lunes, 24 de octubre de 2016

Villancicos de supermercado.



                      De verdad, otro villancico más y me rajo las venas. Sí señora, los turrones lights están en el segundo pasillo a su derecha, entre las galletas de mantequilla y los cereales dietéticos. ¡Turrones lights! Será imbécil. Ya me conozco yo a estas pavas, se vuelven locas mirando las calorías por cada 100 gr y luego se inflan a raciones porque, total, como tienen menos calorías... Niño, no abras las cajas de los juguetes, cariño. ¡Puñetero niño! Claro que la culpa es de los padres que lo sueltan en el supermercado como si esto fuera un chiquipark. Joder, otra vez la virgen y los peces en el río. ¿Cuántas veces lo habré escuchado hoy? No menos de diez. Los productos de mascota no admiten cambios señor. Pues por motivos de higiene. Señor, yo me creo sin problemas que su perrita esté más limpia que muchas personas, pero no puedo cambiarle el colchón que se llevó. Si señor, le llamo al encargado, un momento. Será imbécil el tío. ¡Y ahora Rapahel y el tamborilero! Esto debería ser considerado abuso en el trabajo, tanto porropompón y tanto niño dios juntos. ¿Cómo? Sí, abrimos todos los domingos hasta el día de Reyes. No, el día de Navidad, no. Pues porque yo también tengo familia, hijos y padres y quiero verlos en estas fechas. No señora, no. Lo de oír villancincos nos lo ahorramos en casa. Nada, cosas mías. Sí, ese vale descuento está en fecha. ¡Puñetera Navidad en octubre!

martes, 18 de octubre de 2016

El gran fraude.



                   Miró de nuevo hacía donde estaba su padre. Bueno, hacia donde estaba el cuerpo de su padre. Se sintió rara una vez más, vacía, como si toda su vida hubiera estado de alguna manera esperando inconscientemente este instante y ahora nada estuviera ocurriendo como se lo había imaginado. La vida era un puñetero fraude. Ya se lo había dicho su padre, pero ella nunca le creyó. Se acercó al ataúd. La verdad es que parecía dormido. Como cuando lo visitaba, algún sábado que otro, cada vez más espaciados, es cierto, y después de comer no podía evitar que se le cerraran los ojos. Por un momento hasta creyó que se iba a despertar exaltado, como siempre, preocupado por haberse quedado dormido estando ella de visita, dándole mil excusas a cuál más peregrina y absurda. Sí, aquel -¿o ya debería decir aquello?- era su padre. En el fondo, un desconocido que trató de tejer puentes sobre ríos que eran cada vez más anchos, cada vez más profundos, cada vez más tortuosos. Puentes que a veces se sostenían con una sola liana, pero que él afirmaba que eso bastaba, que con una liana Tarzán cruzaba la selva de lado a lado. ¡Pobre hombre! En el fondo lleguó a quererlo aunque nunca lo entend del todo ni creo que él jamás la conoció a a ella. No, en realidad, él quiso hasta el final a una imagen que se creó de su niñita, de aquella niña que le quitaron cuando tenía cuatro añitos y que ya no recuperó hasta que no hizo la comunión, y aún así, algún fin de semana que otro. Y ahora están aquí. Un cuerpo sin vida y una vida sin alma. Porque se sentía así: una persona sin alma. ¿Cómo podía no estar destrozada por dentro? ¿Cómo podía no estar ahogándose en su propio llanto? Tenías razón papa: la vida es un puñetero fraude.

lunes, 17 de octubre de 2016

Tedio.



                         Cada mañana se levanta antes de que suene el despertador, toma una infusión hecha de una mezcla de hierbas que le ha recomendado su naturalista y sale con sus perros a correr por un parque que permanece solitario a esas horas de la madrugada. Mientras corre se dice que le gustaría creer en algún dios para poder hacer un pacto con el diablo, para que cuando vuelva a casa y se mire en el espejo, deje de ver en su cara el mismo tedio de cada día y en su alma otra nueva arruga.

jueves, 13 de octubre de 2016

El viejo cementerio.



                        
                          Se conocieron una tarde de noviembre. Llovía. Él estaba sentado en el cementerio de Vegueta dibujando los panteones para un trabajo de su carrera. Ella venía de visitar la tumba de su padre. Lo hacía cada aniversario, pero sin saber por qué, ese año estaba más triste que nunca y se sentó junto a él. Comentaron lo bonito que estaba el cementerio, el frío que hacía ya, y la lluvia que limpiaba el aire y las tumbas, y  al despedirse él se había enamorado de ella y ella ya no estaba tan triste. En el cementerio de Vegueta a veces pasan estas cosas.

martes, 11 de octubre de 2016

Wake me up before you go go (Wham!)


                                       Terminó de enjabonarse la barba con la mirada perdida en el fondo del espejo, como si allí, en ese infinito de su pupila dilatada, estuvieran todas las respuestas que nunca encontró.
Se miraba mientras se enjabonaba, sí, pero en realidad no se veía. Como tampoco escuchaba la música que oía de fondo en la radio que siempre ponía de manera casi automática mientras se aseaba. Siempre la misma emisora, una especializada en viejos éxitos del pop-rock de los 80. Pero hoy estaba tan absorto que todo lo que hacía y oía lo hacía y oía de manera puramente mecánica. Cuando terminó de enjabonarse se quedó con la hojilla a medio milímetro de la cara y fue entonces cuando su mirada perdida se encontró por primera ve con sus ojos. Se quedó así un buen rato, con la mano alzada, la cuchilla rozando la piel y los ojos mirándose a través del espejo. ¿Cuándo lo supo, cuándo se dio cuenta de verdad y por qué optó por seguir como si nunca se hubiera percatado de ello? No tenía respuesta para tantas preguntas.
En la radio, Wham! seguía con su canción: I don´t want to miss it when you hit that high. Wake me up when you go go.
Un hilillo rojo brillante comenzó a deslizarse por el muro blanco inmaculado de la espuma que cubría la barba. Sin saber cómo, se había cortado.
Sin saber cómo, su fabulosa relación se había ido al garete.
Sólo que entonces no hubo un delator hilillo de sangre roja y brillante que avisara de la catástrofe. O no hubo un muro blanco, esponjoso y reluciente para que esta se evidenciara, o nadie supo o quiso verlo. Y lo que es peor, ahora que ya es tan evidente que casi es imposible fingir que no pasa nada, ahora, ¿qué vamos a hacer?
Wham! continuaba su canción en la radio del baño:`Cause you´re my lady, Im your fool. It´s make me crazy when you act so cruel.
El hilillo de sangre ya no era tal hilillo. La barba era casi roja. Al parecer, absorto en sus ideas ni siquiera se limpió el jabón y la sangre. Se preguntó si tal vez había sido así como había ocurrido. Si un mínimo corte, fácilmente solucionable con agua oxigenada y un poco de algodón, por dejadez o despiste se convirtió con el tiempo en una hemorragia imparable que desangró por completo esa relación que siempre creyó inalterable y a salvo de todo ataque. Y ahora no es que agonizara. Ahora simplemente estaba muerta. Aunque aún no se hubieran oficiado los funerales por ella y ningunos de los dos hubiera dado el primer paso para enterrar ese cadáver con el que convivía, es verdad que más por costumbre que por cariño.
De repente sonaron unos golpes en la puerta del baño.
-¿Te falta mucho, cariño?-No amor, ya termino - No hacía falta dejar de ser educado tampoco. Al fin y al cabo habían sido tantos años juntos... Se miró de nuevo al espejo tratando de controlar las arcadas que le producía su propia imagen, su propia mentira, su propia cobardía y esa sangre que ya corría por el pecho.  Se lavó la cara y abrió la puerta. 
-Pasa vidita.
-Gracias amor. ¡Hoy tengo un día....!
Se quedaron mirándose a los ojos durante una fracción de segundo mientras Wham! acababa su canción.
 -¿Comemos juntos hoy?
-¡Uff, no creo!  tengo mucho lío estos días. Ya sabes, jefe nuevo, normas nuevas...
Ella bajó la mirada. -Bueno, no te preocupes. Ya nos vemos a la noche si no llegas muy tarde.
-Sí, claro. 
-Te quiero
-Y yo a ti... creyó oír mientras se cerraba la puerta del baño y ella cambiaba la emisora a una donde ponían música cañera.


Publicado en 2012 en el blog "Plumas Latinoamericanas"


jueves, 6 de octubre de 2016

Olor a mar.


                            
                         Eran las últimas tardes de verano, cuando el aire y tu piel aún olían a mar y nada hacía prever el caos en que se convertiría nuestras vidas en apenas unas semanas. Todavía nos levantábamos cada mañana mirando al sol con esa sonrisa embobada que solo pueden poner los tontos y los enamorados. O los viejos. Ellos también; claro que ellos están tan cerca de la muerte que agradecen cada nuevo día como un niño un regalo de Navidad. Todavía la palabra amor era como nuestro apellido y no ese concepto extraño y doloroso en el que se convirtió. ¿Qué nos pasó? Llevo años pensando en ello. Los mismos que llevo odiándote. Los mismos que, seguramente, llevarás tú odiándome a mí. Antes nos reíamos cuando discutíamos entre carantoñas y caricias sobre quién amaba más a quién. Ahora estoy seguro sin necesidad de discutirlo de que tú me odias más a mí. Y no será porque no te deteste yo con todas mis fuerzas. Las mismas con las que te amé. ¡Que no lo sé, que no sé qué nos pasó, te lo juro! Una mañana ya no te hacían gracias mis bromas y a mí había dejado de parecerme encantadores tus ojos. Tú dejaste de divertirte con mis anécdotas y a mí me aburrían tus historietas del trabajo. Así de simple. De repente éramos dos desconocidos mal avenidos y lo que antes ocupaba el amor ahora empezaba a ocuparlo un rencor sordo y sin sentido. Y una noche tus ronquidos me desquiciaron tanto que me fui a dormir a un hotel y ya no volví sino a recoger mis cosas. Sí, es verdad. Debimos haber hablado. Pero es que me dio tanta pereza, tanta... Además, hablar, ¿para qué? A esa altura de nuestra relación ya te odiaba. Sin embargo, te confieso que en días como hoy, cuando el verano está muriendo y el aire trae olor a mar y veo pasar a las parejas abrazadas, riendo y besándose, no te negaré que el corazón se me encoge recordando aquellos días del último verano que nos amamos como si nunca fuéramos a dejar de hacerlo.