miércoles, 24 de agosto de 2016

Consejos de abuela.


                              Todo empezó con una mentira. Pero toda historia de amor que se precie siempre empieza con una mentira y la nuestra no iba a ser diferente. Mi abuela decía que las mentiras tenían las patitas cortas. Las del amor también. Creí que nunca podría olvidarte, que jamás podría olvidar ese tacto cálido de tus manos recorriendo mi piel erizada, que seguiría temblando ante la sola idea de sentir tus labios cerca de los míos o ante el recuerdo de tu cuerpo encajado en el mío como una pieza de puzzle en otra. Qué mentira más grande. Hoy, cuando te vi en el pasillo de los congelados del supermercado, me di cuenta de que solo eras una sombra más entre las otras sombras de mis recuerdos; apenas un fantasma entre otros que de vez en cuando vendrían a recordarme que una vez estuve vivo y palpité. ¡Vaya cosa! ¿Ves a dónde nos llevan las mentiras? ¡Cuánta razón tenía mi abuela!

martes, 16 de agosto de 2016

El zapato de verano.



                       Un zapato de rejillas de color beig tostado. Esa era la imagen que le venía a la mente cuando cerraba los ojos y la nostalgia le comía el alma: la de un zapato de rejillas en un escaparate donde el sol de la tarde cegaba al reverberar en el cristal. Era absurdo, lo sabía. Él nunca había tenido un zapato así. Y menos de ese color garbanzo cocido. Pero ese zapato, solo un pie, el derecho, lo miraba orgulloso, altivo, alzado sobre su trípode de exposición en un escaparate donde era el protagonista, el centro indiscutible de todas las miradas. Es cierto; él nunca había tenido un zapato así, fresquito, ideal para el verano, cómodo, porque tenía toda la apariencia de serlo. En realidad él nunca había tenído zapatos, ni de verano ni de ningún otro tipo. ¿Para qué necesita zapatos alguien que nació sin piernas? Pero algunas noches, cuando la nostalgia pesaba más que el dolor, más que el cansancio, más incluso que la propia desesperación ante la certeza de haber desperdiciado su vida, cuando cerraba los ojos bien apretados para no ver su fracaso, lo que su mente añoraba por encima de cualquier cosa era aquel zapato de rejillas de color beig tostado tan cómodo y poder saber qué se sentiría al usarlo.

viernes, 12 de agosto de 2016

Platón.



                                 Yo una vez tuve una novia, un perro que se llamaba Platón y hasta estuve a punto de ser funcionario, pero nunca pude con las oposiciones, ¿sabe usted?, por eso estoy aquí. ¿Platón? Es que era un perro muy sabio, tranquilo, siempre te miraba como si estuviera meditando sobre lo que veía o lo que le decías. Porque Platón entendía todo lo que le decía, de eso no le quepa duda. Y te respondía con la mirada. Jamás vi una mirada así, ni en animal ni en humano. Platón. ¡Cómo lo echo de menos! No se imagina qué solitaria y dura es la vida sin la compañía de un amigo como él. ¿Mi novia? Sí, sí que tuve. Clarita. Lo nuestro no funcionó. Era imposible que funcionara, ¿sabe usted? Ella quería casar con un funcionario y yo nunca pude con las oposiciones. No sé, me despistaban tantos libros, tantos conceptos, tantas leyes. A mí siempre me ha gustado más ver cómo se mueven las estrellas por el cielo cuando es noche cerrada, mirar pasar a la gente y tratar de entender por qué son las cosas como son. ¿Ve usted? Para eso Platón era único. Nos sentábamos juntos en una ladera, yo le iba comentando mis ideas y él me miraba y me respondía con su tranquilad y con esa sabiduría que ni yo, ni usted, y perdóneme que sea así de franco, jamás tendremos. Cómo iba a cambiar esta vida por la de un triste puesto de funcionario en algún triste ministerio, preso por un horario de 8 a 3 y preso por la tristeza y la apatía el resto de mi vida. Por eso estoy aquí. Yo sé que usted lo comprende porque, aunque no es Platón ni tiene su mirada, es verdad que tiene su sonrisa y eso me reconforta.

jueves, 11 de agosto de 2016

El viejo capitán.

                       

                            Recorría las terrazas buscando esas galletitas que ponen con el café y que los clientes dejaban sin consumir. Las cogía con el mayor disimulo, como si se hubiera levantado de esa misma mesa momentos antes y hubiera olvidado algo en ella. Los camareros hace tiempo que saben que muchos días se alimenta solo de ellas y cuando lo ven por la zona, al ir a recoger la cuenta del cliente, dejan alguna galleta de más en el plato. Le llaman el viejo capitán porque de joven heredó dos colts del 45, una hacienda en un país de centroamérica y media docena de perros de presa. A veces, cuando las tardes flojean de clientes, lo invitan a un café con leche con la excusa de que les cuente historias sobre revoluciones de las que nadie oyó nunca hablar y donde él, con sus dos colt al cinto, rodeado de sus perros, capitaneaba a un grupo de rebeldes. El viejo capitán presumía, con la mirada perdida en el humo de su pipa, de haberse unido siempre a las causas perdidas.