viernes, 30 de diciembre de 2016

Amores en espera.


Aquel amor murió antes de nacer
. Él, por no herir; ella, por no ser herida; ninguno osó dar el siguiente paso. No se atrevieron a decir la verdad y todo quedó en ese fuego de artificio que es flirteo, que retumba y deslumbra para desaparecer en medio de la noche sin dejar más rastro que un breve recuerdo y algo de ruido resonando en los oídos cuando ya nada suena en realidad.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Llegando al final.



                    Un ruido atronador, una llamarada fulgurante y después nada; solo cenizas calientes y una piedra al rojo vivo con un número para identificarlas. Eso es lo que quedará de mí cuando yo ya no sea yo sino un montón de carne muerta, solo materia inerte, un envoltorio vacío de contenido y de sentido. Y luego nada; silencio. Tal vez un vacío sin rencores ni envidias, sin pasiones o dolor, con la verdad desnuda y la eternidad -si es que ambas existen y no es otra gran mentira más- tan cerca de mí, que pudiera ser yo mismo.

lunes, 26 de diciembre de 2016

El fan.


                   Cada día miraba las noticias con un interés desmedido. No le interesaban ni los deportes ni la crónica política. Solo le interesaban las noticias de desastres; terremotos, inundaciones, guerras, matanzas... Los vecinos creían que era un fan incondicional de las telecomedias cuando escuchaban sus carcajadas a través de las paredes.

jueves, 22 de diciembre de 2016

La empaquetadora.



                    Fue un 24 de diciembre. Había ido a comprar un regalo y la tienda se ofreció a empaquetárselo. Iba con prisas pero cuando la vio, aceptó al instante. Llevaba tiempo cruzándose con ella en el portal de su edificio, sabía que se llamaba Yolanda y que vivía tan sola como él, aunque jamás habían cruzado más que los saludos protocolarios cuando compartían ascensor. Le hizo el mejor paquete de navidad de su vida. Sus manos iban y venían sobre el papel doblándolo, plagándolo, haciendo que el paquete, una caja de madera con tres botellas de vino, bailara al ritmo de sus manos como si fuera una pluma en el aire. Ella evitaba mirarle a la cara. Él, sin embargo, no podía quitar los ojos de la suya. Esa noche la esperó sentado en el portal, agarrado al paquete que le había hecho como un náufrago se agarra a un flotador en medio del mar. Cuando subieron en el ascensor hablaron del tiempo, de lo llenas que estaban las calles, de lo bonito que habían decorado el portal, con ese árbol tan grande e iluminado. Él llegó a su piso y lo pasó de largo. Ella se apartó de la puerta de su casa para dejarlo pasar. A nadie le gusta estar solo en nochebuena.

martes, 20 de diciembre de 2016

Una historia común.



                           La primera no la vi venir. Fue al poco de casarnos; un bofetón, fuerte, a mano abierta, que me dio justo en el oído derecho. No lo esperaba e hizo que cayera redonda en el sofá. Durante un buen rato solo oí un pitido y la cara me ardía. Luego, dejé de oír. El tímpano reventó. Mamá, tu abuela, me dijo que seguramente había sido un accidente, que era un buen hombre y que no le fuera a arruinar la vida por un bofetón mal dado, que seguramente lo habría provocado yo con mis boberías. Después fueron mis estudios. Cada tarde, a la vuelta de clase, me esperaba medio bebido y furioso del todo. Creía que tenía un amante, que si no, no se explicaba eso de querer estudiar. Mis libros de texto, mis cuadernos, el material de estudio y hasta La Dama de las Camelias y Madame Bovary, mis dos libros más queridos, ardieron juntos en la noche de San Juan. Ni mis súplicas ni mis lágrimas lograron extinguir aquel fuego infame. Tu abuela le dio la razón. Me dijo que para qué quería estudiar, que era una pérdida de tiempo y que una mujer decente y casada tenía que dedicar todo su tiempo a su casa y a su familia. Yo empecé a estar cada vez más triste y él a venir cada vez más tarde y más bebido. Al principio le recriminaba su actitud. Luego dejé de hacerlo. A nadie le gusta que le machaquen el cuerpo a puñetazos y patadas. Aunque lo cierto es que no necesitaba excusas para hacerlo. Recuerdo cuando me agarró del pelo y, con los ojos inyectados en sangre por la ira y el alcohol, me dijo muy bajito y al oído -al bueno, al que no me había reventado- que el día menos pensado acabaría conmigo, que si algo sobraba en este mundo eran zorras como yo. Ese fue el día que decidí alejarte de él. Ese fue el día en que "se le fue la mano", como le dijo a tu abuela. Fue ella la que le dijo a la policía que estaba conmigo cuando me "resbalé" y caí por las escaleras. Del palizón que me dio después no dijo nada. Sé que algún día leerás esta carta. Quien la guarda tiene instrucciones de no dártela hasta que seas mayor de edad. Pase lo que pase. Y ahora, hija, sé que me queda muy poco en este mundo. Ellos creen que no oigo, pero desde que estoy aquí, en la UVI, en coma, no me he perdido ninguna conversación, ninguna reprimenda de la abuela, ningún insulto de él. Ahora han decidido desconectarme y sé que mi cerebro, lo único que aún vive en mi cuerpo, no aguantará sin las máquinas que mantienen vivo al resto. No me importa, hija. Será lo mejor que me haya pasado en los últimos años aparte de tu nacimiento. Al fin podré descansar sin el miedo constate a tu padre. Incluso aquí, ahora, en coma, temo despertar y que me siga maltratando. No, lo mejor que me podría pasar es esto. Si es cierto, como leí cuando podía, que todo en este mundo es energía, mi último pensamiento, energía pura, será para ti y tú, ahí donde estás, segura y protegida, lo recibirás aunque no sepas qué es.Un último consejo: nunca te cases con un hombre pensando que tu amor lo hará cambiar. Te lo dice tu madre.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Lo correcto y la cortesía.



                       Cuando la miraba daría lo que fuera por poder dar marcha atrás en la vida hasta el preciso instante en que ambos se conocieron y así rectificar tantos errores y atreverse a decirle aquella verdad que siempre murió en sus labios antes de llegar a sus oídos, y sabía que ella lo sabía. Pero en vez de eso, pasaban el tiempo que estaban juntos hablando de si este o aquel amigo había envejecido mal o de la última teoría de los conspiranoicos que había salido en la televisión. En realidad, quisiera poder para el tiempo, quedarse eternamente mirando sus ojos, tan brillantes, tan cambiantes de color según su humor, o su boca, con esos labios carnosos que siempre había soñado besar; pero sabía que la cortesía exigía que desviara la mirada y así lo hacía. Cuando se marchaban, cada uno por su lado, dejando entre ellos un nimbo de tensión erótica jamás resuelta, se prometía que el próximo día reuniría el valor para mandar la cortesía a la mierda y, por una vez en su vida, aunque solo fuera una vez, daría de lado lo correcto y haría lo que se moría por hacer desde que, una tarde de otoño, al conocerla, su vida encontró razón de ser.

martes, 13 de diciembre de 2016

La carta.


                   Al principio salía varias veces para comprobar si le había llegado correo. Luego, acechaba al cartero detrás de la mirilla para salir a preguntarle si no había traído carta para ella. Al tiempo, solo abría el buzón cuando la publicidad lo desbordaba y un día, frustrada, acabó quitándolo del portal. "Te escribiré cada día", le dijo después de darle un beso cuando se marchó con dos vaqueros, tres camisas, media docena de calcetines, calzoncillos para una semana, una novela de asesinatos y su corazón, enamorado y roto, dentro de la maleta.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Ana.


                       Mientras se dirige a su dormitorio va lanzando a un lado y a otro su ropa: los zapatos de tacón de Jimmy Choo en el recibidor, el bolso de Prada en el salón, el vestido de Balenciaga en el pasillo, el reloj de Bvlgari junto a su cama. Ya lo recogerá mañana la chica del servicio. Le gustaba hacer eso. Demostraba que, a pesar de vestir una fortuna, la trataba con el desprecio de quien lleva ropa de mercadillo. La hacía sentirse más rica y poderosa aún. Allí, en su habitación, desnuda frente al espejo -eso de llevar ropa interior está demodé- observa su cuerpo. Para ser una mujer de cincuenta años estoy perfecta, piensa. Mis tetas aún están en su sitio y conservo ese aire aniñado que tanto excita a los hombres cuando me ven desnuda por primera vez. Eso nunca me falla. Sé lo que digo. Saca de ellos su lado más perverso, los deseos que nunca confiensan y los vuelve locos. Con una mano se acaricia el vientre plano y con la otra las nalgas, duras y redondas, con ese toque de tersura que solo una genética privilegiada o un buen gimnasio y unas cremas carísimas consiguen mantener a su edad. Soy feliz, se dijo sonriendo al espejo sin mirarse a los ojos. Sabía que la Ana que estaba al otro lado, perfecta y aniñada, sonreía también pero que sus ojos le llevarían la contraria. La Ana de este lado del espejo aprendió a mentir muy pronto; la otra no lo consiguió jamás.

viernes, 9 de diciembre de 2016

La foto.



                       Cuando mi padre compró la casa la foto de la entrada ya estaba allí. Mi padre la compró amueblada y esa fue la única foto de todas las que había que quiso conservar. Yo crecí viendo esa foto cada vez que entraba o salía de casa; primero al colegio, luego a la universidad y por último, al trabajo. De tanto verla ya ni la mirábamos. Era la fotografía de una playa en invierno. Junto a una barca acostada en la arena, una pareja miraba abrazados y abrigados hacia el objetivo de la cámara. Era una foto sencilla, en blanco y negro, nada especial; pero a mi padre le debió gustar tanto que, a pesar de no ser de nadie de mi familia, la mantuvo siempre allí. Hace una semana enterramos a mi padre. Primero murió mi madre, pero el viejo aguantó casi diez años más que ella. Hoy, al abrir su testamento, y después de hablarlo con los otros herederos, decidimos poner en venta la casa. Sin duda cuando mi padre la compró fue una casa moderna en un barrio agradable, pero cincuenta años después, la casa y el barrio habían sufrido cruelmente el paso del tiempo. Además, todos teníamos nuestras propias viviendas. Por esa razón fui allí, a poner el cartelito de "SE VENDE" y a revisar que todo estuviera en orden. Tal vez por eso, después de tantos años de pasar a su lado sin mirarla, hoy he visto de nuevo la foto de la entrada. Fue un flechazo. No pude evitarlo y me la llevé. Y aquí estamos ahora ella y yo, mirándonos en silencio. A mis hijos les he dicho que era la foto de unos tíos míos que murieron mientras estaban de viaje de novios en la Rivera Maya. Es mentira, lo sé. Pero después de tantos años en casa pensé que se merecían algo más que un simple "no sé" ante las preguntas sobre su identidad. Mi mujer está loca con ella. Dice que ahora entiende que nunca me hubiera encontrado parecido con mis padres y es que, a su juicio, soy clavadito a mi tío el de la foto. Hasta yo le encuentro parecido a mi hijo Alberto con él. Dicen que, después de convivir muchos años, los perros y sus amos se acaban pareciendo. Estoy seguro de que las fotos y los habitantes de las casa donde estén, también. ¿No es verdad, tío Alfredo?

lunes, 5 de diciembre de 2016

La visita.



                      ¿Hoy es jueves, verdad mi niña? Era la enésima vez desde que se levantó que había hecho la misma pregunta. Su vida se centraba en que llegara el jueves. El resto de la semana era una especie de trámite para ella. Comía, se aseaba, se vestía y permanecía sentada delante de la televisión sin apenas intervenir en las conversaciones de las demás esperando a que llegara la noche para acostarse. Así día tras día. Hasta que llegara el jueves. Ese día se despertaba impaciente para que le llegara la hora de asearse y vestirse, apenas desayunaba y se sentaba mirando hacia la entrada, impaciente, preguntando a todos los que pasaban por su lado si de verdad era jueves, temerosa de haberse equivocado empujada por el deseo. ¿Hoy es jueves, verdad mi niña? La asistenta se aleja para atender a las otras ancianas que la miran con un fondo de envidia en sus ojos casi glaucos. Todas tienen familia, pero no todas tienen la suerte de doña Marta que sabe que, aunque sea una vez a la semana, los jueves, tendrá visita.