a qué consejero matrimonial vas a ir a explicarle que ahora, a esta altura de nuestra relación, diez años después de nuestro acuerdo comercial de no agresión, bueno, vaaaale, de nuestro matrimonio,  vas y te enamoras como un chiquillaje. ¡Y de otro hombre! ¡Ramón, por tu padre! Que esto nos cuesta todo, que una cosa es que tengamos aventurillas y otra que te pases de acera. Que tu tío, el que nos regaló el apartamento y que nos afloja esos cheques tan generosos, con tanta clase y discreción, cada vez que viene de visita, es supernumerario del Opus. ¿A qué consejero vas a ir para resolver esto, hombre?

jueves, 14 de abril de 2016

El Registrador.



                            De pequeño siempre soñaba con colores intensos, praderas de verdes vivos, cielos de azules brillantes, atardeceres teñidos de unos rojos casi imposibles. Dormía con una sonrisa en los labios y su madre, al apagar la luz de su cuarto, le decía a su padre que quien sonreía así solo podía estar soñando con dios. Luego, alguien, un profesor seguramente, le dijo que eso era imposible. Que siempre soñábamos en blanco y negro. Que se dejara de tonterías de querer ser artista y se dedicara a estudiar algo serio para ser una persona de bien como su padre, abogado. O tal vez que opositara a registrador de la propiedad, que esa gente tenía el futuro garantizado. Ahora es un señor serio, cabal, medio calvo, algo regordete y todos le tratan de usted. Pero por la noche sigue soñando con prados verdes, cielos de un azul intenso y atardeceres de un rojo imposible. Su mujer, cuando lo ve sonreír dormido, sonríe también. Es bueno ver a los hombres tranquilos y felices porque los negocios vayan bien, piensa mientras apaga la luz.

lunes, 11 de abril de 2016

El buen alemán.



                         Al final va a resultar que es verdad aquello de que el cabrón es el último en enterarse. Y no será que no habría cuchicheos en los urinarios, o por los comentarios en la sala del café, que se cortaban cuando entraba yo, o  por las miradas huidizas a mi paso, ¿pero qué quieres? Ya sé que no soy un tipo especialmente listo. Los jefes me contrataron porque obedezco las órdenes sin cuestionarlas, no por mi perfil intelectual. El buen alemán, me llaman. Lo hacen a mi espalda, claro. Este hato de cobardes jamás se ha atrevido a decirlo en mi cara. Pero tienen razón, yo nunca discuto lo que se me ordena, me guste o no. Nunca dejo que mi cara exprese ninguna emoción. A veces, hasta yo mismo llego a dudar que de verdad las sienta. Simplemente hago lo que se me dice. Es para lo que me entrenaron y para lo que me pagan. Pero hasta un tipo como yo sabe que llega un momento en el que ya dejas de serles útil y te has de buscar la vida para no acabar siendo uno de esos despojos que pululan en las alcantarillas, alcoholizados, desesperados, tratando de buscar una razón para no volarse los sesos o tirarse debajo de un camión. Pero yo no me merecía esto. Siempre he cumplido fielmente todas las órdenes, y eso que algunas, puedes creerme, eran tan discutibles que ni siquiera ellos se atrevieron a dármelas cara a cara. Nunca protesté, nunca me quejé, nunca les fallé. ¿Y ahora esto? Se han olvidado de que es malo patear un avispero si no estás protegido, y ellos no lo están. Jamás debieron mandarte a ti a hacer su trabajo sucio, compañero. Y tú jamás debiste aceptar. Tú no estás acostumbrado como yo  a nadar entre mierda ajena, y eso te delató. Comprenderás que estamos ante un dilema, y aunque yo sea un buen alemán, -¡cómo me jode esa frasecita!- no soy un alemán imbécil. Al menos no del todo, compañero. Y entre que caigas tú, por inepto, o me quemen a mí, por... ¿por cierto, por qué quieren deshacerse de mí exactamente? No, claro, no te lo han dicho a ti tampoco. En fin, lo siento. Hoy te toca a ti perder. Me gustará ver qué cara se les queda mañana cuando en vez de a ti me vean aparecer a mí, con mi cara de siempre, con mi mirada bovina, con mi cuerpo de boxeador retirado, el buen alemán, por la sala del café.

viernes, 8 de abril de 2016

Churros al amanecer.

                   

                    No te diré que alguna noche no eche de menos un buen whisky, una buena película, una conversación agradable con una cena decente, la compañía de una desconocida en un bar o ver amanecer en Las Canteras comiendo churros de una bolsa grasienta y bebiendo chocolate en unos de esos vasos de corcho blanco. Te mentiría. Sobre todo en noches como esta, sin luna, cuando el frío es tanto que no logro que los dientes dejen de castañetear y la lluvia helada no para de caer desde hace tanto que podría jurar que nunca va a parar de hacerlo. Pero después recuerdo por qué no tengo nada de eso y esta realidad, fea, fría y deprimente reaparece de golpe ante mí con el recuerdo de una mañana de marzo en la que me harté de recibir órdenes grises, de papeles grises, de reuniones grises con gente de piel gris. Me harté de mirarme al espejo y ver una difusa sombra gris allí donde una vez hubo un ser humano. Me harté de tanto sí don Alberto, claro don Alberto, por supuesto don Alberto... hasta que mandé al mismo don Alberto a tomar por culo mientras lo vi salir por la ventana del sexto piso. Dicen que lo empujé yo. Puede ser. Solo espero que quien encuentre mi cuerpo colgando aquí, en esta maldita celda tan fría, lo trate con más respeto que el que me dieron cuando aún estaba vivo.

jueves, 7 de abril de 2016

Barro en los pies.



                       Algunas noches soñaba que era capaz de correr de nuevo, que aquel coche no se estampaba contra el suyo, que podía sentir el barro entre los dedos de sus pies y el frescor del agua de la acequia resbalar por sus manos, como cuando era niño y jugaba a ser labrador con un palo que le servía lo mismo de rastrillo que de caballo improvisado con el que cabalgaba al galope primero, al trote después, cuando el cansancio en sus piernas y el barro en sus zapatos se hacían más evidentes, recorriendo las laderas, por entonces vírgenes, de su barrio. Eran las noches que precedían a los días en los que más odiaba al mundo y a sí mismo.

miércoles, 6 de abril de 2016

El olivo.

                        
               Cuando el diablo venga a por mí brindaremos por nuestro trato. Sentados a la sombra del olivo que plantaste en el jardín nos beberemos esa botella de vino que nunca quise abrir. Y al acabar la última copa nos diremos al oído el nombre de la mujer que nos llevó juntos al mismo infierno.

viernes, 1 de abril de 2016

El viajero.

                

                     Todos te preguntarán a ti. Es lógico. Querrán saber que pasó, indagar los porqués. Ya sé que no sabes qué decir y que no estarás para muchas explicaciones. No te preocupes. Simplemente haz lo que yo haría. Que no, que no es tan difícil. Usa a Nietzsche. Retuerce esa frase que tengo enmarcada en mi despacho. No, la del abismo no, mujer. La que está junto a mi mesa, al lado de la foto de mis padres. Di, simplemente, que yo creía que uno debía morir con orgullo cuando ya no era posible vivir con orgullo, morir cuando aún era posible un adiós real. Ya, mujer. Ya sé que es un encargo horroroso. Lo sé. No llores.  Es el penúltimo favor que te pido. Además, siempre lo hablamos y, no nos engañemos, siempre supimos que más pronto o más tarde llegaría esta hora. Diles que siempre quise viajar y que nunca pude y que, por fin, haré el viaje más exótico que nunca imaginé. Desde luego que será el más largo y desconocido que haya. Y si alguno te nombra mi alma -siempre hay gente de mal gusto en estos casos- dile que yo de eso nunca tuve. O que, si alguna vez tuve, seguramente la perdí hace tanto tiempo que ya ni de ella me acuerdo. Tal vez en aquella timba de póker. Dile que me suena que un tal Belcebú, educado y elegante, con una suerte del demonio, me la ganó contra un Porsche rojo infierno. El coche más hermoso que jamás vi. ¿Quién diablos necesita un alma pudiendo tener ese coche? Pero no. Salí de ese antro sin una y sin el otro. Ligerito. Y así he vivido hasta hoy. ¡Claro que se escandalizarán cuando oígan eso! Es lo que pretendo. Pandilla de hipócritas y metiches. No, tranquila, mis amigos, los de verdad, entenderán la broma y se reirán con ella. Y ahora sí. Ahora hazme el último favor. Lávate la cara, cierra esa puerta, apaga la luz y vete a dar una vuelta al parque. En estas fechas debe estar reventando de flores, siéntate un ratito y lee algo de Salinas o de Anne Sexton como si lo hicieras para mí. Hay viajes que uno debe emprenderlos a solas. Seguro que lo entiendes, ¿verdad?