jueves, 21 de julio de 2016

La dosis prescrita


                                              Me aparté el pelo de la frente. Lo tenía empapado de sudor, como todo mi cuerpo, como la cama entera. Las sábanas se me enrollaban como un mal sudario. No lograba apartarlas con las pataditas que lanzaba de vez en cuando. Siempre perdía el combate. Sábanas: 6 yo 0. Volví a apartarme el pelo de la frente mientras trataba de fijar la mirada en el cuadro de la pared del fondo de mi habitación mientras intentaba contener las arcadas que iban y venían, cada vez más frecuentes, cada vez más fuertes. Era un cuadro horroroso. Supongo que cuando lo compré no debió parecérmelo; al menos, no tanto. Pretendía reflejar un muelle con el agua sucia, en algún suburbio desvaído entre nieblas. O algo así. El dolor y las fatigas me nublan una vez más la vista. Ya no resisto más. Al menos hoy no. Alargo la mano y alcanzo el botecito de las pastillas mágicas, esas que me suben a un falso nirvana, esas que el médico se resistió tanto a recetarme, esas que siempre me advierte seriamente que jamás he de superar la dosis prescrita, esas que yo rehúyo siempre que puedo, esas que hoy serán, sin duda, mis mejores amigas. Tomaré dos. No, mejor tres¡Y que le den mucho a la dosis prescrita! Cierro los ojos y poco a poco noto como el dolor se va diluyendo y con él las náuseas, y con ellos, yo mismo. Pero ya no me importa. Ya no me importa nada. Hasta el cuadro de mi habitación ha dejado de parecerme tan horroroso y las sábanas han dejado de ser ese sudario incómodo para convertirse, de repente, en un fabuloso vestido de gala. Realmente la vida es maravillosa.

lunes, 18 de julio de 2016

El calendario.



                  Ya sé que me echas de menos, hijo. Y yo a ti; te lo juro. Pero cada vez me cuesta más sentarme a hablar de cosas que antes me parecían interesantes y que ahora, y no sabría decirte la razón, me parecen aburridas o estúpidas. Tal vez se deba a que la mayoría con los que antes pasaba las horas hablando están ahora en la otra frontera y no en esta. Y para hablar con ellos no necesito hablar. Ya, hijo, ya; ya sé que eso es una contradicción en sí misma, pero así es cómo me siento. Cada hoja que cae del calendario se lleva con ella a un amigo querido, a una antigua amante, a un hermano, a una hermana... Es la guadaña inexorable que siega sin importarle si es primavera o invierno. Simplemente arrasa con su cosecha. Y a mí me deja cada vez más solo, cada vez más triste, cada vez más mudo. Porque hablar, ¿para qué?, dime, ¿con quién? Perdona hijo, sí, claro que estás tú. Pero tú has de vivir tu vida y no la vida de los muertos. No, no te engañes, querido: yo ya estoy muerto; solo que aún no nos hemos dado cuenta de ello. Mira, hoy es 26, tal vez cuando caiga la hoja de este mes para dejar paso a otro sea mi turno y me toque irme con ella. Igual entonces, en el otro lado, cuando me reencuentre con mis amigos, mis amantes, mis hermanos, tus abuelos, vuelva de nuevo a hablar.

miércoles, 13 de julio de 2016

Gramática para la vida.


               No supo muy bien cómo, pero un día, poniendo un examen de gramática a sus alumnos, descubrió que era él quien tenía que aprender a conjugar correctamente su vida abandonando el uso del tiempo pretérito y dejando de utilizar los yo hubiera o hubiese, para poder tener, al fin, un presente en el que fuera y poder llegar así, poco a poco, a tener la posibilidad de vivir algún día en un futuro donde poder decir, sin miedo ni mentiras, yo soy asíQué cosas tiene la gramática, pensaba, mientras con el rabillo del ojo miraba cómo copiaban los dos de siempre y los anotaba en la libreta negra de los suspendidos.