lunes, 20 de junio de 2016

Dos de azúcar.



                                Usted hubiera hecho lo mismo. Sí, gracias, acepto ese café. Pues eso, que usted, en mi lugar, hubiera hecho lo mismo. Dos de azúcar, gracias. Y puede usted buscar las excusas que desee: el insomnio invencible que hace que lleve ni sé cuánto sin dormir más de una hora por noche, y aún esa, de puro agotamiento; sus ronquidos, que me taladraban el cerebro como una barrena mecánica; el calor que está haciendo, que tiene al país medio loco, o incluso puede buscar razones más profundas e indemostrables, razones genéticas. Da igual. ¿Cómo? Sí, claro, qué tonto. Esa labor es la de mi abogado; usted está aquí para otra cosa. Lo sé. Ya le digo que no duermo nada hace semanas y estoy algo torpe. Sí, claro que tanto café no es bueno, pero es eso o caer rendido. Acabemos ya, la maté por algo más simple que todo eso: ya no la soportaba más. No soportaba que me mirara como un bicho raro; no soportaba su forma de masticar, con la boca abierta, enseñando toda la comida; no soportaba que anduviera de aquí para allí por toda la casa revolviendo entre mis cosas, desordenando mis papeles, buscando vaya usted a saber qué; no soportaba su risa estúpida y chillona cuando veía telecomedias o que se pusiera a llorar por cualquier cosa sin motivo ni razón. No, ¿odiarla? No. Ese es un sentimiento muy fuerte y yo hace tiempo que no siento nada, solo un cansancio mortal. Simplemente ya no la soportaba más, así que anoche, mientras roncaba como un motor diessel a punto de calarse, cogí mi almohada y la asfixié. Ya, ya sé que en este país existe el divorcio, tengo insomnio, no amnesia. Pero ella era muy católica y eso para ella hubiera sido un pecado terrible y la hubiera hecho sufrir tanto... ¿Cómo? Sí, algo sufrió cuando la ahogaba, pero no fue mucho, créame. Si te sientas en el pecho de alguien y aprietas bien fuerte una almohada contra su cara, no tarda en morir. ¿Y sabe qué? Después de hacerlo me sentí muy bien, en paz, más tranquilo que nunca antes en nuestros diez años de matrimonio. Dígame que usted no hubiera hecho lo mismo por conseguir esta calma. ¡A lo mejor, hasta puedo dormir algo más esta noche! ¿Podría traerme otro café, por favor? Con dos de azúcar, sí.

jueves, 16 de junio de 2016

El patio de luces.



                       Una mañana se levantó triste. No había ninguna razón para ello. No estaba enferma, no estaba desempleada, no estaba arruinada, no estaba sola en la vida; solo estaba triste y nada de lo que hacía o le decían hacía que esta tristeza se disipara. Estaba triste, simple y llanamente. Era esta una tristeza tan grande que no dejaba hueco a ningún otro sentimiento,  una tristeza tan fría que nunca más volvió a sentir calor en su vida. Solo quería sentarse en un rincón, frente a la ventana que daba a su patio de luces, y escuchar como esa tristeza crecía en su interior cada día que pasaba. Nunca antes se había fijado en ese rincón de su casa; de hecho, no recordaba haber colocado ese sillón allí, junto a una mesa camilla, frente al patio de luces, o haber limpiado jamás esa ventana. Pero desde el día en que se levantó tan triste, aquel era su rincón favorito. En realidad, aquel era el único rincón de la casa para ella. Era como si el resto de la casa y el resto de su vida hubieran desaparecido en medio de una extraña niebla que las hacía invisibles e irreales. Y allí, sentada en la penumbra, envuelta en esa capa de tristeza, viendo un trozo de pared sucio y ajado, escuchando voces ajenas, empezó a sentirse ella misma por primera vez en su vida, y a pesar de tanta tristeza como sentía, no pudo evitar sonreír.

miércoles, 15 de junio de 2016

Luis Miguel.


                                           En el fondo, nada de todo esto era algo original. Muchas lo habían vivido y sentido antes que ella. Al menos eso decía, como para que le sirviera de consuelo, mientras se desmaquillaba cuidadosamente ante el espejo de su habitación. Un bolero en la radio, el ruido sordo de la lluvia en la calle y una casa vacía de esos otros sonidos que la convertían en un hogar: eso es lo que la rodeaba cada noche durante los últimos meses. Eso, y una cara que la miraba tensa y con ojos llenos de angustia desde el espejo cada vez que se desmaquillaba. Al principio solía dejar la radio puesta toda la noche, con el sonido muy bajito para no sentirse tan sola. Y eso que la puñetera canción que sonaba, tan triste, tan llena de melancolía, la lluvia que empapaba las calles sucias y desangeladas, y ese frío, que, más que los huesos, calaba su propia alma, no paraban de invitarla a llorar, a que dejara escapar con ese llanto todo el miedo y la frustración. Pero no lloraba; no podía. Tal vez es que ya que no te quedan ni más lágrimas ni más sonrisas, murmuraba para sí al ver su rostro, libre ya de maquillaje, mirándola inexpresivo y gris a través del espejo mientras que Luis Miguel le decía desde la radio, en voz muy baja, casi en susurros, que nada le consolaba si no estaba ella también. Nada hiere tanto como una mentira de amor cuando te la canta Luis Miguel.

lunes, 13 de junio de 2016

La agenda.



                              Tenía su vida totalmente ordenada y milimetrada. Contaba los pasos que había desde su casa a cualquier lado porque, al menos, debía caminar dos kilómetros diarios, comía según el menú que planificaba cada semana, colocaba las cosas en su despensa por orden alfabético y en el ropero jamás mezclaba los colores de las camisas ni las de manga corta con las de manga larga. No había espacios vacíos ni tiempos muertos en su vida, ni lugar para otra cosa que no fuera cumplir con la agenda de ese día.  Nunca se atrevió a enamorarse porque el amor es la puerta por la que entra el desorden y en el orden está el secreto de una vida sana y feliz, se decía cada día al levantarse en una casa que cada vez se parecía más a un hotel con pretensiones. Pero alguna noche, a solas en su cuarto, cuando escuchaba a sus vecinos hablar, reírse, discutir, llorar o incluso gemir cuando hacían el amor, le daban ganas de probar cómo sería eso de ser menos ordenado y feliz, y tener alguien con quien hablar, pero la simple idea de que otra persona desordenara sus cosas le aterraba tanto que, casi de inmediato, desechaba esa idea y se ponía a repasar mentalmente la agenda del día siguiente: mañana es martes de la tercera semana del mes; toca arroz blanco, tortilla de jamón y dos tomates, he de ir al banco y al mercado y acabar con la novela que estoy leyendo. Ningún momento reservado para veleidades estúpidas que solo traían el desorden y el caos.

viernes, 10 de junio de 2016

Un buen psicólogo.



                     En el fondo siempre supe que era una simple cuestión de tiempo que alguien se diera cuenta de que mi historia tenía fallos, pero nunca pensé que fuera a ser ni así ni tan pronto, por eso tuve que darme prisa. En realidad, puede que todo esto no sea sino un exceso de celo por mi parte. Tal vez todo esté ocurriendo solo en mi mente. No sería la primera vez, pero soy de los que creen que es mejor prevenir que curar. Al menos, eso me repetía tío Venancio siempre que podía. Pero es lógico, más pronto o más tarde alguno de los psicólogos de los que me obligo a ver lo tendría que notar. Normalmente son unos vanidosos que creen tener las claves para entrar en tu mente. Como si conocieran un código PIN maestro que les abriera cualquier cerebro y dejara al descubierto sus secretos quisiera o no el sujeto. ¡Ilusos! Si supieran cuántas veces les he manipulado convenciéndolos de que una cosa era justamente la contraria.  En el fondo son como niños grandes con un ego aún mayor. Pan comido, como también decía tío Venancio. Pero este era diferente. De entrada, los test que usaba eran propios, no los clásicos que cualquiera puede encontrar en la red. He de reconocer que ahí me desconcertó. Uno ya viene a estas sesiones como el que va a lavar el coche: sabe lo que va a pasar y cuándo. Pero este me rompió el esquema. Quizá por eso, cuando acabé el test, mientras lo analizaba, su cara lo fue delatando y yo empecé a sentir el peligro antes de que todo me estallara en la cara. Tampoco fue tan difícil. Las primeras veces sí que me costó más, al fin y al cabo, uno era un novato y lo del tío Venancio fue toda una chapuza, la verdad. Pero luego aprendes y todo es más sencillo. Un golpe seco junto al oído con el canto de uno de esos libros tan gordos que siempre tienen a mano los deja tan aturdidos que luego, partirles el cuello es cosa de niños. En total, un minuto mal contado y todo resuelto. Ahora lo de siempre: inventarme otro nombre, otra historia, otra vida y, lo que más me agota, buscar a un nuevo psicólogo que me trate de esta angustia tan grande que siento y que no me deja dormir bien. Uno que entienda que lo mío es estrés; solo estrés, y que no le de por averiguar lo que yo no quiero que descubra. Así viviremos mejor los dos. O al menos, más tiempo él.

jueves, 9 de junio de 2016

Las lavanderas.



                          Cada semana recorría los puestos del rastro en busca de fotos antiguas. No buscaba las típicas fotos de edificios, calles o paisajes; solo compraba aquellas en las que aparecían personas. Eran perfectos desconocidos para ella. Gente seria en pose seria, alguna en la que un grupo de mujeres lavaban o cosían juntas y miraban a la cámara con la sensación de que, solo por eso, serían inmortales; trabajadores del campo en la hora del descanso, algunas de bodas, donde los novios parecían ir más bien de funeral, y decenas de niños y niñas en actitud de santidad forzada el día de su primera comunión. Tenía decenas de cajas repletas de esas fotos. Buscaba en ella el recuerdo impostado de una familia que jamás tuvo y que, a fuerza de fotos ajenas, se creaba para rellenar los huecos vacíos de su propia historia.

martes, 7 de junio de 2016

Despejando ecuaciones.


                                 Solo tenía claro una cosa: no le apetecía volver a casa. Aún no. Al menos no esta tarde, luminosa, con las calles llenas de gente que, si entrecerraba los ojos, parecían manchas de colores moviéndose aleatoriamente por un lienzo lleno de luz. Por eso, cuando llegó al portal, cuando se vio reflejada en la cristalera de la puerta, en vez de sacar las llaves se dio la vuelta sin pensárselo más y se sentó en la terraza de la cafetería que estaba a pocos metros. Era lo que más le había ponderado la agente inmobiliaria cuando le ofertaba el piso, lo céntrico que estaba; que si cafeterías, que si terrazas, que si supermercados, que si una parada de guagua a diez metros, que si tiendas de moda. Hasta una iglesia a dos esquinas, le dijo. ¿Una iglesia? ¿En serio era ese un argumento de venta para aquella mujer? Recordó como Paco le dijo que él tenía culo terracero, no de meapilas, y que la última vez que había pisado una iglesia fue para el entierro de su padre, que dios y el diablo mantengan bien encerrado en el peor de los infiernos. La pobre mujer no sabía dónde meterse. Quizá por eso, por la boutade de Paco, decidió quedarse con ese piso. El piso no estaba mal. Lo malo es que dentro estaba Paco. 
                              La camarera de la terraza le acercó su segunda caña. Paco. Era curioso, podía recordar detalles nimios de casi cualquier cosa pero no era capaz de recordar qué le atrajo de él. Desde luego que no fue la idea de que se convertiría en lo que ahora era: un tipo cerrado, gordiflón, capaz de ir a comprar al supermercado con un bañador, un polo que le quedaba grande a todas luces, desvarado por el uso, y unas chanclas. Oye, que no hacía falta vestirse de gala, pero ir como un adolescente fumado o como un okupa, tampoco. Que después era ella la que aguantaba las miradas y los comentarios en voz baja mientras esperaban al ascensor de los otros vecinos y que se cortaban apenas se acercaba. O cuando le daba por asistir a las reuniones de vecinos con su camiseta de Star Wars y hablando como Yoda. Paco. Ese era el problema. Porque el piso, coqueto, bien situado, junto a cafeterías, terrazas, tiendas de modas, bien comunicado, e incluso con una iglesia cerquita, estaba muy bien. Lo que desentonaba en él era Paco, precisamente quien más se había empeñado en comprarlo. Paco. Él era la x de esta ecuación; solo había que despejarla y su vida sería perfecta. Lo malo es que ella era de letras puras y nunca, pero jamás, se le dieron bien las ecuaciones. Hizo un gesto y pidió otra cañita. Mientras se la tomaba pensó en que a ella también le estaba saliendo un culo terracero por culpa de Paco. Tendría que hacérselo pagar, pero ahora no. Ahora iba a disfrutar de esta caña y, tal vez luego se pediría otra más. O quizá un par de ellas. ¿De qué valía tener una terracita tan cerca si uno no le sacaba partido? Y la tarde estaba tan hermosa, con la gente, que ya le parecía manchas de colores sin tener que entrecerrar los ojos. Y estas cañitas estaban tan, tan fresquitas.

lunes, 6 de junio de 2016

Correos.



                        Empezó a comprar las postales de navidad en junio, justo el día siguiente al de su cumpleaños. Aprovechaba cuando iba a algún recado en zonas que no solía frecuentar para recorrer viejas papelerías y estancos de toda la vida y comprarlas. Odiaba las aglomeraciones que se producían en Navidad y, además, así podía elegir las más bonitas, las más coloridas o las que más despertaran en él el espíritu navideño. Compraba decenas, a veces cientos, pero solo escribía una: la que él consideraba la más hermosa de todas. Nunca, año tras año, obtuvo el éxito que esperaba. Siempre, año tras año, cenó solo en Nochebuena, sin más compañía que el plato vacío que lo observaba, mudo y coqueto, frente a él. Siempre pensó que con el follón que se montaba en correos por esas fechas tal vez sus postales navideñas nunca llegaron o lo hicieron a destiempo, cuando ya carecían de sentido. Por eso este año ha decidido escribirla ya, en junio, justo el día siguiente de su cumpleaños, para mandarla con tiempo. Tal vez este año la cena de navidad no la pase mirando un plato, una copa y una silla vacía frente a la suya, acompañado de unos recuerdos que, más que compañía, hacían daño. O tal vez sí; ya se sabe lo mal que funciona correos últimamente.

viernes, 3 de junio de 2016

Terapias alternativas.



                        Muchos me preguntan por qué me hice barman de un local de copas donde cada noche acaban, como los restos de un naufragio, los que no tienen otro sitio donde llorar sus miedos o expurgar sus soledades. Yo los miro sonriendo en silencio mientras les sirvo su copa. En realidad no quieren saber qué hago yo allí sino qué hacen ellos, pero eso es algo que aprendí con el tiempo y que ellos tienen que descubrir por sí mismos. Por eso solo les sonrío, les sirvo esa copa, intuyo de qué estado de ánimo vienen, y les voy cambiando sutilmente la canción que suena, casi imperceptiblemente, llenando esos silencios incómodos hasta que se deciden a hablar. De algo me tiene que servir haber terminado la puñetera carrera de psicología. Gracias a que encontré este bar de copas que se traspasaba. Es, sin duda, la mejor consulta. O al menos, la manera más original de hacer terapia de grupo sin que el mismo grupo sepa que está haciendo terapia. ¿Quién dijo que ver al psiquiatra tenía que ser un acto más traumático que el propio trauma que te traía a él? Yo no. John Le Hooker tampoco, mientras cantaba con su voz quebrada, "only Blues music". Mis clientes tampoco, mientras movían los pies, las cabezas o dejaban caer una lágrima con los ojos cerrados al ritmo de la música, al calor de su copa, y en el ambiente tranquilo y relajado de mi bar.

miércoles, 1 de junio de 2016

Mentiras, alcohol y sonrisas.


                  La primera mentira fue la más convincente. Luego vinieron otras, pero aquella fue la que me enamoró de ti. Claro que todo te ayudó ese día: tu sonrisa, tu mirada, esa música traidora, que me hacía sentir vulnerable, el sol que entraba tamizado por las cortinas del local y tu voz, esa voz que me derretía por dentro, asegurándome que nunca mentías, al mismo tiempo que me mirabas a los ojos y me taladrabas el corazón. Sí, justo. Esa fue tu primera mentira. Ese fue mi primer error. No sé por qué la creí sin cuestionarla. Ni era la primera vez que me mentían ni era la primera vez que me equivocaba en cosas de amores. Tal vez porque esa mañana necesitaba creerlo. Tal vez porque esa mañana necesitaba creer en ti. Tal vez fue tu aspecto de haber sobrevivido a un montón de heridas en la vida y, a pesar de todo, no haber perdido la capacidad de sonreír. Sí, creo que fue eso, que siempre sonreías. Incluso cuando me contabas lo más triste que podía un hombre contar sobre su vida, lo hacías con una sonrisa en los labios, como si hablaras de otro tipo al que la vida había puteado, como si aquello tan cruel que me estabas contando le hubiera pasado en realidad a otro y tú solo fueras un testigo casual que ahora me lo contaras a mí. Eso fue, justo eso, lo que hizo que me enamorara de ti. Te convertías en el amigo ideal y yo no supe ver que también te convertías en el enemigo perfecto. Y así, día a día, tarde a tarde, copa a copa, beso a beso, confidencia a confidencia, sin darme cuenta, te entregué la plaza con armas y pertrechos. Sí, justo: como la rendición de Breda, es verdad, pero sin esos tres metros de lanzas. No, a nuestro alrededor solo había un enorme abismo lleno de amargura que cada día se agrandaba un poco más. Aquella fue la primera mentira y yo no la vi venir. O sí, pero me la creí porque la necesitaba. ¿Pero y las demás? ¿Y las que yo te ayudé a fabricar? ¿Y las que yo fabriqué para ti? ¿Y las que fabriqué para mí, para no tener que ver las otras mentiras? 
              No, ya sé que para eso, tú, que siempre tienes respuestas para todo, no tienes ninguna. Yo tampoco. Y hazme el favor de borrar esa sonrisa de tu cara. Y deja de mirarme así. Si supieras que, cuando nacen las preguntas sin respuestas, la magia se desvanece, dejarías de intentar mantener una ficción que ya no existe ni en tu imaginación. Hasta el Álamo cayó con dignidad. Paga tú estas copas. Yo hace tiempo que dejé de disfrutar el alcohol a tu lado. Hubieras debido darte cuenta. Aunque fuera de esto.