lunes, 23 de mayo de 2016

Noventa euros.



                       Hablaban como solo se hace a los diecisiete o dieciocho años, como si nada les fuera a pasar jamás, como si ellos fueran a vivir siempre jóvenes, fuertes y en medio de ese derroche de todo lo que la vida les regalaba. El más joven de los dos, tal vez queriendo aparentar ser más duro de lo que sería nunca, se había tatuado un enorme buda tailandés que le cogía toda la pierna izquierda hasta el nacimiento del muslo. El otro, quizá algo mayor, tal vez un poco más tripón, con un acento y un tono de piel que hacía sospechar un origen caribeño, quería hacer creer a todos los que escuchábamos que él era el boss, el que llevaba la voz cantante, el macho alfa de aquel patético dúo. Ambos hablaban más alto de lo necesario. Presumiendo de su insultante juventud y fuerza y cayendo, sin saberlo, en la estupidez habitual de quien solo tiene eso: juventud y fuerza. El mayor presumía de la próxima pelea que tendría. Hay pedassso de bolsa, ¿oíste? Vete a animarme. Tienes que ir con un amigo. Los dos entran por diez euros y el que gane se lleva noventa euros de bolsa, ¿oíste? ¡Noventa! O tal vez cien. Con eso nos vamos después al Guincho a beber cervezas hasta que nos echen. Y miraba de reojo al resto del pasaje de la guagua hinchando más aún el pecho, si es que esto era posible. Noventa euros. ¿Te imaginas, brother? Yo lo tengo chupao.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Amores eternos.



                    Sé que te mueres por saber en quién pienso cuando te beso y que darías años de vida por conocer qué piel quieren acariciar mis manos cuando recorren tu espalda, pero cierras los ojos y callas. Y yo, cierro los ojos, aprieto los dientes, te acaricio y, de vez en cuando, dejo caer en tus labios un beso sin mucha pasión mientras repaso mentalmente la lista de la compra. Me pregunto si tú también tienes un truco para no ponerte a llorar.

martes, 17 de mayo de 2016

Libros con alma.



                      Compraba sus libros en las tiendas de ocasión y de viejo. Decía que si bien todos los libros contaban una historia, estos eran los únicos que contaban dos: la que había escrito el autor y la de quien los poseyó antes. Estaba convencido de que al compralos también adquiría de alguna manera un poco del alma de sus antiguos dueños. Tal vez por eso, algunas noches, desde su habitación, creía oír conversaciones susurradas, risas, llantos y hasta alguna que otra discusión filosófica sobre el todo y la nada que venía de su biblioteca.

viernes, 13 de mayo de 2016

La primera noche.



                 Odio las primeras noches de los nuevos. Estar aquí es una mierda, pero la primera noche es un puto infierno. Y todos pasamos por él. Este debe ser muy joven. Lleva horas llorando y llamando a su madre. Mi viejita, ay, mi viejita, dice. Yo también me acordaba de la mía. De hecho, me sigo acordando de ella muchas noches. Pero ya no lloro ni la llamo. No sirve de nada sino para que los lobos y los buitres que hay aquí dentro se ceben con uno. Ya aprenderá él también. Aquí todos aprendemos de una u otra manera. ¡Qué remedio! O aprendes o revientas a palos. Esto es así. Aquí no está mamá para consolarnos por mucho que la llamemos. La verdad es que a veces ni vienen a vernos por mucho que las llamamos. ¡Vaya mierda de vida, joder! Y este pavo, que no para de gemir y de llamar a su viejita. Menos mal que, al menos las primeras noches, nos colocan solos. Si a cualquiera de nosotros nos endilgan a un memo como ese de compañero de chabolo, esta misma noche lo inflamos a hostias, vaya que sí. Aquí, el papeo, la familia y el descanso son cosas sagradas. Pero ya aprenderá. ¡Vaya si aprenderá! Mi primera noche también fue jodida. Pero aprendí. Y si yo lo hice, el pibe lo hará. Mañana hablaremos con él. Nada serio: solo el comité de información y bienvenida; solo para que conozca las reglas de esta santa casa. No las tonterías que le habrán dicho los funcionarios. Esas como si se las quiere pasar por el culo. No, las reglas de verdad. Y ya se sabe que la letra con sangre entra. Un par de yoyas y poco más, para que si quiere acordarse de su vieja, que lo haga en silencio, coño. A ver si de una vez se puede dormir tranquilo aquí, que una cosa es estar preso y otra no poder descansar, que eso es tortura, carajo.

miércoles, 11 de mayo de 2016

El sepulturero.



                  Nadie entiende que haya dejado mi trabajo como abogado criminalista de éxito para ser el enterrador de este pequeño pueblo en la sierra. La verdad es que tampoco es tan diferente. La mayor diferencia es que allí nunca dejaba reposar a los muertos: que si fotos, que si contra autopsias, que si peritajes, que esto, que si lo otro... Aquí, en cambio, les doy un buen descanso, los trato con mimo, los cuido después de enterrados, e incluso con los que no fueron clientes míos sino del anterior sepulturero, me siento un rato a explicarles lo bonita que está la tarde o a leerles algún poema de Gil de Biedma o de Celaya. Menos a doña Engracia. A ella siempre le leo algo de Whitman o Yeats. Su hijo, en vez de flores, le trae de vez en cuando un libro de esos poetas, me pide que le lea alguno y brinde con ella por un amor que siempre mantuvo oculto y que, intuyo, no fue su padre. ¿Entienden por qué me vine a trabajar a este pueblo de sepulturero? Estas historias, esta paz, esto, que me hace sentir tan humano, jamás lo hubiera vivido en una gran ciudad trabajando en el bufete criminalista de moda y cobrando una cantidad indecente por hora. Y ahora, me van a perdonar, pero me toca sentarme junto al nicho de don Alberto. A él le gustaba Pedro Lezcano. Le voy a leer "morir en paz". Es el más adecuado para este sitio, ¿no creen?

martes, 10 de mayo de 2016

Bálsamo temporal.



                   No sabrían decir cómo ocurrió. Tal vez fuera verdad que el tiempo calma cualquier dolor y adormece incluso al amor, pero era verdad que cada día sentían que la suya había sido más una historia de las que leían en las novelas de su adolescencia y no su propia vida. Sabían que habían sufrido porque a veces sentían esa punzada en medio del pecho que les torcía el gesto cuando pensaban en el otro pero era como cuando te despiertas después de haber tenido un fuerte dolor de cabeza, con ese sentimiento extraño, es sombra que no es dolor pero que te lo recuerda aunque sea vagamente. ¿Qué había ocurrido? ¿Cómo habían pasado del amor más ardiente a una indiferencia tan fría e incómoda? Sí, esa era la palabra que buscaban: incómoda. Era como cuando te pones unos zapatos que eran cómodos y que un día de lluvia se empapan y se secan mal para acabar siendo duros y acartonados. Nada que ver con aquellos zapatos cómodos y elegantes que quedaban tan bien. Pues eso es lo que sentían ambos cuando alguien les preguntaba por el otro. Lo hacían sin malicia, pero a ellos se les abrían las carnes. No sabían qué decir. Hubiera sido más fácil si la cosa hubiera acabado mal, con peleas, gritos, trastos volando y uno de los dos abandonado en la calle, sufriendo el escarnio. Pero no. Siempre fueron discretos en el amor y ahora no veían por qué habrían de no serlo en su ruptura. Además, ¿qué culpa tenían sus mujeres o sus hijos de que ellos no acabaran entendiéndose bien? Al menos, el pacto de dejar a las familias fuera de las guerras sentimentales lo seguían cumpliendo. Sin embargo, había días en los que, al levantarse, el primer pensamiento que tenía seguía siendo para él a pesar de que dicen que el tiempo calma y adormece hasta el amor más ardiente.

lunes, 9 de mayo de 2016

El desayuno.



                          Estaba segura de que ese señor que la llamaba cariño y le daba dos besos cada mañana cuando le servía el café con el zumo y las tostadas no era su marido. Desde luego, no era su estilo de hombre. Este era calvito, gordinflón, más bien bajo y moreno, y a ella siempre le gustaron altos, rubillos, con melena y tirando a atléticos, como su Juanillo. Ese sí que era el hombre de su vida. ¿Qué habrá sido de él? Llevaba años preguntándose lo mismo cada mañana mientras le preparaba el café, el zumo y las tostadas a ese señor tan serio que la llamaba cariño, casi entre dientes, y le daba esos dos besos porque era ella la que le acercaba la cara, pero que lo hacía de manera distraída, apenas sin levantar la mirada del periódico, para después tragarse todo sin saborearlo, como si fuera un autómata. Si hoy al menos la hubiera mirado al darle las gracias o al darle esos dos besos; o si se hubiera parado a saborear el café o hubiera paladeado algo el zumo de naranja en vez de bebérselo de un trago, como siempre, sin dejar de leer ese maldito periódico, no tendría esa muerte tan dolorosa en medio de la reunión de la diez o antes de la de las once. Es lo que tiene el veneno, que te mata si no lo vomitas. Y ese señor que dice que es su marido jamás vomita.  ¡Ay, qué habrá sido de su Juanillo! ¿Se habrá casado? Seguro que sí, con lo guapo y alegre que era...

viernes, 6 de mayo de 2016

Odiarás a tu padre sobre todas las cosas.



                             Odiaba a su padre sobre todas las cosas. Era el suyo un odio absurdo, un odio irracional, un odio que la consumía por dentro y por fuera; un odio que ocupaba tanto espacio en su corazón que no le dejaba tiempo ni espacio para otra cosa que no fuera ese mismo odio terrible y feroz. Era su odio un odio sin razón de ser ni justificación. O  al menos, si algún día tuvo algo parecido a una, en este momento de su vida era incapaz de recordarla. Solo podía recordar que lo odiaba, que debía odiarlo, y en ese odio encontraba el ánimo y la fuerza para seguir en pie cada día. Porque, aunque a veces se sorprendía mirando de pasada alguna foto en la que aparecía junto a él, cuando aún no lo odiaba, y sentía la mordida de la nostalgia en las tripas, como si una fiera rabiosa le hubiera dado un zarpazo a traición y cogía el teléfono para teclear, como al descuido, su número, lo soltaba de inmediato como si quemara. Qué iba a ser de ella sin su odio, se preguntaba asustada. ¿Cómo sobrevive una mamba sin su veneno? Yo tampoco lo sé.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Silencio acompañado.



                  Te veo acostada en esa cama de la que ya no sales casi nunca, mirando hacia el trozo de pared que queda entre la ventana, siempre cerrada, y la mesita de noche, llena de cajitas de pastillas, botes de jarabes y unos libros que hace tiempo que no lees. Te dejo la bandeja con el café del desayuno junto a la cama. Sé que me lo llevaré sin que lo hayas tocado. Llevas días que no quieres comer. Te has declarado en huelga de hambre, dices medio irónica. Yo creo que, en realidad, te has declarado en huelga de vida. No quieres vivir, no quieres hablar, no quieres hacer otra cosa que mirar ese trozo de pared algo sucio que queda entre la ventana de tu dormitorio y tu mesita de noche.  Y yo sigo trayéndote, día a día, bandejas con comida que sé que no comerás, zumos de frutas que sé que no beberás, libros de todo tipo que sé que ni siquiera abrirás, y sentándome a tu lado, a mirar ese trozo de pared, como si estuviera viendo por primera vez El Jardín de las Delicias, del Bosco.

martes, 3 de mayo de 2016

El banco del barrio.


                       Cada mañana se sentaba para ver amanecer en el único banco público que había en su barrio. Hacía años que no dormía como dios mandaba. Demasiados perros locos que se pasaban la noche aullando a la luna; o quizá fuera su nevera, que crujía y chasqueaba sola, quejándose de lo poco que le metía dentro últimamente. Elvira solía decirle que era que estaba vieja, que veinte años son muchos para una nevera, pero no. Él sabía que la pobre sufría la crisis tanto como ellos y protestaba a su manera. O puede que fuera el viento helado que siempre parecía soplar entre las planchas que cerraban el patio y que no paraba de hacer mil ruidos extraños en ellas. Ya no sabía qué era. O sí. O tal vez fuera, simplemente, que desde que a Elvira se la llevó una mala noche una mala enfermedad a él ya no le apetecía dormir. Además, ver amanecer desde este único banco público de su barrio era un espectáculo tan hermoso, que era de tontos perdérselo.